Los esfuerzos constantes y permanentes para impulsar en el país la cultura de la transparencia, del derecho a saber, del acceso a la información y terminar con la opacidad y la negativa a rendir cuentas, están a punto de frustrarse ante la decisión de los legisladores federales de avalar la desaparición de los órganos autónomos, entre ellos, el Instituto Nacional de Acceso a la Información (INAI).
La ley de transparencia vigente, la creación del INAI y los órganos garantes en todo el país, no fue una gratuita concesión del presidente de la República, los gobernadores, los legisladores o los partidos políticos. Fue una conquista de la sociedad civil, sin tintes partidistas ni filias políticas. Los excesos y atropellos del poder público pusieron a la sociedad en la disyuntiva de reforzar los mecanismos de transparencia y rendición de cuentas o de impulsar una nueva legislación que permita castigar la corrupción y el desvío de recursos.
Justo cuando se admite que hace falta mucho por hacer pues existen aún residuos de opacidad y de negativa tácita a rendir cuentas en algunos segmentos del quehacer público, y sean las legislaturas las que aprueban la integración de los institutos de acceso a la información y sean ínsulas de discrecionalidad, se ha decidido desaparecer al INAI. Cuando lo que se esperaba por parte de la sociedad era precisamente su consolidación y fortalecimiento para mejorar al marco legal, en coincidencia con la cruzada contra la corrupción que tanto se pregona.
Es indudable que la transparencia no debe ser parte del discurso político ni de la demagogia gubernamental, sino un componente de nuestra democracia participativa.
Por ello, a pesar de las actuales condiciones tenemos que hacer realidad las leyes de transparencia para abatir desde nuestras respectivas trincheras, esas formas burdas del autoritarismo caciquil que sigue permeando en nuestra aún endeble democracia, copia fiel de los viejos cartabones de gobiernos hegemónicos que se creían extintos desde hace mucho.
Agroquímicos
En las parcelas mexicanas un grave problema es que los trabajadores agrícolas, principalmente jornaleros, no usan el equipo requerido para aplicar los químicos, pero en todo caso, éste resulta inadecuado para zonas con altas temperaturas donde portar un traje de “astronauta” es impensable. Los químicos que se venden en el mercado mexicano se han dejado de emplear en la Unión Europea y otras naciones, debido a que también pueden ser tóxicos persistentes bioacumulables, causar intoxicación, afectar organismos acuáticos, insectos benéficos, como las abejas, e incluso contribuyen a la destrucción de la capa de ozono.
En un estudio de la Secretaría de Salud se señala que de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, en los países en desarrollo, incluido nuestro país, los plaguicidas causan un millón de casos de intoxicación y en México, donde gran parte de la población está involucrada con el sector agrícola, no se cuenta con un programa de vigilancia epidemiológica de intoxicación aguda por agroquímicos. Adicionalmente, los proveedores de la salud, generalmente, desconocen aspectos relativos a las intoxicaciones por agroquímicos.
Hay varias razones para este retraso en el conocimiento de los efectos adversos que los plaguicidas pueden ocasionar en el largo plazo. La primera es que la gran mayoría de estos productos entraron al mercado hace más de treinta años y, por lo tanto, no se les hicieron las pruebas de toxicidad a largo plazo que ahora son de rigor.
Otra razón es que en este tiempo la falta de toxicidad aguda generalmente se interpretaba como falta total de toxicidad. Por último, estos efectos a menudo tienen un tiempo de latencia prolongado y no ha sido fácil demostrarlos por medio de estudios epidemiológicos, aunque los resultados de las pruebas en animales de experimentación indican claramente el potencial de daño a largo plazo de muchos de estos productos.
Los principales efectos a largo plazo de los plaguicidas se pueden agrupar en: los que afectan directamente al individuo expuesto como esterilidad, anemia aplástica, cáncer y trastornos diversos; y los que se observan en su descendencia (teratogénesis, mutagénesis, alteraciones del sistema inmunológico o del sistema nervioso central).


































