BRICIA YOLANDA ARAGÓN VALDIVIA
Septiembre y la Protección Civil
El mes de septiembre de cada año tiene para los mexicanos un gran simbolismo de nacionalismo y festividad, es el mes patrio, es el cumpleaños de nuestro México.
Las calles se llenan, en sus centros, de banderas tricolores, de luces, de adornos patrios; verde, blanco y rojo visten las ciudades, los poblados, las negociaciones, hasta los moños de las niñas que van a la escuela; hay un sentimiento de grandeza que nos une de manera especial en este mes.
Los festejos del 15 y 16 de septiembre nos han convocado siempre, convocados al “grito” en la plaza pública, o cuando menos en la tele, convocados sobre todo en torno a la mesa familiar o con amigos alrededor de la gastronomía deliciosa que en este mes sabe a patria, sabe a gloria y a victoria.
Septiembre, sin embargo, es también un mes que cuando llega nos remite a pensar en los temblores; que conste que hablo de los mexicanos en general, pues los oaxaqueños no tenemos que esperar hasta septiembre para que se nos mueva el piso, ya que muchos sabemos que del 100% de los temblores que ocurren en nuestro país, 40% son en Oaxaca.
Hay cifras y estadísticas sobre la sismicidad del mes de septiembre y es una alta incidencia, sólo un poco menos que la del mes de diciembre de cada año, dicen los especialistas. Aunque todos sabemos que en materia de sismos no hay un patrón identificado y claro con el que pudiésemos prevenir los sismos.
Desde 1985, año del terremoto que cobró miles de vidas sobre todo en la Ciudad de México, la cultura de la protección civil se desarrolló con fuerza y con éxito. En aquel momento la sociedad civil salió a las calles a ayudar al otro, al vecino, al desconocido, a apoyar con lo que se tenía a mano, comida, ropa, agua, mano de obra, ayuda médica; fuimos entonces un ejemplo para el mundo entero por la solidaridad mostrada.
Muchas anécdotas conozco sobre el terremoto del 85, muchas de ellas con trágico final; muchas otras, historias que podrían ser calificadas como milagros de vida; creo que todos conocemos alguna.
Luego del 85, vinieron las alarmas sísmicas que nos permiten saber, con ventaja de segundos, el avance de un sismo siempre y cuando su origen sea el estado de Guerrero, pues ese terremoto se originó justamente en esa entidad. Las alarmas sísmicas han permitido hacer la diferencia en 39 años; para ello los simulacros nacionales han ayudado mucho a construir una cultura de protección con protocolos en escuelas, oficinas públicas y privadas, en las familias también.
La prevención es una de las herramientas con las que contamos para hacer frente a estos fenómenos naturales, saber qué hacer durante y después de un sismo también es determinante para cerrar el círculo de cuidado en torno a éstos.
México, un país situado en una de las zonas sísmicas más activas del mundo, ha enfrentado desafíos significativos en materia de construcción y seguridad estructural a lo largo de su historia.
Debe destacarse que, aunque la alerta sísmica es una herramienta fundamental, la respuesta ordenada y preparada de la población es determinante para minimizar los riesgos. Después de un sismo, las respuestas incluyen atención inmediata a las emergencias médicas y de asistencia, pero también acciones estratégicas como la revisión de la seguridad de las edificaciones.
Los terremotos de 1985 y 2017 en la Ciudad de México han sido catalizadores para la evolución de la ingeniería sísmica en el país, impulsando avances que no sólo buscan salvaguardar vidas, sino también garantizar la funcionalidad de las edificaciones tras un evento sísmico.
Se ha dicho mucho sobre el sismo de 2017 en la Ciudad de México, refiriéndose al del 19 de septiembre de ese año, sin embargo, el ocurrido en el Istmo de Tehuantepec el 7 de septiembre del mismo año y que también se sintiera con intensidad y duración en la ciudad de Oaxaca, fue un terremoto fatal para muchos, tal vez uno de los más fuertes y largos que me haya tocado vivir (viví el de 1985 en la Ciudad de México) y el que les refiero de 2017 en Oaxaca fue muy semejante. No debemos olvidar que el de 1985 en la capital del país fue de 8.1 grados y éste del 7 de septiembre de 2017 en Oaxaca fue de 8.2.
El devastador terremoto de 1985 marcó un antes y un después en la historia de la ingeniería sísmica mexicana. Este evento no solo dejó una huella imborrable en la memoria colectiva del país, sino que también expuso las vulnerabilidades de las estructuras existentes y las deficiencias en los códigos de construcción de la época.
A raíz del sismo de 1985, hubo un detonante en cuanto a la investigación científica relacionado con los sismos, como contar con un mapa de regionalización sísmica, de cuyo análisis se establecieron parámetros para estudiar y conocer de mejor forma su comportamiento.
Esto significa que ya no basta con que un edificio se mantenga en pie durante un terremoto; ahora se busca que las estructuras sean capaces de resistir el sismo con daños mínimos, permitiendo una rápida reanudación de las actividades normales.
Todo este quehacer en la investigación sería muy necesario que se extendiera a entidades como Oaxaca que tiene un alto índice de sismicidad y cuyo centro histórico es reconocido por la UNESCO como Patrimonio Cultural de la Humanidad.
Sin duda hay pendientes en este rubro en nuestro estado, como la elaboración de un mapa de regionalización sísmica como el que se tiene en la capital del país, pues los últimos temblores que se ha registrado en los últimos años, han tenido un origen diferente, ya no sólo en el Istmo o en la Costa, sino en Atzompa, Miahuatlán, Ejutla y Tlacolula.

































