Como desde antes del inicio de la pandemia, el pasado 1 de diciembre, el presidente López Obrador convocó a un evento masivo para celebrar la conclusión de su tercer año de gobierno. Más que un acto protocolario, fue una fiesta. Con grupos musicales y un mensaje de quince minutos, el jefe del Ejecutivo Federal volvió a cobijarse de la ciudadanía para arrancar con fuerza el segundo tramo de su mandato.
Acarreados o no; de poca importancia. La explanada del Zócalo de Ciudad de México abarrotada de gente solo es una pequeña muestra de lo que ya nos muestran las encuestas. 58 por ciento de aprobación, señalan las cifras más conservadoras (https://bit.ly/3Dt3gKR), lo que no necesariamente se espejea con los resultados que la población percibe de su gobierno (https://bit.ly/3xSoZuP).
Con un perfecto chivo expiatorio debajo de la manga, -como la tienen todos los gobiernos en el cargo en 2020-, estos resultados se deben siempre matizar con respecto a los efectos de la pandemia en las dinámicas sociales, económicas y de gestión pública. Una variable más que en una evaluación de impacto puede desencadenar más escenarios a considerar y que otorga el beneficio de la duda al momento de evaluar el desempeño de una administración.
El gran poder del presidente es comunicar con las masas, la gran mayoría de gente que sistemáticamente era relegada en la comunicación institucional. Tiene una historia de oposición y perseverancia que va desde abajo que conecta con la ciudadanía de a pie. Alguien como la gran mayoría de nosotras y nosotros por fin ocupa la silla presidencial y se opone a las élites que resguardaron para sí el poder. Sea cierta esta narrativa es poco relevante, lo que es definitorio es la credibilidad que este relato tiene y la falta de oposición a dicha narrativa.
La dominancia de la narrativa promovida por el Ejecutivo Federal es el gran logro de estos primeros tres años de gobierno. Más allá de los triunfos, como el avance de los derechos laborales, y pasándole encima a las persistentes problemáticas sociales, como la rampante inseguridad o el severo impacto de la COVID-19 en el país, el control de los relatos e historias es la clave para la continuidad del lopezobradorismo.
Incluso la oposición ha cedido casi en su totalidad el espacio para la proliferación de este discurso. Las y los gobernadores de “oposición” presumiendo en redes sociales su asistencia al AMLOfest es solo la punta del iceberg; la falta de acciones para renegociar, enriquecer o hasta impugnar pautas del Ejecutivo Federal es lo que está de fondo, especialmente en el marco de las próximas elecciones en seis estados, incluido Oaxaca.
Sin una historia creíble, empática y con base en justicia social, la oposición no tendrá ningún papel en la segunda parte del sexenio. Para los siguientes tres años, la narrativa obradorista se perfila para un futuro que redobla velocidad y perfila avanzar sin reparos, tanto a nivel federal como en los estados.
@GalateaSwanson

































