¿Cómo era la situación de las mujeres que incursionaban en la pintura hasta antes del siglo XX? ¿De qué manera se ha representado a las féminas en los cuadros de esos tiempos? ¿Han cambiado las condiciones de acceso de las autoras a los circuitos de las artes? La historiadora del arte Angélica Velázquez Guadarrama propone una aproximación y algunas respuestas a estas preguntas. Y lo hace a través de su libro Representaciones femeninas en la pintura del siglo XIX en México. Ángeles del hogar y musas callejeras.
En el volumen, la integrante del Instituto de Investigaciones Estéticas de la Universidad Nacional Autónoma de México (IIE-UNAM) toma como casos 80 hechas entre los años 1776 y 1916. A través de ellas explora las formas en que han sido representadas las mujeres mexicanas en este tiempo. Asimismo, reflexiona sobre la incursión y participación de las mujeres en la producción del arte.
En el primer caso, muestra y distingue diferencias en las representaciones, plagadas no sólo de las miradas masculinas hacia ellas, sino de las ideas o estereotipos basados en las condiciones socioeconómicas de las representadas. Así, por ejemplo, se observa un modelo burgués, con féminas a las que se recreó vinculadas con la música, la lectura, la costura o la pintura, pero siempre ejerciendo estas labores en el interior de sus hogares. Es a ellas a quienes se identifica como “ángeles del hogar”.
En tanto, aquellas de niveles socioeconómicos más bajos fueron recreadas en escenarios propios del espacio público, es decir, las calles, de ahí que se generaran estereotipos como el de la vendedora de aguas. Se trata de las “musas callejeras” que no sólo estaban expuestas a esa mirada, sino al acoso de hombres de clases “más privilegiadas”.
La participación de las mujeres como autoras de las obras es otro de los temas de Velázquez Guadarrama, quien reconoce que su incursión era prácticamente nula. Aunque reconoce algunos momentos en los que se tuvieron oportunidades para su formación profesional. “Sí creo, por ejemplo, que sobre las mujeres pintoras hay diferentes tiempos”.
Tomando como caso la Academia de San Carlos y sus primeras exposiciones, Angélica nota que “la mujer está presente, pero sólo en las exposiciones generales, junto con todos los artistas de la academia. Y no hay mucho problema, la crítica de arte y los funcionarios de la Academia de San Carlos están encantados de recibirlas”. Sin embargo, había un papel un tanto condescendiente con las autoras.
Para el año de 1868 ya se tienen registros de las mujeres aceptadas en la academia, como alumnas regulares. Eso, señala, implica que ya hay acceso de otros sectores de la sociedad a la cultura, además de haber la profesionalización que no tuvieron las mujeres que les antecedieron, que no habían tenido la intención de vender una pintura ni profesionalizarse en ello.
“Este segundo grupo de artistas está buscando la profesionalización” y va paralela con otros proyectos importantes a nivel nacional.
Luego, refiere, pasa algo extraño. Ya para 1910, cuando se hace otra exposición, participan “muy pocas mujeres”. Eso hace pensar que aunque ya había posibilidades para su formación, sólo muy pocas pudieron convertirse en profesionales. “Hubo ciertas presiones sociales que le permitieron a muy pocas convertirse en profesionales”.
Con las vanguardias, todas las mujeres que quisieran ser profesionales tenían que enfrentarse a otros problemas. Pues si bien ya había algunas oportunidades, ahora tenían que hacer frente al rechazo de sus compañeros hombres, por ejemplo, en el muralismo, donde no se les aceptaba, expone.
Estas situaciones, ahonda, han hecho que en la actualidad los museos públicos carezcan de obra de autoras del siglo XIX. Sí hay de las que crearon en el siglo XX. “Mientras en los museos públicos no esté la obra de estas mujeres, no hay manera de conocerlas, de hacer análisis ni conocer sus aportaciones”, subraya.









































