Los sindicatos que controlan el transporte en Oaxaca deben ser pasados por el rasero de la ley y también por la investigación de las autoridades federales y hacendarias. Son verdaderos nidos de delincuentes, vicios y corrupción. Incluso, de operaciones como lavado de dinero y otros. Sin embargo, hay algunos, como la Sección Oaxaca de la Confederación Autónoma de Trabajadores y Empleados de México (CATEM), que dirige a nivel nacional el senador suplente del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), Pedro Haces Barba y en Oaxaca su testaferro, Jaime Paz, que gozan de una impunidad impresionante. Es decir, crímenes cometidos por sus miembros, acciones fuera de la ley, como hace unos días cuando sujetos cobardes pertenecientes a dicho gremio, destrozaron una camioneta de una persona de la tercera edad, entre otros, enfrentan la sordera o el estrabismo de la Fiscalía General del Estado. Esto es, se les permiten a dirigentes y miembros, cualquier acción que, en cualquier parte del país, constituye un agravio al espíritu de la ley. ¿Por qué de esta complicidad?
El sábado 11 de julio se dio un incidente luego de que una unidad foránea chocara con un particular. Se trató, en principio, de un vehículo con calcomanía oficial pero pirata. Dado que hubo pasajeros heridos, la Policía Municipal de la capital oaxaqueña intervino, siendo sus elementos agredidos por el operador y otros miembros de CATEM. Hubo balazos de los policías, aunque –trascendió- también de los transportistas. Con aquella consigna de que son intocables, de inmediato convocaron a realizar bloqueos en las calles del Centro Histórico, resultando un agravio ciudadano por los momentos tan delicados como es la contingencia por la pandemia de Covid-19 que, como todos sabemos, está dejando en Oaxaca una estela de dolor y muerte.
No conformes con esto, desde las 6 de la mañana del pasado lunes 13, las huestes de dicho sindicato, encabezadas por Jaime Paz, cerraron accesos carreteros y montaron decenas de bloqueos. La pregunta que muchos nos hacemos es: en tiempos tan complicados como los que vivimos, con una economía devastada, con más de 7 mil 500 personas contagiadas de coronavirus y más de 700 muertos, ¿por qué el gobierno de Alejandro Murat permite estos excesos, para golpear más a una sociedad ya de por sí agraviada? ¿Por qué no aplicar la ley, si para cobrar afrentas a una autoridad municipal se pone al pueblo contra la pared?
Tradición y devoción
La historia de Oaxaca, que ha sido descrita paso a paso por estudiosos en diferentes épocas hasta los tiempos modernos, cuenta con un capítulo especial respecto a los festejos de corte religioso. Dicho rubro ha estado presente en los análisis, monografías y folletos, incluso de aquellos que sólo han tomado en cuenta la parte anecdótica, sin que ello represente un estudio historiográfico serio y documentado. En dichos estudios no se omite el profundo fervor religioso de los oaxaqueños, particularmente de los citadinos. Por ejemplo, hoy se celebra la fiesta del “Carmen Alto”, en donde se venera a la Virgen del Monte Carmelo. Dicha celebración es algo típico y tradicional para “los nitos”, es decir, para aquellos que nacieron en algunos de los barrios del casco antiguo de la capital.
Ferias, romería, pirotecnia, venta de antojitos y, por supuesto, calendas, misas y rosarios. Suponemos que de llevarse a cabo será con la mayor discreción para evitar aglomeraciones y multitudes. Los tiempos de pandemia nos han limitado también para el desfogue de fe y esperanza que representan para los católicos, venerar a sus imágenes religiosas. En el caso de la iglesia del Carmen Alto, como en San Agustín, La Soledad, La Defensa o nuestra Señora de los Ángeles, que se celebra el 2 de agosto en la Iglesia de los Siete Príncipes, la celebración conlleva la instalación de ferias y chachacuales, que representan el modus vivendi de centenas de familias. Ante la suspensión de algunas de las mismas, la necesidad de generar medios de supervivencia ha llevado a dichas personas a solicitar la moneda en las calles y cruceros, emulando a la mendicidad.
El mes de julio en Oaxaca, el de mayor afluencia turística en la capital, ha sido la bocanada de aire fresco para los prestadores de servicios: artesanos, transportistas, restauranteros, hoteleros, agencias de viajes, vendedores de toda clase de mercancías, en zonas arqueológicas o sitios de monumentos. Sin embargo, no se puede explicar sin la celebración religiosa como la que mencionamos al principio. Todo ello ha hecho de nuestra ciudad un sitio singular que, además de su belleza tiene un amplio abanico de opciones para quienes nos visitan del país o el extranjero. La forma en la que se venera a las imágenes religiosas es, asimismo, un aspecto llamativo que sorprende a propios y extraños, particularmente las calendas y los convites, con sus gigantes y danzas.


































