En México existe un estado, entidad federativa o subnacional llamado Oaxaca.
Aquí vivimos ya más de 5 millones de habitantes repartidos en 570 municipios y cerca de 11 mil comunidades. 7 de cada 10 habitantes se autoperciben como indígenas y 418 de esos 570 municipios se gobiernan bajo las reglas no escritas de la costumbre.
Para tomar dimensión del mundo aparte que Oaxaca es en México y en el mundo habré de decir que de los más de 2 mil municipios que hay en el país, 704 son gobernados por el partido político Morena y 423 por “usos y costumbres” hoy eufemísticamente llamados sistemas normativos indígenas. Muy atrás se encuentra el PRI, que gobierna 257 y luego, los demás partidos, más 14 independientes.
De esos 423 municipios que se gobiernan por usos y costumbres en México, 418 están en Oaxaca. Ahí la máxima autoridad no es el Cabildo ni de facto el presidente municipal; es la Asamblea. Ahí hay democracia directa.
Todo lo anterior hace fácil de explicar por qué Oaxaca es referente artístico y cultural de México. Aquí política, cultura, arte y religión son caras de un mismo prisma cuyos reflejos se combinan.
En México el tiempo se mide en elecciones. En Oaxaca se mide en festividades. Lo más importante ha sido y es siempre la fiesta del pueblo y la primera obligación de la autoridad es preservar la tradición.
Por eso en ninguna parte de México se vive como aquí la fiesta de muertos o de “Todos los Santos”.
Aquí a los muertos se les llora, pero también se les festeja. Y cada noviembre la gran mayoría de los oaxaqueños cree sinceramente que los muertos de la familia “vienen” por uno o dos días a “estar” con nosotros. Regresan a casa, aunque sea a “jalarnos las patas”.
Y no es superstición, ni primitivismo. Es espiritualidad, es cultura y es arte. Es sabiduría y filosofía de vida colectiva a la que están volviendo los países más civilizados del mundo.
Aquí no hemos perdido la conexión con la tierra. Por eso no es tan “extraña” esa “costumbre de enterrar a los muertos” sobre la que se preguntaba Sabines. Nuestros muertos son parte de nuestra tierra y parte también de nuestro destino.
No son los colores, los sonidos, los sabores ni los aromas los que maravillan a nuestros visitantes. Es nuestro espíritu.
Buena parte del arte tiene que ver con interpretación e histrionismo. Por eso el teatro y el cine maravillan y los actores se inmortalizan.
Aquí nuestro arte es honesto, no se importa, no se escenifica y no se representa. Es un arte vivo, real y genuino. Todo lo que hacemos es para nuestros muertos en noviembre.
Los colores, las texturas, los sabores y los aromas son para ellos. Cada año les ofrecemos en el altar las mejores frutas y los mejores platillos para que se lleven sus “esencias”.
La extravagancia de la publicidad es aparte. Los gobiernos buscan legítimamente ingresos del turismo. Pero el turismo no viene a un espectáculo, viene por invitación a vivir una experiencia que es —reitero— auténtica y genuina en los pueblos y en las ciudades.
Y es así porque la generosidad de los oaxaqueños así lo permite. Compartir es uno de nuestros verbos favoritos y cada año miles de visitantes dan cuenta de ello.
Por eso, cuando se dice que México estaría mejor sin Oaxaca, habría que pensarlo dos veces. Si estar mejor es ahorrarse lo que el federalismo le da a Oaxaca para repartírselo entre los demás estados, no sé qué tan mejor podría estar México.
De hecho, Oaxaca es lo que mantiene viva esa parte de México que tanto necesitan otros estados y que empieza a necesitar también Oaxaca: la que tiene que ver con el espíritu en tiempos de los poderes salvajes, de la violencia y de la inteligencia artificial.
La flor de Cempasúchil, el mole y el pan de muerto con sus formas y sus aromas nos mantienen anclados con cada noviembre a lo que somos y queremos seguir siendo.
¡Que viva Oaxaca!
Bienvenidos a las fiestas de los Fieles Difuntos.
*Magistrado presidente de la Sala Constitucional del Tribunal Superior de Justicia de Oaxaca



































