Cada vez que en Oaxaca hallan una tumba importante, el guion se repite con una precisión quirúrgica: cámaras, discursos oficiales sobre el rescate del pasado y una borrachera mediática que promete lo que nunca cumple. El pasado 28 de enero, tras el hallazgo de la Tumba 10 de Huitzo —el “hallazgo de la década” según el eco oficial—, la secretaria de Cultura y el director del INAH volvieron a la narrativa del asombro. Pero en la Villa de Zaachila, a sólo 15 kilómetros de esos reflectores, las preguntas son otras y duelen más: ¿Por qué el último señorío zapoteca se desmorona en el silencio de las bodegas municipales?¿Por qué comunidades con una riqueza arqueológica comprobada, como Zaachila, siguen sin un proyecto permanente para investigar, preservar y difundir su patrimonio?
Zaachila no necesita que la tierra se abra para demostrar quién es. Su suelo ha entregado tesoros por décadas, pero entre proyectos que nacen muertos y caprichos políticos, su herencia hoy no descansa en vitrinas; se amontona en envoltorios de papel estraza humedecido.
I. EL ESPEJISMO DEL “HALLAZGO”
En la conferencia de prensa en el palacio de gobierno oaxaqueño, el titular del INAH fue enfático: “Este sepulcro es un archivo vivo… nos da mayor información de la complejidad de esta cultura”. Hablaron de rituales, de ancestros y de esa fuerza histórica que da la escritura. El hallazgo de Huitzo se suma así a la lista de oro: Monte Albán (1932), las tumbas 1 y 2 de Zaachila (1962), y la Tumba 5 de Huijazoo (1985).
Pero tras la foto oficial, el espíritu de interés se apaga. Vuelve la desconexión. Mientras el estado celebra una “nueva era” para el turismo, en Zaachila la realidad es cruda: la gloria de los señores “Cocijo” está guardada bajo condiciones que insultan su historia.
II. UNA HERIDA QUE NO CIERRA
Rodrigo Cruz Iriarte, cronista y narrador que parece llevar la memoria del pueblo en la piel, lo dice claro sentado en una banca del parque: “La zona arqueológica representa el asentamiento del último señorío zapoteca… Cuando Monte Albán declinó, Zaachila tomó ese lugar”. Para él, y para el arqueólogo Ismael Vicente Cruz, el sitio es la médula del Zaachila actual.
Tras el hallazgo de las tumbas 1 y 2 (1962) y luego las 3 y 4 en el barrio de San Sebastián, se generaron conflictos entre el INAH y parte de la ciudadanía, que se sentía saqueada de su patrimonio. La periodista Mónica Mateos-Vega (2005) documenta:
“Desde los años 40 Zaachila es considerada por el INAH una ‘comunidad conflictiva’, debido a que apedrearon a Alfonso Caso cuando realizó excavaciones en 1947. En 1953, el arqueólogo Ignacio Bernal corrió la misma suerte”.
La relación con las instituciones ha sido una guerra de décadas. Como vemos, desde los años 40, el INAH catalogó a Zaachila como una “comunidad conflictiva”. ¿La razón? El pueblo se defendía. Piedras contra Alfonso Caso en el 47 y contra Ignacio Bernal en el 53. No era violencia gratuita; era el miedo al saqueo. Los tesoros terminaron en la Ciudad de México y, como dice el arquitecto Abimael Martínez, la espinita sigue ahí: “Zaachila siempre ha estado abierta, abrió sus entrañas, pero la herida sigue vigente”.

Derecha: Uno de los “Cocijos” encontrados en 2013.
III. EL “SAQUEO” DESDE LA OFICINA
A finales de los 90 y principios de los 2000, los mismos pobladores retomaron la iniciativa: se organizaron en el Proyecto Cultural Independiente y el Comité Pro Defensa de la Cultura y Recursos Naturales, realizando exposiciones anuales en el curato de la Iglesia principal, junto a la zona arqueológica.
“Ahí fue un movimiento desde el 2000 aproximadamente, se gestionó en el curato… y se hacían exposiciones de manera anual en julio”, detalla Abimael Martínez.
