Toledo. In memoriam
La ciudad de Oaxaca, la Antequera de Indias, para diferenciarla de la Antequera de Málaga, de donde se le asignó el nombre por disposición de uno de sus fundadores, Juan Núñez del Mercado, es uno de los grandes y bellos emplazamientos urbanos que nos dejaron la Conquista y la Evangelización. A la iniciativa de hombres con gran visión se debe la erección de ciudades con trazo ortogonal y con orientación adecuada a su posición geográfica, como lo son la propia México (siempre se ha llamado así nuestra capital nacional), Puebla, Mérida, Morelia (Valladolid entonces), como las más destacadas y que son motivo de interés arquitectónico y cultural, incluidas en la Lista del Patrimonio Mundial de la Unesco (así es el nombre oficial), puede decirse que fueron beneficiadas desde su propia concepción, diseño y traza, que en nuestro caso estuvo a cargo de Alonso García Bravo, geómetra y alarife, como bien dice Iturribarría.
Los creadores de esas ciudades, y de la misma Oaxaca (Huaxyacac, Guajaca, Huajaca o equivalentes escritos en documentación antigua, oficial y eclesiástica. O También Wahaka, como han denominado en Londres a ciertos restaurantes), idearon la construcción de grandes iglesias, conventos, seminarios, colegios, universidades, hospicios, hospitales, cárceles, edificios de gobierno, acueductos, panteones, entre otras obras de servicios públicos; en suma, inmuebles que por más de 300 años sirvieron a las poblaciones de ciudades y pueblos de Nueva España y en gran parte del México independiente.
Los centros educativos novohispanos, permitieron y facilitaron la formación de grandes artistas, sea en la arquitectura, la escultura, la música, el canto y en la pintura, principales manifestaciones que están a la vista o que se siguen escuchando por los repertorios hallados en las catedrales. Así, en la pintura son mundialmente valorados Correa, los Echave, los Rodríguez Juárez, Villalpando y por supuesto, el más grandioso y prolífico, Miguel Cabrera, nacido en Tlalixtac (1695), cuya obra en grandes lienzos murales se aprecia en catedrales y templos de todo el país, así como parte de su obra y sus colegas pueden apreciarse en el Museo Nacional del Virreinato, en Tepotzotlán.
En la música, la polifonía novohispana, las obras para órgano, los cantos gregorianos sagrados y profanos, ocuparon la atención de dignatarios y gobernantes, al grado que en Oaxaca tuvimos en Juan Matías a uno de los grandes compositores del barroco, cuya originalidad se equipara con los grandes maestros de la fuga y composiciones sincopadas de esos tiempos.
El arte virreinal oaxaqueño dejó huella, herencia, legado y un cierto código genético que se transmitió en generaciones, de manera que Macedonio Alcalá, su hija Macedonia, el alumno de ésta “Tata Nacho”, Manuel Esperón, José López Alavés, Álvaro Carrillo, como los más destacados en la música. En la pintura, la lista es larga, en la cumbre Rufino Tamayo con obra mural, de caballete y gráfica, pintó México en coloridas expresiones. No se diga en nuestros días, con Rodolfo Nieto, León Zurita, Edmundo Aquino, Rodolfo Morales, Teodoro Velasco, Luis Zárate, Rubén Leyva, Maximino Javier, Felipe Morales, Fernando Andriacci y toda la corriente (algunos no quieren reconocerla como “escuela”) que se generó desde finales del siglo pasado, encabezada por Francisco (López) Toledo, toda una generación de creadores plásticos que le han dado preponderancia artística a Oaxaca.
Se han ido Morales, Arnulfo Mendoza, Aquino, León Zurita, Nieto y hace tres días Toledo, cuyo arraigo en Oaxaca lo hizo nuestro ciudadano de honor por haberle dado lustre y grandeza a las artes plásticas. Trascendió también como filántropo, ambientalista, promotor cultural y mecenas. Si bien su obra pictórica no es del dominio popular (es uno de los pintores más altamente cotizados en el mundo), sus contribuciones a la difusión del arte han permitido incluirlo en la lista de nuestros benefactores como Fernández Fiallo, Eulogio Gillow y los constructores de la grandeza oaxaqueña.


































