Este fin de semana, el músico Adolfo Ramos se presenta con la Sinfónica de Oaxaca, agrupación con la que compartió escenario en abril del año pasado. Al igual que entonces, el violoncellista principal de la Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México se suma a la primera temporada. Aunque en dos roles, primero como intérprete y luego como director.
Este viernes y domingo, cuando se presenta el primer programa, Ramos está a cargo del Concierto para chelo y orquesta, del francés Camille Saint-Saëns, un compositor nacido en el siglo XIX y fallecido en el XX. De su repertorio, la pieza es ya conocida por Ramos, quien desde los seis años de edad comenzó su instrucción musical con su padre, el también intérprete Manuel Ramos Zamora.
Saint-Saëns, quien fuera un pianista, organista, director y compositor, escribió dos conciertos para violoncello y orquesta; el primero es el que interpreta Ramos durante su visita a Oaxaca, ante quienes se han reunido la noche del viernes, y que repetirá para los asistentes del domingo, en el recital programado a mediodía, en el Teatro Macedonio Alcalá.
“Es una obra pilar en el repertorio de todos los cellistas, en algún momento de nuestra vida. En la carrera, todos hemos pasado por ahí, sobre todo en la época de formación, pero por supuesto que la vuelve uno a abordar en la época profesional”, apunta Ramos sobre la pieza que, dice, “nunca deja de ser una obra maravillosa”, así pasen varios años o se toque incontables veces.
En su caso, la tocó por vez primera a los 18 años, mientras estudiaba, y la volvió a ejecutar cuando se presentó como solista con la Filarmónica de la Ciudad de México, agrupación de la que después se hizo parte y ha seguido como violoncellista principal.
“Ahora la vuelvo a tocar acá (en Oaxaca). Es un repertorio que como lo aborda uno desde hace tanto tiempo, va madurando y va cambiando la manera de hacerlo. Uno se fija y es cuando nota qué cambios ha tenido como músico. Ya no lo hago igual. Es la misma pieza y las mismas notas, pero la manera de abordar el trabajo evoluciona, madura”, narra el músico de 48 años.
Ramos ha seguido la tradición familiar en la música, una que comenzó con su abuelo y se ha extendido a sus sobrinos. Pero, en algún momento, ¿pasó por su mente cambiar el rumbo? No. Aunque reconoce que le llamaba mucho la atención la medicina, por la parte humanitaria, la música le absorbió desde muy pequeño, tanto que “no hubo espacio para nada” que no fuera lo que ha desarrollado en cuatro décadas y que le ha llevado por foros como el Festival Internacional Cervantino (2001) y el Festival Aujourd’hui Musiques (1997) en Perpignan, Francia.
A sus 48 años, sin embargo, sabe que esa parte humanitaria percibida en la medicina sigue a través del contacto directo con la gente, con los públicos ante los cuales ha tocado cada semana en la Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México, también durante los 12 años en que estuvo en la Orquesta Sinfónica Nacional.
“Llevo 27 años haciendo orquesta, muchísima de cámara, con la que me ha tocado viajar por varios países del mundo, conocer públicos de distintas regiones, con el mismo lenguaje, con el mismo instrumento. Es una experiencia maravillosa”, agrega quien lo mismo ha recorrido su país que Estados Unidos, Argentina, Perú, Colombia, Ecuador, Costa Rica y Guatemala.
Este domingo, Ramos volverá a tocar en el Teatro Macedonio Alcalá, un foro donde en otras ocasiones ha conocido a un público que, señala, “siempre me recibe muy cálidamente”. En este primer programa, además de una pieza Saint-Saëns, el músico toca la Suite Carmen No, 1, de Georges Bizet, una pieza “siempre muy llamativa, jovial y trágica”.
Tras esta incursión, volverá en mayo próximo para dirigir al violinista Osvaldo Urbieta, en un programa que contemplará el Concierto en mi menor, de Félix Méndez.












































