
Este mes de las ánimas arrancó espectacularmente, ya que tres días antes —el 28, 29 y 30 de octubre— la ciudad ya lucía adornada con flores de cempohualxóchitl, nombre correcto en náhuatl que significa “Veinte Flores”.
Nos preguntamos entonces: ¿cómo era el auténtico Día de Muertos?
En Mesoamérica, y particularmente en Oaxaca —o mejor dicho, durante el Hueymiccaihuitl— se celebraba la fecha dedicada a los difuntos mucho antes de la llegada de los españoles, quienes transformaron esta sagrada conmemoración que los pueblos originarios, como los zapotecos, purépechas, mixtecos, totonacos, mayas y otros, realizaban con gran devoción.
Sin embargo, fueron los mexicas quienes registraron con más detalle esa celebración dentro de su cuenta de los días llamada Xiuhpohualli, compuesta por 18 veintenas. Cada una tenía su propio nombre, festividades, deidades, ofrendas y rituales específicos. De esas 18 veintenas, dos estaban dedicadas a los muertos y se ubicaban entre la novena y la décima, antes del final de las cosechas.
De acuerdo con los estudios del Códice Borbónico y el Códice Florentino, dichas fechas caían aproximadamente entre finales de julio y mediados de agosto. En ese tiempo se honraba a los muertos infantiles y a los adultos por separado.
El Miccailhuitontli, la “pequeña fiesta de los muertos”, se dedicaba a los niños y duraba 20 días completos. Era un tiempo de ofrendas sencillas: flores, copal, figuras pequeñas de amaranto; también se realizaban danzas y cánticos para acompañar a las almas infantiles en su camino.
Después venía el Hueymiccaihuitl, la “gran fiesta de los muertos”, también de 20 días completos, dedicada a los adultos difuntos. Las ofrendas eran más elaboradas: tamales, bebidas como el pulque, máscaras de papel amate pintadas y ceremonias en los templos dedicados a Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl, las deidades del Mictlán.
En total, eran 40 días continuos de festividades. Para los mexicas, nada realmente moría: todo lo que se marchaba del plano físico regresaba transformado. El maíz muere para dar nueva vida; el sol muere cada noche para renacer al amanecer; el cuerpo muere, pero su energía, su tonal y su fuerza vital siguen su camino por los distintos niveles del Mictlán. Este viaje sagrado del alma era un proceso de liberación.
Es importante aclarar que los nueve niveles del Mictlán eran recorridos por las almas que morían de manera natural, ya que no todos los difuntos iban al mismo lugar. Esta es una profunda diferencia entre la cosmovisión mexica y la idea cristiana del más allá: para los antiguos nahuas, el destino del alma dependía no de cómo viviste, sino de cómo moriste.
Según el Libro III del Códice Florentino, las almas que morían de forma natural —sin sacrificio, guerra, parto o agua— debían emprender un largo camino de cuatro años por el Mictlán, atravesando nueve niveles o pruebas. No era un castigo, sino un proceso de purificación.
Itzcuintlán, el lugar del perro. El alma debía cruzar un gran río llamado Apanohuacalhuía, con la ayuda del xoloitzcuintle, su guía espiritual. Por eso se enterraban perros junto a los difuntos: simbolizaban la primera ayuda espiritual y el inicio del viaje.
Tepet Monamictlán, lugar donde las montañas se juntan. Dos montañas chocan entre sí, aplastando todo lo que intenta pasar. El alma debía esperar el momento exacto para cruzar, lo que representaba la paciencia y el dominio del miedo.
Iztepetl, el cerro de obsidiana. El alma subía una montaña cubierta de cuchillos que cortaban y desgarraban, simbolizando el desprendimiento del cuerpo físico y del dolor.
Itzehecayan, lugar donde sopla el viento de obsidiana. Un viento helado y filoso despojaba al alma de toda materia, representando la liberación de lo terrenal.
Paniecatacoyan, lugar donde la gente vuela o flota. El alma era lanzada por vientos poderosos que la hacían flotar, símbolo de entrega al flujo del cosmos.
Temiminaloyan, lugar donde la gente es flechada. Las almas atravesaban una zona de flechas invisibles que las herían constantemente.
Teyollocualoyn, lugar donde el jaguar devora el corazón. Aquí, el alma ofrecía su corazón al jaguar —símbolo solar y guerrero— en el sacrificio final del ego.
Itzmictlan Apochcalolca, lugar de las aguas negras. El alma cruzaba aguas oscuras y densas, símbolo del olvido y del renacimiento espiritual.
Chicunamictlán, el noveno Mictlán o lugar del reposo eterno. Finalmente, el alma llegaba ante Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl, quienes la liberaban de toda carga para disolverse con la tierra, la oscuridad y el silencio, volviendo al origen.
Durante esos cuatro años, los vivos acompañaban al difunto. El vínculo no se rompía: las familias ayudaban al alma en cada etapa del viaje.
El primer año era el más importante. Se realizaban nueve días consecutivos de ofrendas —el Tlaxochimaco— simbolizando los nueve niveles del Mictlán. Se ofrecían copal, tamales, flores, figuras de papel, ropa y herramientas personales, pues se creía que el alma aún reconocía sus objetos. También se sacrificaba un xoloitzcuintle para guiar al difunto.
En el segundo y tercer año, las ofrendas continuaban con menor intensidad, como recordatorios para fortalecer el alma en las siguientes pruebas del inframundo. Se encendía fuego y se quemaba copal al amanecer, símbolo del renacimiento solar. Algunos pueblos ofrecían agua o maíz para saciar el hambre o la sed del alma en su trayecto.
El cuarto año marcaba el fin del camino —el Nemiliztli Tlamictli— con una gran ofrenda en la que la familia despedía definitivamente al difunto, quien al completar los nueve niveles se disolvía en la tierra y alcanzaba el descanso eterno. A partir de entonces, ya no se le ofrecían alimentos, pues pasaba a formar parte de los ancestros, convertido en espíritu protector.
Aunque las ofrendas intensas duraban cuatro años, el recuerdo nunca se rompía. En cada ciclo agrícola y durante las veintenas dedicadas a los muertos se colocaban flores, copal y comida para honrar a quienes habían cruzado al otro plano.
Con el tiempo, estas ceremonias íntimas se transformaron en celebraciones colectivas para todos los ancestros: así nació el concepto del Día de Muertos que hoy conocemos. El Hueymiccaihuitl se convirtió en la gran fiesta de las flores de cempohualxóchitl, símbolo del sol y del renacimiento, para guiar a las almas que regresan a visitar a los vivos.
La evangelización trajo después el sincretismo religioso con el Día de Todos los Santos y el de los Fieles Difuntos, fusionando las antiguas creencias del Anáhuac con las tradiciones cristianas.
Oaxaca de Juárez, Oax., a 10 de noviembre de 2025
JORGE BUENO
Cronista de Oaxaca
Presidente de la A.E.C.O.
Secretario General de la Federación Nacional de Asociaciones de Cronistas Mexicanos A.C.



































