Entre el viejo régimen del presidencialismo imperial con partido único hegemónico y el actual régimen en construcción existe un paralelismo innegable. Al término de la revolución las disputas entre los caudillos revolucionarios crearon un clima de inestabilidad nacional.
Los caudillos revolucionarios y los nuevos caciques locales producto de la revolución mantenían una disputa continua. Ante este escenario en 1929 Plutarco Elías Calles, convoca a un gran pacto entre ellos que deriva en la creación del Partido Nacional Revolucionario (PNR). Esto logro la pacificación del país. El periodo que duro el PNR se caracterizó por el fuerte poder que ejerció Calles, más allá de su periodo presidencial, mejor conocido como “Maximato” que termina con la llegada a la Presidencia de Lázaro Cárdenas del Rio, quien expulsa a Calles y en 1938 cambia de nombre a Partido de la Revolución Mexicana (PRM). Es el inicio del Presidencialismo. En 1946, con Manuel Ávila Camacho, se da su tercera transformación en Partidos Revolucionario Institucional (PRI).
El presidencialismo se dio entre 1935 y 1997 caracterizado por la concentración del poder en manos del presidente de la república, tuvo como logro la pacificación del país siendo la llamada paz social su principal bandera.
El presidente tenía un control casi absoluto sobre las decisiones políticas, económicas y sociales del país. Su poder se extendía sobre el Ejecutivo, el Legislativo y, en muchos casos, sobre el Judicial.
El Partido Revolucionario Institucional (PRI) fue el centro del sistema político mexicano. Durante décadas, fue el partido hegemónico que garantizaba la estabilidad política mediante un control casi total de las instituciones. El presidente del PRI también solía ser un actor clave en las decisiones políticas, con el partido actuando como un “instrumento” del presidente.
Aunque el Congreso existía como un poder autónomo en teoría, en la práctica estaba fuertemente influenciado y controlado por el PRI. Las leyes y reformas importantes solían ser aprobadas sin mayor oposición. La bancada priista en el Congreso era mayoritaria, lo que permitía al presidente tener una amplia flexibilidad legislativa.
El PRI instauró un sistema de corporativismo, en el que distintos grupos de interés, como sindicatos, campesinos y empresarios, estaban organizados bajo el partido para asegurarse de que apoyaran las políticas del gobierno a cambio de beneficios y subsidios. Esto permitió al PRI mantener el control social y político a través de estos grupos.
Aunque se mantenían las formas democráticas, el sistema se caracterizaba por un autoritarismo suave. La falta de competencia real en las elecciones y la supresión o cooptación de la oposición política generaron una simulación de democracia en la que el PRI gobernaba sin verdaderos contrapesos.
El PRI se mantuvo en el poder durante más de 70 años, lo que consolidó una estabilidad política, pero también una gran resistencia al cambio, generando un sistema político que, aunque aparentemente democrático, en la práctica no permitía la alternancia real del poder.
El presidencialismo priista llegó a su fin en 1997, cuando pierde la mayoría calificada en la Cámara de Diputados y con la alternancia política, cuando en el año 2000, Vicente Fox del Partido Acción Nacional (PAN) logró ganar la presidencia, lo que marcó el comienzo de un sistema político más plural y competitivo en México. Sin embargo, los vestigios de este presidencialismo siguen influyendo en el panorama político actual.
Parece ser que la política también es cíclica. Miramos atrás y vemos que conflictos que creíamos superados resurgen al escenario político presente con más fuerza que nunca. La memoria política es corta y nadie experimenta en cabeza ajena. Tropezar con la misma piedra y pensar ingenuamente que lo actual es diferente.
México ha avanzado significativamente en los últimos 25 años hacia la consolidación de una democracia plural, participativa y con un equilibrio entre los poderes. Sin embargo, las reformas impulsadas por Morena en la actualidad representan un peligro para este equilibrio, ya que centralizan el poder, limitan el acceso a la justicia y debilitan la autonomía de las instituciones clave. Estos retrocesos ponen en riesgo la democracia y la independencia judicial, valores fundamentales para el desarrollo de un México justo, libre y democrático.
VÍCTOR MANUEL AGUILAR GUTIÉRREZ
X: @aguilargvictorm


































