Arrancar 2026 no se siente igual para todos. Para muchas personas no representa un nuevo comienzo, sino la continuidad de problemas que no desaparecieron con el año viejo: el dinero que no alcanza, la inseguridad, la falta de agua, el empleo inestable y la incertidumbre sobre el futuro de los hijos. No son temas de discurso, sino conversaciones cotidianas en mesas familiares, mercados y filas para pagar recibos.
En México, y particularmente en Oaxaca, los diagnósticos sobran. La gente sabe qué está mal porque lo vive a diario. Por eso ya no basta con decir que “se está trabajando” o que “es un proceso”. Se necesitan decisiones que impacten la vida real, no solo informes o discursos.
El contraste en Oaxaca es evidente: se presume cultura, fiestas y turismo, mientras muchas familias apenas logran sostenerse. Vivir en la ciudad es cada vez más caro, el turismo no siempre deja beneficios locales y muchas personas trabajan más para ganar lo mismo o menos. Esto genera enojo, cansancio y una sensación de injusticia que no puede seguir ignorándose.
El problema del agua y del empleo refleja la misma desigualdad: colonias que sobreviven con tandeos eternos, trabajadores sin prestaciones ni certeza, jóvenes preparados sin oportunidades y personas que migran por necesidad. A esto se suma el desgaste emocional de promesas repetidas y un futuro incierto.
A nivel nacional, la polarización política profundiza el desencanto. En medio del ruido quedan las personas comunes, poco representadas y cansadas de confrontaciones estériles.
Decidir implica poner orden, priorizar y reconocer errores. La gente no exige milagros, sino honestidad, coherencia y respeto. Cada decisión que se pospone tiene un costo que se siente en los hogares. Este 2026 no puede seguir marcado por la inercia: la gente necesita cambios palpables ahora, porque la paciencia no es infinita y el futuro no espera.
@aguilargvictorm




































