Desde pequeño no tuve un lugar fijo de residencia. Mi madre era maestra rural, la mandaban a trabajar a poblaciones lejanas, bellas e interesantes, primitivas y en ocasiones inhóspitas. Muchas veces era ella la primera maestra que llegaba abrir la escuela y enseñara a leer. De manera que peregrinamos de pueblo en pueblo, viviendo en habitaciones provisionales. Mi casa era la escuela. El salón de clases, donde viví los primeros años, mientras mi madre enseñaba las primeras letras a las comunidades. Ahí crecí, sentado en una banca o saliendo a cualquier hora del salón a jugar al patio o a la calle. Yendo de un lado otro, conociendo pueblos donde todavía se hablaba nahual o zapoteco. Pueblos antiguos con historias recientes, con nombres sonoros, cacofónicos y llenos de poesía. Cacahuamilpa, Nanacamilpa, San Martín Hueyotlipan, San Pablo del Monte
Los cambios eran constantes. Esperamos el siguiente ciclo escolar y la sorpresa de cambiar de comunidad. Cada año había que dejar amigos, los árboles, las piedras con las cuales jugaba y algunos perros que se habían hecho mis compañeros.
Así pasé mis primeros años. Recorriendo microcosmos, llenándome de paisajes diversos, llanuras, montañas, cañadas, poblaciones cerca de los ríos. Estudie en diez escuelas distintas mi educación elemental. Cuando empecé a tener interés en los problemas sociales la primera palabra que recuerdo fue fascismo.
México luchaba simbólicamente contra la Alemania Nazi. Junto con esa palabra aparecieron las palabras socialismo y comunismo. Cuando se referían a los aliados, se hablaba del “mundo libre” concepto abstracto que hasta la fecha no logro entender.
Recuerdo que más grande, seis o siete años, los fines de semana nos transportamos en el ferrocarril interoceánico. Era un recorrido corto, pero me dejó huellas indelebles. De ahí nace mi pasión por los trenes. Más tarde viaje cada año cerca de 45 semanas de México a Monterrey, en el histórico y legendario Regiomontano. Pase un sexenio durmiendo dos noches, los fines de semana en un camerino. En ese tren le di varias veces la vuelta al globo terráqueo.
Durante mi formación académica tuve una estancia más o menos permanente en la ciudad de México cuando no era la Gran Devoradora que es ahora. Después empecé a viajar y a conocer otros lugares. Nunca puse en duda la posibilidad de vivir en otro lugar del mundo fuera de México. Siempre me he sentido bien en cualquier parte.
¿Quién sabe en qué lugar quedo mi ombligo? Porque me he sentido un desarraigado, sin un sitio favorito, sin una casa permanente. No tenía la emoción de arraigo a la tierra, afectó por un lugar, querer una casa definida. He vivido provisionalmente. Mientras cambian las cosas, mientras llega otro trabajo, otra tarea. Mientras me voy. Así recorrí parte del mundo, ciudades bellísimas, enormes, imponentes, llenas de historia, de gente vital, taciturna, alegre, expresiva, de tonos amables, de silencios sepulcrales. De alegrías insospechadas y conocimientos fraternos que perduran toda la vida.
Gabriel Cabat, uno de mis primeros grandes e inolvidables amigos, me dijo que yo era ciudadano del mundo. Citaba a un político que se había presentado en Naciones Unidas, roto su pasaporte y exigido a este organismo un pasaporte mundial. El mismo, Gabriel, mi tocayo, se sentía ciudadano del mundo. Fue el primer mundialista que conocí y uno de mis entrañables e inolvidables amigos
El tiempo pasa y aunque la vagancia no se acaba, es como una bendición extensa e inacabable. Debe uno de tener un lugar donde recibir correspondencia, donde estén sus cuadros, las colecciones de las objetos grandes y pequeños que ha ido recogiendo en su paso por el mundo; sus fotos simbólicas con seres amados, con los protagonistas, y artistas mundiales; el lugar donde uno sabe dónde están los apagadores de la luz, la llave del agua caliente, en que habitación hace más calor o donde sopla el viento, donde puede uno refugiarse. En síntesis, un hogar.
Hay divinas ciudades en el mundo: Estambul, Roma, Paris, Rio de Janeiro., San Miguel Allende, Leningrado, Montevideo, La Habana. En cualquiera de ellos puede uno vivir, basta con tener un ingreso de dos mil dólares mensuales seguros. Sin embargo, a medida que pasa el tiempo la gente busca el lugar de su nacimiento, me imagino que para cerrar el círculo que es la vida, que el final ocurra donde empezó la existencia. ¿Que nos ata a ese destino?? Jorge Negrete canto: que digan que estoy dormido y que me traigan aquí.
De manera que aquí estamos, donde empezó la vida de mis padres, donde se conocieron, donde se amaron. Donde están los más diversos sentimientos de placer, felicidad y dolor que he tenido. En uno de los sitios con más magia y belleza del mundo: Oaxaca.



































