Luego del mensaje poco halagüeño del presidente Andrés Manuel López Obrador, más de auto-elogio que certidumbre para el pueblo mexicano, el mundo de los empresarios y de millones de desempleados en el país, se derrumbó. El anuncio de la creación de dos millones de empleos, más que salvar los existentes, sonó hueco entre quienes han padecido los latigazos que les ha propinado esta contingencia sanitaria. Prevalece, en el discurso presidencial, la ideología por encima de una realidad que en pocos días mostrará en lado más pernicioso. Se advierte que el maniqueísmo de ricos y pobres; de transformadores y conservadores, seguirá socavando la endeble figura gubernamental, vista ya bajo el prisma de la ironía y la satanización. Hay quienes piensan que una cosa es ganar elecciones y detentar un indiscutible bono democrático y otra, muy diferente, conducir un barco tan complejo como es México.
No existe hoy en día, un programa económico y de contingencia para enfrentar la crisis económica que traerá consigo la agudización de la emergencia sanitaria. Quien manda en el país no está a la altura de las circunstancias. Desconoce los rudimentos de la política económica; del entorno mundial; de calificadoras e instituciones internacionales de crédito. Se ha cebado sobre el sector empresarial, visto no como un eje de las inversiones y la generación de empleos, sino como beneficiarios de las políticas neoliberales de antaño. Por ello, ni un peso de condonación de impuestos. Que paguen a sus empleados pese a no generar ingresos. No obstante, el cierre de negocios y la suspensión de operaciones. Los fantasmas del pasado lo siguen persiguiendo. La culpa ajena es la eterna disculpa. El país pues, a la deriva. El barco sin piloto.
Frases absurdas como la de esta contingencia “nos vino como anillo al dedo”, sólo ha despertado el morbo y la descalificación tanto en el país como en el extranjero. La Organización Mundial de la Salud (OMS), tuvo que exhortar al gobierno de la llamada Cuarta Transformación a adoptar una postura más seria ante el coronavirus o Covid-19. “Será pasajera”, “saldremos fortalecidos”, “servirá para consolidar la transformación” y otras, parecieran ser frases sacadas de algún anecdotario y no producto de una realidad que hoy tiene al pueblo mexicano en confinamiento voluntario y a millones sin saber qué pasará, cuando la eventual normalidad vuelva.
Oportunismo legislativo
Ahora resulta que luego de no hacer propuestas; de seguir fielmente la campana del Mesías, es decir, sin idea del movimiento de la economía; sin remota noción de política económica o finanzas públicas, nuestra flamante bancada del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), en el Congreso local, cual si fuera una secta perpetuamente inconforme, pero incapaz de generar ideas propias, arremetió en estos tiempos de contingencia, en contra del Programa de Rescate Económico que propuso el gobernador Alejandro Murat. Es paradójico que el cuestionamiento provenga de un poder legislativo caracterizado por su improductividad, opacidad y por un presupuesto anual, que va a la par con su voracidad. En su eterno conflicto interno, la bancada de dicho partido no ha acertado a proponer cuestiones trascendentes, más que a conformarse con pagos subrepticios y complicidades, que caminan al tenor de las ambiciones personales y de facción.
Una revisión a los currícula vitarum de los y las legisladoras que conforman dicha bancada daría muchas sorpresas. Que se sepa no hay ningún experto en finanzas públicas, economista reconocido o experto en la distribución del presupuesto. Sin descalificar, ni siquiera –se sabe- tienen la asesoría de quienes conocen del tema. Sin embargo, para contrarrestar su improductividad, su ocioso paso por el edificio legislativo de San Raymundo Jalpan y su tendencia a la opacidad, se asumen defensores de los pobres y necesitados, haciendo del doble discurso un auto de fe. ¿Acaso rinden cuentas del oneroso presupuesto que se han auto-aprobado, o de las obras que le dan a cada uno (a) para que las manejen a su antojo en sus distritos o el dinero que reciben como “pago por evento”, por aprobar la contratación de préstamos o ciertos decretos? ¿De dónde salieron tan moralistas?
En una acción de congruencia, el primer paso que deberían dar nuestros censores públicos, sería cortar el presupuesto legislativo y hacerlo racional a la improductividad de los y las legisladoras. Porque es una aberración que cuestionen de manera burda un programa económico que, si bien puede adolecer de inconsistencias o debilidades, o ser insuficiente o limitado, es un intento gubernamental para paliar –que no resolver del todo- los coletazos económicos que ha traído consigo la contingencia sanitaria por el coronavirus. Bien visto, es una propuesta que contrasta a la ominosa ignorancia de aquellos a los que nuestros flamantes legisladores (as), le rinden pleitesía.


































