Feminismo: La lucha infinita de nuestras historias
Una se vuelve feminista por su propia historia. Esta frase, repetida por cientos de mujeres en cada marcha del #8M o en reuniones de amigas, refleja una verdad profunda: el feminismo es, ante todo, una experiencia vivida. Florence Thomas, una de las voces más influyentes del feminismo en Colombia, lo expresó claramente en su manifiesto de 2008: “Soy feminista porque creo que el feminismo representa uno de los últimos humanismos en esta tierra desolada y porque he apostado a un mundo mixto, hecho de hombres y mujeres que no tienen la misma manera de habitar el mundo, de interpretarlo y de actuar sobre él”.
El feminismo no es solo un tema teórico o académico; es también un movimiento, una respuesta a las vivencias de miles de mujeres que, día a día, enfrentan diversas formas de opresión, violencia y discriminación. Es un movimiento que rechaza la subordinación y busca la igualdad de derechos y oportunidades para todas las personas. Pero lo que define a una feminista es su historia personal, esa lucha que cada una libra en un mundo construido para privilegiar a unos sobre otras.
En mi caso, mi camino hacia el feminismo ha estado marcado por experiencias de violencia laboral, acoso callejero y machismo cotidiano. Desde mi primer trabajo a los 17 años, enfrenté condiciones discriminatorias simplemente por ser mujer e incluso acoso. Recuerdo que en un empleo me contrataron bajo la condición de no embarazarme pronto. Era una realidad que se imponía en cada aspecto de mi vida, desde lo privado hasta el espacio público.
Estas experiencias me llevaron a cuestionar las desigualdades que enfrentaba y a luchar por romper con los micromachismos que estaban presentes en mi vida. Fue en 2009, durante un diplomado de Políticas Públicas con perspectiva de género organizado por el Instituto Nacional de las Mujeres, cuando comencé a entender que mi entorno no era equitativo, que nosotras teníamos un “rol” asignado que debíamos cuestionar y transformar.
Hoy, tengo más derechos que mi abuela, quien no podía votar, y que mi madre, quien no tenía control sobre su propio cuerpo. Pero esta lucha no termina aquí.
Quiero que mis hijas y nietas tengan aún más derechos de los que yo tengo ahora.
Detrás de cada una de nosotras hay mujeres que han luchado, con o sin reconocimiento, para abrirnos camino. Son esas mujeres las que, con sus acciones, nos han permitido estar aquí y seguir luchando.
El feminismo, además de buscar la igualdad, también nos enseña la importancia de la interseccionalidad. Reconocer que no todas las mujeres enfrentan las mismas luchas, que la raza, la clase social, la orientación sexual, entre otros factores, también juegan un papel crucial en las experiencias de cada una. Esto nos lleva a entender que el feminismo no puede ser un movimiento homogéneo; debe ser inclusivo, diverso y consciente de las distintas realidades.
Como bien dice Isabel Allende, “el feminismo es como el océano, fluido, poderoso, profundo y tiene la complejidad infinita de la vida”. Nuestras historias, con sus matices y contrastes, son el motor que impulsa esta lucha. Porque no hay feminismo sin independencia económica, sin justicia social, sin reconocimiento de nuestras vivencias.
El feminismo es una lucha colectiva, pero también profundamente personal. Cada mujer que se une a este movimiento lo hace desde su experiencia, desde su historia.
Y es precisamente esta diversidad de vivencias lo que enriquece y fortalece el feminismo. Porque todas las mujeres hemos sufrido algún tipo de violencia o discriminación, ya sea en el ámbito laboral, en la calle, en el hogar o en cualquier otro espacio. Y es esa realidad la que nos impulsa a seguir luchando.
Desde esta trinchera, desde cada espacio ganado, seguimos transformando el mundo para las que vienen. No somos una, somos miles, y nuestra lucha continúa. Atrás de nosotras, hay mujeres con rostros y sin rostros que lucharon por nosotras. Ahora nos toca a nosotras seguir abriendo camino, para que las que vienen encuentren un mundo más justo, equitativo e inclusivo.
El feminismo es, y seguirá siendo, un faro de esperanza en un mundo que aún necesita cambiar mucho. Es nuestra historia, nuestra lucha, y nuestra responsabilidad continuar este camino. Porque, como dice Florence Thomas, hemos apostado a un mundo mixto, donde hombres y mujeres puedan habitarlo en igualdad, con respeto y dignidad.
Es por esto que, desde esta columna, quiero recordar que el feminismo es una lucha y aquí seguiremos, hasta que la igualdad y la dignidad se hagan costumbre.
X @Natali_Cruz_































