Hace ya 11 años el tintorero Mauro Habacuc Avendaño Luis fue galardonado en la Categoría Individual por su labor de conservación del Caracol Púrpura; el artista oaxaqueño, además de reconocimientos, ha sido objeto de reportajes en medios de comunicación internacionales, electrónicos y escritos, la razón: la conservación de una tradición centenaria, la extracción de tinte púrpura para colorear textiles.
En un artículo publicado en abril pasado el periódico The New York Times indicaba “los caracoles marinos del género Plicopurpura son sagrados para el pueblo mixteco de Pinotepa de Don Luis, un pequeño pueblo del suroeste de Oaxaca. Hombres como el Sr. Avendaño los han estado extrayendo de forma sostenible para obtener un tinte púrpura radiante durante al menos 1500 años. Este color impregna los textiles y las creencias espirituales mixtecas. Llamado tixinda, simboliza la fertilidad y la muerte, así como los vínculos míticos entre los ciclos lunares, las mujeres y el mar.
Futuro incierto
El futuro de estas tradiciones —y el destino de los caracoles— es incierto. Estos moluscos son objeto de una intensa caza furtiva a pesar de las protecciones federales destinadas a su conservación. Los pescadores los abren (junto con otros moluscos de los que se alimentan) y venden la carne a restaurantes locales. Los turistas que recorren las playas recogen caracoles de las rocas y los tiran a un lado”.
El maestro Mauro es el presidente de la cooperativa de teñidores de caracol púrpura en Pinotepa de Don Luis, donde es uno de los 15 artesanos de la región que se dedican a conservar el molusco y usarlo para teñir textiles, que, si bien no está en peligro de extinción, corre riesgo por el turismo y la contaminación, asegura.
Tinte en madejas de algodón
Aunque el teñido con caracol se practicaba en otros estados, solo se conserva gracias a ellos, que lo han empleado para pintar madejas de algodón, mismas que entregan a sus esposas, quienes se dedican a la elaboración de los enredos tradicionales, que elaboran con telar de cintura y bordados.
“Mis dos hijos son teñidores de caracol, y sus esposas, junto con la mía, son las encargadas de elaborar las prendas. Todos somos familia y hacemos equipo”.
Técnica ancestral
Para “ordeñar el caracol” —comenta el tintero—, se usa una estaca de madera de hasta un metro, que toman de la raíz del mangle: con ella, desprende el caracol de la piedra y este suelta un líquido transparente, que es la orina, y una sustancia blanca, como mecanismo de defensa ante los depredadores; dichos elementos son los que los tintoreros esparcen sobre la madeja de algodón, previamente enredada en una de sus manos. Al contacto con la luz solar y el oxígeno, el algodón se torna de blanco lechoso a amarillo; luego, se hace verde, y por último, alcanza el morado.
En el artículo del periódico estadounidense se indica que hace décadas, era fácil encontrar densos grupos de caracoles del tamaño de pomos de puerta, según el Sr. Avendaño. “Está lleno de caracoles”, dijo, pasando una mano callosa y manchada de violeta por las calas. Ahora, la mayoría de los caracoles que encuentra son pequeños, de poco más de dos centímetros y medio, y solo producen unos pocos mililitros de tinte.
¿Protección a una especie equivocada?
Luego de una lucha titánica y tras años de campaña, los tintoreros y científicos que se convirtieron en sus aliados consiguieron en 1988 la protección federal para los caracoles conocidos científicamente como Plicopurpura pansa. Sin embargo, estudios posteriores han indicado que quizá la especie para la cual consiguieron protección no es la indicada.
“Los caracoles productores de tinte podrían pertenecen a P. columellaris, una especie diferente y no protegida que se encuentra en los mismos hábitats costeros”, indicaron nuevos análisis. “La ley protege a una especie que no está reconocida por la comunidad científica”, afirmó Sonia Hernández, bióloga del Olive-Harvey College de Chicago. “Por lo tanto, alguien podría recolectar el molusco sin ser sancionado. No estaría infringiendo ninguna ley”.
Devolver el molusco a su hábitat
En una entrevista para un medio oficial el tintorero indicó: “Nosotros no matamos el caracol: lo cuidamos, eso me enseñó mi tío. Una vez que lo ordeñamos, el molusco es devuelto a la piedra, en la parte que esté húmedo, con la idea de que vuelva a su hábitat. Tenemos un permiso y vamos al Parque Nacional de Huatulco a teñir nuestros hilos, para lo que hacemos un largo viaje: ahora, es de 16 horas en camión; antes, cuando no había mucho transporte, lo hacíamos caminando por ocho días y haciendo escalas, porque era muy cansado”, recordó.
Las poblaciones de caracoles se desplomaron durante la década de 1980, cuando una empresa textil japonesa contrató a pescadores locales para teñir rollos de seda para kimonos, por ello tanto a científicos como tintoreros productores les preocupa que la incertidumbre pueda crear resquicios legales para que una empresa coseche los caracoles restantes, y que una antigua tradición mixteca pueda desaparecer con ellos.











































