Un reciente estudio, publicado en la revista especializada Obesity el pasado 17 de octubre, propone una nueva hipótesis: la fructosa sería una de las principales responsables de conducir a las personas hacia la obesidad.
Contrario a la percepción común de que la fructosa solo está presente en las frutas, este tipo de azúcar también se halla en otros alimentos, incluidos los ultraprocesados y en la miel. Además, el cuerpo puede producir fructosa a partir de otros carbohidratos e incluso de alimentos salados.
La hipótesis presentada señala que el consumo de fructosa incita al cuerpo a buscar alimentos ricos en grasas, conduciendo a la sobrealimentación. Al descomponer la fructosa, se observa un descenso significativo en los niveles de adenosín trifosfato (ATP), un compuesto que suministra energía para procesos metabólicos. Esta disminución genera una señal de que el cuerpo está en déficit energético, provocando un aumento del apetito.
“La fructosa desencadena que nuestro metabolismo entre en modo de baja energía, impulsando la pérdida de control del apetito, y los alimentos grasos se convierten en la principal fuente calórica que impulsa el aumento de peso”, expresó Richard Johnson, investigador de la Universidad de Colorado.
Los investigadores recalcan que, aunque hay evidencia de que la fructosa impide que el cuerpo utilice la grasa almacenada como fuente de energía, la mayoría de los estudios sobre los efectos de la fructosa se han realizado en animales. Por tanto, se requieren investigaciones adicionales para comprender completamente el impacto de la fructosa en la obesidad humana.









































