Milton Keynes Village, R.U.- Utopía es un vocablo de etimología griega, compuesto por el prefijo “u”, que indica no y el sustantivo “topos”, lugar. Un lugar que no es o que no existe. En eso pensó Tomás Moro (1478-1535) cuando escribió su famosa y breve obra sobre un país, una isla en donde se vivía en armonía social: pueblo y gobierno en un perfecto balance, justicia al alcance de todos, riqueza bien repartida, servicios para todos, una vida sin frivolidades pero sin limitaciones o austeridades absurdas, alimentos suficientes, salud y bienestar real, entre muchos beneficios soñados y que al parecer es imposible alcanzar en un mundo mezquino, superfluo y voluptuoso del capitalismo (o dicho hoy, del neoliberalismo), pero tampoco en los presuntos paraísos socialistas de ayer y hoy. Moro, canonizado en 1935, es el patrono de los políticos, pero ninguno alcanza su estatura moral.
Federico Engels (1820-1895) fue, en estricto sentido, el creador del marxismo, por haber recopilado la grandiosa obra de Karl Marx, haberla difundido y gracias a su generosidad, sostuvo a este ideólogo y su familia durante largos años. Engels fue también quien calificó como “socialistas utópicos”, a los pensadores Robert Owen, Charles Fourier, Henri de Saint-Simon, ÉtienneCabet, GracoBabeuf y Auguste Blaqui, que soñaron el establecimiento de economías socialistas regidas por un balance político y económico que satisficiera las necesidades de la población y les diera bienestar. Para el filósofo y empresario de Barmen, los también llamados pre-marxistas, no tenían bases para el logro de sus ideales, de ahí que calificara al marxismo como el “socialismo científico”, doctrina comunista que como “fantasma” (según el Manifiesto Comunista de 1848) recorría Europa y alarmaba a príncipes, monarcas y al papa mismo.
La doctrina marxista tuvo ciertos efectos positivos en las economías industrializadas del Viejo Continente: se formaron sindicatos, se regularon horarios de labor y el trabajo infantil, incipientes prestaciones, pero exacerbó la “lucha de clases”, prefigurada en el marxismo como parte de la historia misma de la humanidad. Los extremos del capitalismo fueron señalados también por la Santa Sede al promulgar el Papa León XIII, en 1891, la encíclica Rerumnovarum (De las cosas nuevas), fundamento de la doctrina social de la Iglesia, que favorecía al trabajador y avalaba la formación de uniones sindicales al criticar las condiciones que prevalecían en la industria capitalista.
El triunfo del marxismo lo consiguió Lenin en Rusia. La Unión Soviética fue una utopía que no soportó siete décadas; arrastró a varias naciones europeas y engendró otra utopía: la Cuba de Castro, con los resultados de pobreza ya conocidos. Secuelas regresivas se han tenido en Venezuela, con la utopía chavista, que ha sumido al país en condiciones políticas y económicas desastrosas. China dejó su utopía maoísta y, con más inteligencia, encontró en el mercado internacional un buen acomodo a su peculiar estilo de comunismo. Marx está sepultado en Inglaterra (cementerio de Highgate), es difícil que reviva, fue otra utopía.
En nuestro México, muy dado a las imitaciones, a los sueños, a idealismos mal orientados y a exagerar propuestas políticas, se narra que hemos transitado por tres transformaciones destacadas, pero no virtuosas para la sociedad: ninguna ha sacado de la pobreza a la mitad de los mexicanos y sí muchas divisiones y encono.
Hay ahora una propuesta para otra transformación. Visto está que se trata de una alucinación utópica sin posibilidades de realización, al no haber planes y proyectos viables y, debido también, a que los mecanismos y esferas del poder están copados y controlados por el ejecutivo. Mientras, la justicia regresa a la etapa de penalizaciones confiscatorias y trascendentes, que van dañado el patrimonio familiar. Domina el odio, la división y el resentimiento.
En la utopía mexicana, se acrecienta la inseguridad, cae la educación, los servicios de salud y sanidad en declive y la economía se desploma.



































