Aunque fotógrafa, Flor Garduño (Ciudad de México, 1955) se considera más una amante de las artes plásticas, alguien que se ha enriquecido con estas y los viajes. Con tan solo la luz natural, una cámara Leica muy discreta y con ideas esbozadas que no siempre terminan como han sido pensadas, la autora ha logrado varias de sus imágenes icónicas, como la de La mujer que sueña. Observar, estar siempre atenta a las mejores horas del día, eso –dice- le ha ayudado a lograr las piezas hechas en casi cuatro décadas. Pero también el respeto con los demás.
“Siempre me he podido acercar a todos y nunca me han dicho que no”, cuenta sobre los retratos hechos lo mismo en el camino al camposanto que en una boda en la que no se permite la toma de fotografías. Y que, sin embargo, a ella no le ha costado, pues se ha aproximado a las personas y vuelto parte de la ocasión, tanto que incluso al saber que es fotógrafa y no verla en acción le preguntan si acaso no tomará alguna imagen.
“La mayoría de los fotógrafos entra con telefotos y tripiés, de una manera muy agresiva. Yo he entrado con una cámara Leica que no se oye, de una manera discreta, y siempre estando antes, pidiendo permiso si puedo estar”.
Así ha pasado con fotografías como Camino al camposanto, tomada en 1988, en Ecuador, y en donde se mira a una familia con el sarcófago de su hija. “Es muy fuerte, no, unos padres que llevan a su niña atrás, en la espalda”.
Cada fotografía de Flor Garduño guarda una historia, como aquella tomada en 1991, a una mujer mixteca de la región Costa de Oaxaca. Era un día de muertos y estaba trabajando en Pinotepa de Don Luis. “Había un camino increíblemente tupido de pétalos de cempasúchil y me encaminé a la casa y encontré a esta mujer que tenía en el suelo el montón de iguanas, no sabía si la iba a llevar o las recogía, pero le pregunté si le podía hacer un retrato. Empecé con una imagen y acabé con otra”.
Esta fue una de las primeras imágenes que hizo en homenaje a su maestro Manuel Álvarez Bravo, narra la fotógrafa que entre sus pendientes tiene tres proyectos (uno sobre los retratos hechos en 38 años, otro sobre paisajes -como notas de viajes- y uno más de homenajes –como la imagen de La mujer que sueña-).
Las ideas iniciales que terminan en imágenes quizá no imaginadas, porque “la vida me lleva con otra”, son las que ha generado la autora de Magia del juego eterno, libro en el que está la fotografía de aquella mujer con iguanas a sus costados y tendida sobre un petate.
Desde el pasado 24 de marzo, estas y otras piezas, con retratos de artistas, desnudos de mujeres, paisajes rurales, imágenes de arquitectura, son parte de la exposición Flor Garduño, la construcción del instante. Abierta hasta el 9 de junio próximo, la muestra se puede visitar en el Centro de las Artes de San Agustín (CaSa), Etla.












































