La agricultura en México es una industria de gran importancia que no solo alimenta al país, sino que también contribuye significativamente a la economía y la sociedad. Sin embargo, los cultivos mexicanos enfrentan una serie de desafíos que afectan su producción, calidad y competitividad en los mercados nacionales e internacionales.
Uno de los desafíos más críticos que enfrenta la agricultura en México es la disponibilidad de agua agrícola, pues a pesar de ser un país con una gran diversidad de recursos hídricos, la distribución desigual y la sobreexplotación de los acuíferos han generado escasez en muchas regiones.
Tal situación se agrava aún más debido al cambio climático, que ha provocado sequías más frecuentes y prolongadas. La escasez de agua representa una amenaza directa para la producción de cultivos, ya que el riego es esencial para mantener su crecimiento y calidad.
Más del 80% del agua en nuestro país se destina al uso agrícola e industrial y, por ende, la poca facilidad de acceso a este recurso puede provocar grandes pérdidas. De hecho, al ser el sector agrícola uno de los mayores consumidores de agua en México, éste se hace especialmente vulnerable. El consumo de agua en la agricultura depende en gran medida del clima, la precipitación y el relieve del territorio.
Otro desafío importante para los agricultores mexicanos es el acceso limitado a financiamiento. Muchos productores enfrentan dificultades para obtener créditos y préstamos que les permitan invertir en tecnología, maquinaria, nutrición agrícola y capacitación necesarias para mejorar su productividad y competitividad. Esta falta de financiamiento también obstaculiza la adopción de prácticas agrícolas más sostenibles y resistentes al cambio climático.
El papel del gobierno en el apoyo a la agricultura mexicana es fundamental para enfrentar los desafíos mencionados anteriormente y promover un desarrollo agrícola sostenible e inclusivo.
Cultura de prevención
La frecuencia de los sismos en México exige que tomemos las medidas preventivas que puedan mitigar o reducir los efectos de éste. Dentro de estas medidas se encuentran los simulacros y el fortalecimiento de las acciones en materia de protección civil para conocer qué se hace antes, durante y después en la simulación de escenarios reales.
Hasta antes del sismo del 19 de septiembre de 1985, en México no existía la cultura de la prevención, lo cual quedó demostrado con los edificios que se desplomaron como consecuencia de este evento natural, producto también de la carencia que se tenía de una ley de construcción adecuada; a partir de esa experiencia comenzó a cobrar vida esta cultura que, de manera paulatina, pero constante, se va fortaleciendo en nuestro país.
A pesar ese ello es indudable que la mayoría de la gente desconoce la existencia de un Atlas Nacional de Riesgos, en donde se describen los riesgos hidrometeorológicos, geológicos, socio-organizativos y químicos, así como las zonas con mayor probabilidad de acontecimientos de desastres en esas cuatro categorías.
Cuando un individuo va a comprar un predio o una casa no toma la precaución de conocer si está asentada en un lugar categorizado como de alto riesgo, lo que debería ser un primer paso para la precisión de riesgo; lo mismo sucede con poblaciones vulnerables asentadas en lugares de alto riesgo como son laderas o cuencas de ríos. Como no hay una adecuada previsión de riesgo, no conciben que algo puede pasar hasta que sucede y por eso hay poblaciones que padecen inundaciones.
Existen dos tipos de eventos: los previsibles como los hidrometeorológicos, de los que se pueden hacer escenarios de riesgo, probabilidad y punto de impacto, hasta cuántos puede haber; y los no previsibles como los sismos, aunque su probabilidad de ocurrencia es muy alta, pero no se puede saber exactamente cuándo va a suceder, de ahí la trascendencia de fortalecer la cultura de la prevención; hay más gente interesada en la gestión del riesgo, para preguntar qué se debe hacer ante determinadas emergencias.




































