Hablar nos hará humanos
La revolución tecnológica está propiciando, con todos sus progresos y beneficios, que los seres humanos seamos cada día menos seres humanos.
Y es que aquello que nos define, que configura nuestra esencia como especie, está volviendo sobre sus pasos.
Estamos ya muy lejos de aquella humanidad para la que pensar y hablar era ejercicio permanente, porque la deliberación era desde la Grecia antigua el origen de las decisiones públicas y del sistema político.
Hacer implicaba deliberar y esto a su vez exigía conocer, estar informados, estar conscientes y formarse un criterio propio que se expresaba en el ágora sobre lo bueno y lo conveniente para la colectividad.
Era un mundo de argumentos, de razones, donde el poder estaba subordinado a la persuasión del mayor número.
Hoy asistimos a la crisis del argumento. Somos sociedades que casi no pensamos. Nos hemos esclavizado al estímulo momentáneo de las nuevas tecnologías que brindan placer instantáneo, satisfacción inmediata. Y cada vez queremos más.
Más likes, más retweets, más impactos, más vistas.
Hoy sólo hay que mostrarse para recibir castigo o recompensa y somos víctimas de nuestro propio éxito, un éxito relativizado, vaciado de contenido, reducido a la aprobación de lo que mostramos.
Vivimos para mostrar, para mostrarnos. Y cada vez más, nos mostramos irreflexivamente. Cada vez hay menos necesidad de razonar, porque los impactos son instintivos, no racionales. Se nos está olvidando cómo razonar, porque cada vez menos personas exigen razones.
Queremos ritmo, luces, colores, brillo, luminiscencia.
Vivimos para mostrarnos, para que otros nos vean. Dejamos, poco a poco, de vivir para nosotros mismos y nos convertimos en lo que otros piensan y sienten respecto de nosotros.
Nos atacamos en el planeta de las apariencias.
Y esto lo veo más válido para las nuevas generaciones, que con cada vez más frecuencia asiste a la escuela por inercia. Pará socializar, porque ya cada vez menos interesa aprender.
Vivimos vidas que no son nuestras, de personas que están a miles de kilómetros de nosotros, pero que sentimos tan cerca como nuestro teléfono de nuestros ojos.
Ya no leemos, ya no escribimos, ya no conversamos, ya no escuchamos.
Nos volvemos indolentes, insensibles. Es el nuevo “laissez faire, laissez passer”.
Nos sentimos seguros mientras nuestros pies sigan tocando la tierra.
He estado impartiendo algunas materias que tienen que ver con Retórica y Oratoria para estudiantes de Derecho desde hace algunos semestres. Me invitaron porque soy uno de esos bichos raros a lo que nos han puesto la etiqueta de orador.
Y la experiencia del que invita dice que no cualquiera puede enseñar eso que no cualquiera sabe qué es.
Claramente cuando el alumno revisa su tira de materias, no sabe bien a bien de qué se trata.
Hoy no se habla de oratoria, de discurso, de retórica, de hablar en público. Se habla de echar verbo y tirar rollo.
Y pensar que, en algún momento de nuestra historia, la retórica era parte de la vida y tan necesaria como aprender a caminar.
Los tiempos han cambiado y hoy no es extraño, cuando se habla de retórica, encontrar sensaciones y opiniones negativas que apuntan a la inutilidad o a la perversidad.
Cuando iniciamos clase, yo les digo a mis alumnos de derecho que la materia se trata de aprender a utilizar las palabras, porque el Derecho es a resumidas cuentas solo palabras.
Y que hoy, quien aprenda a hablar y a escribir hará diferencia en la vida práctica respecto de quien nunca se preocupa por ello.
Les pido que elijan un tema, que se sienten a pensar todo lo que se pudiera decir en torno a él; les pido que le den un orden a todas las alternativas posibles, que se sienten a escribir a mano un discurso (con un mínimo de partes que les explico de antemano), que lo estudien (no necesariamente que lo memoricen), que se apropien de él, que lo pronuncien y que lo practiquen.
Para algunos es una experiencia nueva, incómoda.
Algunos sudan frío, tiemblan, se traban y se frustran. Pero no tienen opción.
O hablan o reprueban la clase.
Les advierto que mi materia no es como otras. No se trata de aprender conceptos, teorías o sistemas. Se trata de adquirir una habilidad, una aptitud, una tekné.
Se trata de que al final del curso sean personas diferentes a las que entraron por la puerta del aula el primer día.
Creo que lo estamos logrando.
El hombre y la mujer es su palabra. Somos lo que pensamos y lo que decimos. Y el lenguaje, las palabras construyen la realidad. Nada existe que no pueda ser nombrado.
Antes hablar nos hacía libres. Hoy tenemos que preocuparnos por hablar para volver, poco a poco, a ser humanos completos.
En el Principio era el verbo, y tenemos que volver al principio.
*Magistrado presidente de la Sala Constitucional y Cuarta Sala Penal del Tribunal Superior de Justicia de Oaxaca.

































