Los feminicidios representan una de las formas más extremas de violencia de género y reflejan profundas desigualdades estructurales en la sociedad. A diario, miles de mujeres y niñas son víctimas de violencia por razones de género, siendo asesinadas solo por el hecho de ser mujeres. Frenar esta crisis requiere un compromiso firme de gobiernos, instituciones y la sociedad en su conjunto.
El feminicidio no ocurre de manera aislada, sino que es el resultado de una cultura de violencia y discriminación contra las mujeres. Entre sus principales causas se encuentran el machismo y patriarcado: La creencia en la superioridad del hombre sobre la mujer perpetúa relaciones de poder desiguales, donde la violencia es utilizada como mecanismo de control.
También la impunidad y falta de acceso a la justicia, ya que los agresores no enfrentan consecuencias reales, lo que genera un clima de permisividad. Además, la sociedad muchas veces minimiza o justifica la violencia de género, dificultando su erradicación, como también la ausencia de programas de educación en igualdad de género refuerza estereotipos nocivos desde la infancia, así como la pobreza, pues la falta de oportunidades y la dependencia económica pueden aumentar la vulnerabilidad de las mujeres ante situaciones de violencia.
Para erradicar los feminicidios, es fundamental implementar medidas concretas en diferentes niveles. Frenar los feminicidios es una tarea urgente y colectiva. No basta con endurecer penas o crear leyes; es necesario transformar las estructuras que permiten la violencia de género. Se requiere una sociedad que valore la vida de las mujeres y garantice su seguridad.
La erradicación del feminicidio no es solo una cuestión de justicia, sino un requisito fundamental para una sociedad verdaderamente equitativa y libre de violencia. Por ello, urge la creación y aplicación de leyes más estrictas que castiguen el feminicidio y la violencia de género.
Siguen agresiones
Erradicar la violencia entre las mujeres no debe recaer sólo en las autoridades, se requiere también de una mayor participación de la sociedad civil. Los datos que dan cuenta de la violencia ejercida por el actual o último esposo o pareja, indican que las agresiones más ampliamente experimentadas por las mujeres son las de carácter emocional, ya que el 40.8 por ciento ha sido sometida -al menos una vez a lo largo de su relación- a insultos, amenazas, humillaciones, intimidación y otras ofensas de tipo psicológico o emocional.
A éstas les siguen las de tipo económico, tales como el control o el chantaje, mientras que las agresiones corporales y sexuales se ubican muy por debajo de aquellas. En Oaxaca tan sólo en el 20.5 por ciento de las mujeres que reportaron violencia física, se trató de agresiones moderadas; en el 79.5 por ciento, se trató de violencia física grave y muy grave, que asciende a más de 147 mil mujeres.
El conjunto de mujeres que enfrentaron violencia muy grave o extrema (21.2%) y cuya vida estuvo en riesgo, se estima que ascienden a poco más de 39 mil mujeres de la entidad. Es indudable que la violencia contra las mujeres no es un problema de índole personal o privado, sino social y que constituye una manifestación de relaciones de poder históricamente desiguales entre el hombre y la mujer, que han conducido a la dominación de la mujer y a la discriminación en su contra por parte del hombre e impedir el adelanto pleno de la mujer.
La violencia contra las mujeres más extendida es aquella que ocurre en el ámbito de las relaciones más cercanas, como la de pareja, por ende, el principal agresor es o ha sido el esposo, la pareja o el novio. Por ello la violencia de la pareja ocurre con mayor frecuencia entre las mujeres que están o han estado casadas o unidas y se estima que por cada 100 mujeres casadas, unidas, separadas, divorciadas o viudas, 47 ha vivido situaciones de violencia emocional, económica, física o sexual durante su actual o última relación marital o de cohabitación.

































