Don Manuel lleva consigo un juego de llaves que hace sonar con sus dedos mientras pasa a un costado del Mercado de la Merced, para tomar asiento en una banca verde, bajo la sombra de un árbol.
Se acomoda el cubreboca de tela café de tirantes blancos con la imagen que distingue a la asociación donde es activista en sus ratos libres, al mismo tiempo que un tripié de celular se coloca justo delante de él para empezar a grabar.
De 53 años de edad, Manuel Chávez Núñez narra el miedo que sintió con el inicio a la pandemia no solo al escuchar que la gente empezaba a morir, sino también por el cierre de negocios que llegó a su sastrería.
“Hay un temor en nosotros por no saber qué está pasando y si seguirá. Estamos viviendo con ese miedo a la pandemia acompañado con la incertidumbre de nuestra economía”, expresa el originario de Oaxaca de Juárez, al recordar que al paso de los meses, la cartera de clientes que tenía quedó inactiva.
“Empezaron a cerrar los negocios y yo permanecía en el mío, porque si no trabajábamos no comíamos al otro día. Las autoridades a través de las noticias nos decían que teníamos que permanecer resguardados y que los negocios debían estar cerrados. El mío estaba entreabierto, pero no llegaba nadie”.
Después de los primeros tres meses de la pandemia, que dejó a don Manuel sin un solo cliente, los ahorros que tenía se agotaron porque no había trabajo. “Y si no hay trabajo, ¿de dónde sacamos?”, expresa.
El microempresario oaxaqueño, uno de los más de 300 mil que hay en la entidad y que dan empleo al 72.8% del personal ocupado en la entidad, empezó a vender algunas de sus herramientas de trabajo y otros artefactos que tenía en su casa.
“Llegó un momento en que pasaba por calles que ya lucían desérticas, como aquellas donde estaba mi negocio, donde no se veía gente”, señala el hombre dedicado a la sastrería desde hace 30 años.
A los cuatro meses de emergencia sanitaria, don Manuel decidió cerrar la sastrería que representaba el único sustento de su familia, compuesta en el hogar por su esposa, hija y nieto. Los cuatro meses que debía de renta lo obligaron a retirarse, ante el dueño del local que no mostró empatía.
“El dueño de la casa estaba sobre nosotros. Tuvimos que decirle que no teníamos cómo pagarle y me dijeron, o te vas o a ver cómo le haces”, relata el hombre que tapa alcantarillas y baches en calles de la ciudad de manera altruista.
Don Manuel también ha sido testigo del cierre de negocios grandes y pequeños por falta de ventas y atraso en las rentas, pese a los préstamos que solo a estos sectores ofreció el Gobierno.
De manera independiente, el hombre que suele viajar en bicicleta por las diferentes vialidades de la ciudad, decidió adquirir un préstamo que requirió intereses, ante la crisis económica que resintió en los primeros meses de la pandemia.
“Hasta ahorita ese préstamo sigue vigente porque esto ha sido fatal para nosotros; la pandemia ha afectado a la mayoría de los microempresarios, quienes no hemos tenido ningún apoyo”, destaca el padre de familia que tuvo que pedir otro préstamo a los cinco meses, para buscar otro local y volver a iniciar.
“Pero no despegamos, estamos estáticos. Es una pérdida de tiempo que esté uno en el trabajo y no caiga nada, porque nada más estás sentado esperando a los clientes, mandándoles mensajes. Ellos no van a las oficinas y no nos dan trabajo”.
Para el microempresario, el difícil panorama que lo mantiene en constante estrés e incertidumbre, podría complicarse aún más en los próximos meses, sobre todo para quienes como él, pidieron préstamos y se endeudaron.
“Ya llegaron las vacunas y muchos se han vacunado, pero quién va a inyectar a los microempresarios, quién va a inyectar dinero para que podamos avanzar y pagar lo que tenemos rezagado”.
Don Manuel reconoció que la difícil situación de miles de oaxaqueños ha obligado a muchos a optar por el empleo informal, del cual reconoció que si éste no se moviera, la economía del estado estaría peor.
“Muchos han entrado en la informalidad para no pagar renta ni impuestos; muchos lo han hecho porque no tienen dinero, entran en crisis nerviosa, no pueden dormir y están pensando en lo que tenemos que pagar, en llevar el pan de cada día”, añade el hombre que enfrentó hace unos meses el pago de medicamentos y consultas al enfermarse su esposa, hija y nieto, casi al mismo tiempo.
“Te ves en una situación en la que te preguntas cómo le haces, a dónde los llevo, cuánto costarán los medicamentos que subieron de precio. A veces no se tiene dinero ni para comprar desinfectante; no solo yo, hay una crisis económica, sin que nadie lo sepa. La economía para nosotros no ha mejorado”.









































