Para Judith Ruiz, el camino para llegar y formarse en el arte ha sido uno muy largo. Pareciera que ese proceso es igual que el barro mismo que ha trabajado por más de 25 años, desde conseguirlo, moldearlo, secarlo y cocerlo, pero siempre sin saber si lo que espera resultará como en sus pensamientos.
Ese trabajo es también como la vida misma, aquella que es parte de su temática en la instalación y exposición “Barro que cuenta y canta”.
La exposición abre este 24 de julio en el Museo de los Pintores Oaxaqueños (MUPO), en la ciudad de Oaxaca.
En ella, la originaria de San Pablo Huitzo comparte al público 23 piezas de cerámica hecha con barro de diferentes poblaciones de tradición alfarera y que también evoca los hallazgos de tipo prehispánico, como el que se encontró en su natal Huitzo.
A propósito de la exposición, Judith reflexiona sobre sus 25 años en el arte, un camino que describe como muy largo porque tuvo que dejar la carrera de artes para cambiarse a la de administración de empresas, ante la preocupación familiar que percibió.
“Terminando, ya con mis propios recursos, pude retomar la cuestión del arte y ya me sentía con más libertad de hacer lo que quisiera. Ha sido un camino bastante largo, pero cuando uno encuentra su pasión es difícil dejarla. Tarde o temprano va a volver a ti, a llamarte”.
Ese nuevo inicio en las artes fue a través de la cerámica, en un momento en el que también ejercía la conducción en televisión. En ese entonces, conoció el trabajo de un artesano en Ixhuatán y lo adquirió.

Aquella pieza la motivó a visitar a varios artesanos en Atzompa, San Jerónimo Silacayoapilla, San Marcos Tlapazola, entre otras comunidades, con quienes conoció de los tipos de barro.
“La idea de la instalación es hacer un tributo a los barros locales, ver que se pueden ocupar para hacer escultura contemporánea”, explica en entrevista sobre esta ofrenda o tributo a los barros locales y al trabajo de los antepasados
“La mayoría de las piezas están trabajadas con semi reducción, lo que hace que el color sea casi unitario, pero no vas a distinguir si es barro de Atzompa, de San Lorenzo, Tlapazola, San Jerónimo o de Huitzo, pero todos están aquí”, explica.
Entre las representaciones están las mujeres, quienes están viendo hacia arriba, como en una expresión “de súplica, de susurro al viento, de que hay algo más que tenemos que aprender”.
La instalación también es una reflexión sobre la vida humana en medio de la violencia y otros momentos históricos en el mundo y en el país, pues al final es un instante.
Son 23 piezas que también parten de un proyecto de investigación sobre las piezas sonoras de cerámica y la escultura contemporánea.
“A la conclusión que llego es que el aprendizaje es infinito. La cerámica me ha atrapado porque se me hace una metáfora de la vida. De la cerámica no sabes qué esperar. Tienes una idea, vas trabajando la pieza, modelando y viendo que quizá ya terminaste, pero todavía faltan el secado y el fuego… Es igual a la vida, todos regresamos a la tierra y no va a haber diferencia ni de color ni de raza ni de nada”, detalla la artista sobre la exposición.








































