Décadas ha tomado para que las mujeres pudiéramos ver reconocidos plenamente nuestros derechos políticos y en el caso de México, fue hasta 2019 cuando se logró reconocer en nuestra Constitución Federal el principio de paridad para todos los cargos de toma de decisiones en el ámbito público.
Y si nos vamos más atrás, podemos decir que tomó siglos para que las mujeres pudieran hablar en público con plena libertad sin ser silenciadas, u objeto de burlas y discriminación. En efecto, se han documentado episodios que refieren que desde la Antigüedad el sistema patriarcal que prevalecía, restringía hablar en público a las mujeres, salvo que se tratara de defenderse de alguna ofensa grave como una violación o alguna afectación a su dignidad y derechos.
La inglesa Mary Beard documenta el primer momento inmortalizado al comienzo de la Odisea de Homero, hace casi tres mil años, en el que el joven Telémaco, hijo de Ulises y Penélope, le dijo a su madre (quien en la sala del palacio había pedido frente a una multitud de asistentes que el cantor épico cantara algo emotivo): “Madre mía, vete adentro de la casa y ocúpate de tus labores propias, del telar y de la rueca… el relato estará al cuidado de los hombres, y sobre todo al mío. Mío es pues, el gobierno de la casa”.
Este relato es una de las primeras evidencias escritas de la cultura occidental, que muestra la forma en que las voces de las mujeres eran acalladas en la esfera pública. Una cultura que si bien a lo largo de los siglos ha ido transformándose gracias a la lucha de varias generaciones de las mujeres en el mundo, aún persiste esa cultura machista en nuestra sociedad, que se expresa en las distintas formas de violencia que padecemos las mujeres, y en la discriminación estructural que prevalece en nuestras instituciones, políticas y normas.
Un ejemplo reciente que exhibe el trato machista y discriminatorio en la arena política, fue el que protagonizó el subsecretario de Salud López-Gatell, quien durante su comparecencia ante el Senado, fue duramente cuestionado por los y las legisladoras de oposición, sin embargo, cuando fue interpelado por la senadora Alejandra Reynoso, quien exigía que el servidor público aclarara el dudoso manejo de las cifras de contagios y muertes por COVID-19, entre otros cuestionamientos, el subsecretario dio cátedra no de salud pública, sino de la cultura machista que insoportablemente prevalece en el espacio público.
Su respuesta a la senadora fue justamente lo que se ha denominado “mansplaining” término inglés acuñado a partir de las palabras man (hombre) y explain (explicar) que hace referencia al hábito masculino de explicar las cosas a las mujeres utilizando un tono de suficiencia paternalista y condescendiente. En español se ha denominado como “macho explicación”.
Lejos de contestar la pregunta a lo que estaba obligado, usó su intervención para sugerir en un tono de superioridad moral e intelectual que la senadora desconocía del tema de salud por su perfil profesional y remató con una machoexplicación de fisiología humana que insinuaba que la senadora no ponía atención.
Lo dicho por López Gatell importa y mucho. Primero porque se trata de un servidor público de alto nivel rindiendo cuentas frente a integrantes de otro de los poderes de la Unión: el legislativo, y su comportamiento fue todo menos respetuoso y diligente.
Pero sobretodo, sus palabras importan, porque evidencian el derecho que algunos hombres aún creen tener para discriminar y denigrar a las mujeres en público sin mayores consecuencias (como en los viejos tiempos de la Antigüedad griega y romana). Pareciera que a los machos trasnochados sus atavismos les otorgaran licencia para apuntalar discursos o expresiones que restan fuerza, autoridad y dignidad a las ideas expresadas por las mujeres políticas.
Afortunadamente cada vez más este tipo de comportamientos son duramente criticados en la opinión pública. A López Gatell no le quedó de otra que ofrecer una disculpa.
Este episodio no es el primero ni ha sido el único, sino desafortunadamente es un lugar común en México y en muchos países del mundo. Basta ver los golpes que los políticos estadounidenses le han propinado a Hillary Clinton, Elizabeth Warren, y a muchas otras.
Las reformas que garantizan los derechos políticos de las mujeres y en particular que hacen obligatoria la paridad, sin duda representan la mejor arma que tenemos hombres y mujeres para acabar con la marginación de las mujeres de las decisiones públicas, y la violencia política de género. Por eso celebro que Oaxaca haya sido una de las diez entidades federativas que armonizó en tiempo sus leyes para dar cumplimiento a dichos derechos y principios. El siguiente paso, es lograr que se cumplan.

































