El amor incondicional a una madre, te lleva, en ocasiones, a cometer actos irreflexivos. Cheli lo sabe de sobra. Intentó ayudar a su mamá que perdía la vista. Ahora la ha dejado en el desamparo y a su suerte.
Aceptó trasladar unas maletas a la Ciudad de México a cambio de que la ayudaran con el costo de la operación de los ojos de su progenitora. Actualmente, espera a que termine la emergencia sanitaria del Covid-19, para que le puedan dictar sentencia por delitos contra la salud.
PERDIÓ LA LUZ
El padre de Cheli murió hace dos años. Diabetes. Su madre cumple 10 años que empezó con problemas de la vista.
Recuerda la fecha exacta. Un 2 de noviembre. Su mamá salió a la calle y al volver no veía. Le hicieron estudios y les informaron que se trataba del nervio óptico por la presión en el ojo.
“Le dije a los médicos que mi mamá no sufría de la presión. Nos explicaron que se trataba de la presión del ojo, no la arterial. Ahí empezó su calvario. Mi mamá me cuenta que lo que ve son sombras. Ya no distingue”, relata Cheli .
Los médicos le dieron una solución: operarla; sólo que esa intervención quirúrgica la realizarían en la Ciudad de México, en la Clínica de La Luz, y el costo sería de 30 mil pesos.
Les explicaron que se debían iniciar los trámites. Si la operaban lo más rápido posible, le quitarían las cataratas y con eso vería un poco.
DE LA ESPERANZA A LA DESOLACIÓN
Cheli trabajaba en una empresa de imprensión. Elabora mandiles. El dinero que gana no le alcanzaría para pagar la operación. Una conocida le preguntó qué le pasaba, ya que la veía preocupada.
En su desesperación le confió todo. Le dijo que no sabía qué hacer para conseguir dinero para su mamá. Si no lo reunía pronto, sería demasiado tarde para la operación.
Su conocida, quien trabaja en un bar de Miahuatlán, en el que se prostituía, le dijo que podría contactarla con una persona para ganar un dinero rápido.
La llevó con su contacto y el acuerdo fue viajar a la Ciudad de México, en la terminal le darían unos tickets de equipaje y al llegar ahí debía recogerlos.
Nunca alcanzó a llegar, ya que la detuvieron en el camino.
TRABAJO AL POR MAYOR
En la imprenta no le dieron la espalda. Le siguen mandando trabajo para que elabore los mandiles.
En la penitenciaría de Tanivet, lleva seis meses, desde que ingresó, que ayuda en la cocina.
“Trabajo cuatro días en la cocina, de 6 de la mañana a 6 de la tarde con la preparación de los alimentos. Acá hacemos todo tipo de comida, frijol, arroz, verdura, carne, todo es variado. Incluso a las que están enfermas se les hace dieta especial, como las que sufren diabetes”, indica.
Las visitas están restringidas desde que comenzó la emergencia sanitaria. Las reciben de lunes a domingo, a partir de las 9 de la mañana hasta las 13 horas. Sólo los familiares directos, como esposo, hijos, papá o mamá pueden salir a las 17 horas. Los amigos sólo pueden estar 20 minutos.
“Cuando eres de recién ingreso te tienen 15 días en observación. No te bajan ni a que te dé el sol. Sólo a tu derecho de hacer una llamada, después te vuelven a subir y pasada la fecha ya te incorporan con las demás”.
Los días que le toca descansar, Cheli los ocupa para ir al taller de costura. La ingeniera Miriam le dio permiso de trabajar.
“Saben que trabajaba en un taller en Miahuatlán y como le entiendo a las máquinas, también les doy mantenimiento. Con esa condición ingresé, ya que otras compañeras no querían, ya que las bolsas que elaboro las doy más baratas”.
INCERTIDUMBRE Y DESOLACIÓN
Cheli contó que ella no recibe visitas. Su mamá no podría por tratarse de una persona mayor.
“Cuando me detuvieron tuve mucho miedo. Tenía terror de que las personas que me entregaron los tickets quisieran vengarse, me cobraran lo que llevaban las maletas y se desquitaran con mi familia. Eso era lo que más me preocupada y no dejaba de pensar en eso”.
Sin embargo, desde su detención no supo más de esas personas. Ni la apoyaron ni le cobraron nada.
Cheli aprovecha la entrevista para mandar un mensaje, sobre todo a los jóvenes, que no se dejen tentar por dinero fácil. “No lo hagan, gracias a Dios estoy con vida. Cuando eres joven te quieres comer el mundo y ahora que uno está desde lado te das cuenda. Piensen las cosas, estudien para que se superen. Si te metes a la delincuencia en el mejor de los casos estarás preso, en otro, muerto”.
Aunque dice que en el penal está tranquila y la tratan bien las custodias, confiesa que está arrepentida.
Consternada, añade que, aun así, no se siente tan abandonada. “Estoy sola, en una prisión sin ver a nadie. Sin poder ver a mi mamá. Ni visitas recibo. Tengo que pedir el favor a las familias de mis compañeras para que me compren mi material”.
Aunque ahora, por la pandemia, no ha conseguido material. “Creí que no querían hacerme el favor y pensaba que era mala onda, porque cuando estuve afuera no fui mala gente, pero después me di cuenta que escaseó. Gracias a Dios tengo trabajo. Sigo con los mandiles para la imprenta para la que trabajaba”.
Insiste al decir que si le dieran la oportunidad de salir no volvería a cometer el mismo error.
RECONOCE SU ERROR
Confesó todo. Solicitó el juicio abreviado para que la sentenciaran de una vez.
Justo cuando se iba a efectuar la audiencia, inició la emergencia sanitaria. “Estoy en espera de ser sentenciada. Espero que vean mi buena conducta y no sean 10 años como dicen que era en el sistema anterior”.
La mujer, de 42 años, espera ser beneficiada por el apoyo que está brindando la Comisión de Derechos Humanos. “Cuando el abogado me visite me dirá la respuesta”.
Asegura que no miente al confesar por qué cometió esa falta. “Digo la verdad. Me gustaría que me apoyen con mi mamá y la vayan a ver, que verifiquen en qué condiciones vive”.
Ese día, en la terminal, le dieron mil pesos de anticipo y unos tickets de equipaje. Le indicaron que, al llegar a la Ciudad de México, con esos papeles podría recoger unas maletas.
Una vez ahí la contactarían y le entregarían el resto para completar los 30 mil pesos. “Ni siquiera llegué a ver las maletas”, dice triste nuestra entrevistada al recordar la escena.
Subió al autobús, al hacer la policía Nacional la revisión de rutina a la altura de la caseta de San pablo Huitzo y verificar de quién eran las maletas, ella entregó los tickets y admitió todo.






