El proyecto era comunitario, basado en la confianza, la donación voluntaria de piezas y la participación colectiva. Esto permitió que el patrimonio se viviera como orgullo identitario y no como botín político.
Con la esperanza de consolidar un espacio permanente, la administración del perredista Adán López Santiago (2011–2013) impulsó el Centro de Investigaciones Culturales y Expresiones Artísticas de Zaachila (CICEAZ). La idea era ambiciosa: un espacio técnico para la investigación y exhibición de las piezas arqueológicas. Incluso, el arqueólogo Roberto Gallegos prometió devolver piezas si se formaba un patronato.
Sin embargo, Abimael Martínez señala un factor crítico en su fracaso:
“El CICEAZ pudo no haberse consolidado porque fue pensado desde arriba, desde el poder, no desde la comunidad. Falta que la gente lo hiciera suyo, como en su momento fue el museo improvisado en el curato”.
Ya que, “mientras no nazca de la gente, cualquier espacio puede desaparecer con una firma”, resume Abimael Martínez.
Pero el proyecto se pudrió desde adentro. Los gobiernos que siguieron, por ignorancia o apatía, “mutilaron” el espacio cultural. “Mientras no nazca de la gente, cualquier espacio puede desaparecer con una firma”, resume Abimael Martínez.
Administraciones posteriores desmantelaron el CICEAZ: con la administración de Cástulo Bretón Mendoza, del Partido Unidad Popular, oficinas del DIF, UBR y otros usos desplazaron las piezas, muchas terminando en cajas de huevo y papel estraza humedecido.
Lo que nació para investigar el pasado terminó convertido en oficinas del DIF o unidades de rehabilitación física. El caso se agudizó en la administración del morenista Rigoberto Chacón y las piezas siguieron relegadas y restando.
“Es un tesoro no valorado”, lamenta Vicente Cruz. “Es un control irresponsable. No hubo un catálogo, solo nos dijeron: ‘aquí hay piezas, guárdenlas’”, sentenció el arqueólogo.
El dato es inquietante: de las 120 piezas originales que la comunidad logró reunir, hoy solo aparecen 40. ¿Dónde quedó el resto? Se “diluyó” en los cambios de poder. Erwin Vale López, actual encargado de cultura en Zaachila, en la administración del actual edil Ernesto Vargas López, emanado de Movimiento Ciudadano, se topó con el desastre al recibir el cargo: “Encontramos las piezas en cajas de huevo… el papel estraza se pegó a la cerámica porque se mojaron. Estuvieron abandonadas años”. Sin catálogo oficial, sin folios, solo cajas en el suelo de una biblioteca.
IV. REFLEXIÓN CRÍTICA: FOLCLOR VS. HISTORIA
Aquí es donde el discurso oficial se rompe. Se invierten millones en la “fantochería” del folclor para el turista, en pavimentar “kilometritos” de calles para la foto, pero no hay presupuesto para evitar que la herencia zapoteca se deshaga por la humedad. Se privilegia la danza y la Guelaguetza, pero se ignora el estudio de los “Cocijos” encontrados en 2013, que son la verdadera esencia de nuestro pensamiento.
“Todo se está volviendo al jugueteo folclórico”, advierten especialistas.
El reto y culpa no es solo del gobierno. El egoísmo de algunos sectores locales, que guardan fotos y datos como botín personal, también frena el avance. La fragmentación en grupos de danza y la lucha por quién es “más zaachileño” solo le pavimenta el camino al olvido e impide consolidar una propuesta cultural sólida y unificada.
Zaachila sigue viva bajo la tierra. Los hallazgos por parte de pobladores continúan en un silencio íntimo. La pregunta no es qué más vamos a encontrar, sino qué vamos a hacer con lo que ya tenemos. El blindaje legal y la catalogación ante el INAH son urgentes para que la próxima administración no vuelva a meter nuestra historia en cajas de huevo.
Como dice Cruz Iriarte: “La ausencia de ese museo sigue siendo una deuda histórica”. Y las deudas, en cultura, se pagan con identidad o se olvidan con el folclor.











































