Con la partida de Oscar Chávez, México pierde no sólo a un excelente cantautor y compositor, pierde a uno de los principales luchadores por las causas sociales. Su voz fue durante mucho tiempo de las pocas que protestó y denunció las injusticias que generaban los modelos políticos y económicos. Oscar era una personalidad que siempre estuvo al lado de las causas populares. Era, -sin duda- el músico más comprometido con expresar los sentimientos más profundos de la gente. Deja un hueco en nuestros sentimientos y en la historia de generaciones.
La última vez que lo vi fue en la colonia Roma, una zona donde viven artistas, creadores, escritores, músicos, una clase media intelectual. Caminaba por la calle de Baja California con una bolsa con pan que compro en la casi centenaria panadería La Espiga. Iba comiendo una concha. Me pareció muy humana su actitud, sencilla, simple, insólita, en un hombre que estaba considerado patrimonio cultural viviente y quien había proveído de canciones a varias generaciones. Maestro -le dije- usted no puede hacer eso, usted pertenece al Olimpo y lo que está haciendo de comerse un pan en la calle lo hace cualquier mortal. Sonrió. Es fue hace como tres años. Entonces me enteré de que era mi vecino de colonia. Vivía, recorría y disfrutaba la vida, disfrutaba caminar por las calles. Oscar Chávez era un hombre que transitó en la línea histórica del tiempo de la nación mexicana y dejo una gran huella.
La primera vez que oí cantar. Fue hace como cincuenta años en el bar La edad de oro, donde nos reuníamos algunos soñadores de esa época para deleitarnos con su música, escuchar canciones revolucionarias, combativas, llenas de rebeldía y otras simple y llanamente románticas. La rúbrica de ese establecimiento decía “Ahora hay fiesta en La edad de oro, se ve llegar mucha gente, políticos periodistas y también gente decente”. La edad de oro era el fin de unos tragos que empezaban en el Bar del Hotel Intercontinental. Ahí llegué un sinfín de noches. En una ocasión asistió Gabriel García Márquez, en otra al compositor suramericano que había escrito la canción de “Macondo”. Oscar Chávez era la estrella de ese espectáculo que iluminaba las noches y medias madrugadas de esa entonces provinciana ciudad de México. El ambiente era plural, en realidad asistían periodistas, quedaba cerca Excélsior y El Universal, varios políticos que habían pasado la mañana en la Secretaria de Gobernación, en uno u otro lado del escritorio y diversos parroquianos que mataban las tardes en el café La Habana de Bucareli y Morelos. Oscar Chávez era la estrella. Tenía un aire de aventurero comprometido con las causas justas, romántico, bohemio y familiar a la vez. Era un hombre de izquierda, sus canciones y su música estaban al servicio de los desposeídos, de los sin nada, de los que no tenían voz para expresar sus desventuras y despojos.
Fue uno de los máximos exponentes de la canción de protesta y el canto nuevo en México, activista apoyó causas como el movimiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, fue del bando republicano de la Guerra Civil española, participo en el concierto de aniversario de la matanza de Tlatelolco. En 2019 fue reconocido como Patrimonio Cultural vivo de la Ciudad de México y en 2011, recibió por primera vez, el Premio Nacional de Ciencias y Artes en el área de Artes y Tradiciones Populares. Chávez se caracterizó por interpretar y componer diversos géneros de música popular mexicana y latinoamericana, gran intérprete, portavoz de un pueblo que sufrió la dictablanda, las prepotencias de los gobiernos neoliberales, las desapariciones de personas. Fue la voz de protesta de un pueblo ultrajado, vejado, saqueado, robado, criminalizado y violado.
Como buen fan, asistía a sus conciertos, a sus presentaciones, a los actos y concentraciones de una izquierda plural que lo invitaba para que fuera la figura central de los actos políticos. Lo vi en Oaxaca, en el Auditorio Guelaguetza, en Monterrey. Era yo su admirador anónimo más entusiasta.
Con la muerte de nuestro cantor, se muere un poco de nosotros, de mi generación, aunque seguiremos cantando “Por Ti”, “Macondo”, “La Niña de Guatemala”, el “Ferrocarril” “México Saqueado” “Perdón”. Gracias por la lucha que libraste con cuerpo, alma y corazón. Esperamos que otras voces entonen sus canciones y empuñen las guitarras para volver a escuchar las canciones de protesta y reivindicaciones que aún necesita México.
Espero que cuando hayamos desaparecido por el Covid-19 o por la contaminación de la ciudad de México, su fantasma quede caminando por esas calles de la colonia Roma y en el aire todavía quede el eco de sus canciones donde vivió y donde lo vi una tarde saborear el pan que acababa de comprar.
Coronavirus
Las medidas y cuidados por el coronavirus son inútiles y difíciles de aplicar donde no hay para comer. Pedirles a nuestros paisanos que no salgan, que se laven las manos, que usen tapabocas es algo verdaderamente difícil, cuando no imposible. Ellos se ganan la vida todos los días y no saben si podrán comer mañana. Las crisis sacan todos los problemas del subdesarrollo la carencia de medios económicos, el analfabetismo, la violencia en las relaciones sociales. Habrá que prever otras medidas antes de pedirles que no salgan a buscar qué comer.



































