Analizando el apunte diario sobre “Letras Hipnóticas”, que afirma que Oaxaca no nació como ciudad, sino desde sus barrios, transcribo:
“Oaxaca nació de sus barrios. Así es, porque antes de ser traza española, antes de llamarse Antequera, antes incluso de pronunciar su propio nombre como un eco orgulloso, el valle ya estaba dividido en latidos. Cada barrio fue una sílaba del tiempo. Cada calle, un oficio. Cada templo, una promesa. Aquí no se camina: se atraviesa y se vive la historia”.
I. Huaxyacac: el lugar donde brota el guaje
A mediados del siglo XV, cuando el imperio mexica extendía su sombra ritual sobre los valles del sur, Moctezuma I (1398-1469) ordenó en 1457 fundar un asentamiento sobre Lúu Laá, una ciudad estratégica en este valle donde crecía el yaja-laaja, donde la tierra es fértil y la memoria terca.
A este sitio lo llamaron los mexicas Huaxyacac, el lugar de los guajes, el ombligo verde donde se juntan los ríos Atoyac y Jalatlaco, y donde en el valle que más tarde sería dominio de Hernán Cortés cruzaban rutas, tributos y silencios.
Así nació Xochimilco (1486), considerado el barrio más antiguo. No como barrio todavía, sino como corazón indígena. Lúu Laá había sido fundada en 1396 por Zaachila I, nombrada así por sus árboles de yaja-laaja. Cuando llegaron los mexicas la llamaron Huaxyacac y, con los españoles, el nombre mutó hasta convertirse en la ciudad de Antequera. Pero Xochimilco permaneció. No se movió. No se rindió. Aprendió a resistir desde la fiesta, la cocina y la cofradía.

II. La llegada del hierro y del pan
Luego vino la llegada del hierro ardiente y del pan bendito: el Cristo en la cruz, el bautismo y la espada. Con los conquistadores llegó el damero, la cruz… y también los oficios.
Oaxaca creció como crecen los árboles viejos: hacia los lados. El pueblo de San Matías Jalatlaco surgió con los tlaxcaltecas aliados. Fue barrio de curtidores, de pieles, de manos endurecidas por el agua y la sal.
El pueblo de Santa María Oaxaca, el Marquesado, quedó ligado al nombre y a la sombra de Hernán Cortés. Se volvió territorio de tributo y de horno. Ahí se elaboraba el pan amarillo, la hojaldra y el sabroso resobado: pan de fiesta y de duelo, pan que acompaña al muerto y celebra al vivo.
Los pueblos que hoy son agencias, San Juan Chapultepec y San Martín Mexicapan, fundados por mexicas tributarios, fueron territorios de frontera cultural: indígenas bajo dominio español, pero con lengua y ritual intactos. En La Trinidad de las Huertas, el náhuatl siguió hablándose cuando ya parecía extinguirse en otros rincones.
III. Barrios que nacieron del templo
En Oaxaca, el templo no fue solo casa de Dios: fue útero urbano. Alrededor de cada iglesia brotó un barrio y alrededor de cada barrio, una identidad.
La Soledad, madre protectora del valle de Cortés y patrona de los oaxaqueños.
La Consolación, refugio de los cansados.
El Carmen Alto, levantado sobre piedra y misticismo.
La Merced, cuyo atrio se convirtió en zona de comercio y tránsito hacia Centroamérica.
San José, barrio de carpinteros.
La Defensa, nombre que aún suena a resistencia.
Los Príncipes, donde se tejían rebozos y sombreros.
San Francisco, Las Nieves y San Juan de Dios, barrio de coheteros donde el cielo aprendió a estallar de júbilo.
Cada uno fue un mundo completo: con reglas, con fiestas, con muertos y con santos propios.
IV. Los barrios del apodo y del oficio
Cuando Antequera creció, la imaginación popular bautizó nuevos barrios con nombres que hoy parecen leyenda.
Coyula, también llamado de los Encuerados, barrio de matanceros.
El Peñasco, entre Matamoros y Manuel Bravo.
Los Alzados, en las calles de Libres, nombre que aún suena a rebeldía.
Los Pedreros, en División de Oriente, donde la ciudad se levantó a golpe de cantera.
Los Hornos, entre Guadalupe y Jalatlaco.
Los Tecolotes, cerca de la antigua garita del Marquesado, barrio vigilante y peleonero.
El Barrio de China, entre Mina y Mier y Terán, cruce de mercancías y rutas.
Oaxaca no los borró: los incorporó. Aquí nadie desaparece del todo.
V. Del municipio al barrio
La historia administrativa también dejó huellas. Con la Independencia, el antiguo pueblo de Santa María Oaxaca —el Marquesado— pasó a la jurisdicción del Ayuntamiento capitalino en 1908.
Xochimilco, Jalatlaco y Trinidad de las Huertas dejaron de ser municipios en 1926 para integrarse al municipio de Oaxaca. Pero el papel no borró la identidad: un barrio no se disuelve por decreto.
VI. Las cofradías: origen de la fiesta
Para sostener los templos —aceite para las lámparas, vino para la misa y ayuda mutua— surgieron las cofradías. A finales del siglo XVIII se transformaron en patronazgos y hoy sobreviven como mayordomías.
En Xochimilco, esta tradición no es folclor: es estructura social viva.
VII. Octubre: cuando Xochimilco despierta
En octubre el barrio entero se convierte en calendario ritual. Tres mayordomías marcan el pulso:
La Virgen del Rosario de los hombres, llamada la chiquita.
La Virgen del Rosario de las mujeres, conocida como la grande.
La mayordomía del Relicario.
Todo comienza en la casa del mayordomo. La primera misa es íntima, doméstica. Luego la misa parroquial, la comida y la noche.
Entonces surge la calenda: la banda de viento abre la calle, las mujeres avanzan con canastos de flores y los jóvenes cargan a la Virgen. Detrás caminan muchachas vestidas como la imagen, repitiendo la fe en forma de espejo.
Cohetes, chirimías, mezcal y bocadillos. El castillo se enciende. El barrio baila mientras el cielo chisporrotea.
VIII. La comida, el baile y la permanencia
El domingo es la misa de función y la comida en casa del mayordomo de la Virgen chiquita. El lunes se celebra la Virgen grande. El miércoles, el Relicario.
Al final llega la gran procesión: ambas Vírgenes, el relicario y los estandartes recorren las calles. El barrio entero camina su propia memoria.
IX. El agua que cruza el tiempo
La calenda cruza también el territorio por donde pasa el acueducto iniciado en 1720, que trajo agua desde San Felipe del Agua.
Benefactores como Juan Sánchez Pascuas, O’Brayan y Manuel Fernández Fiallo y Boralla entendieron que una ciudad sin agua es un espejismo. Ese acueducto no solo trajo agua: trajo futuro a la antigua Antequera, hoy Oaxaca.
Por sus conductos pasaron millones de litros de agua que alimentaban más de cien fuentes y treinta barrios. Hoy sobreviven quince de aquellas pilas, restauradas gracias al trabajo ciudadano del grupo Un Granito de Arena, como testimonio de una ciudad hecha de memoria y comunidad.
Porque Oaxaca no se entiende desde su centro histórico: se entiende desde sus barrios. Allí donde la historia se repite en cada fiesta, en cada calenda, en cada familia que dice con orgullo de dónde viene.
Oaxaca de Juárez, a 16 de marzo de 2026.
JORGE BUENO
Cronista de Oaxaca
Presidente de la A.E.C.O.
Secretario General de la
Federación Nacional de Asociaciones
de Cronistas Mexicanos A.C.



































