A veces el agua, el cielo y el sueño se funden en la boca. A lo lejos, por ejemplo, en el horizonte que se vislumbra desde el borde de la tierra cuando uno se asoma al mar y deja sueltas las quimeras. O también aquí, cerca, en esta imagen donde el azul se expande para envolver en su altura a la mujer gestante o, mejor dicho, a la Venus Encinta como seguramente Tiziano hubiera titulado esta estampa de haberla pintado al óleo en pleno Renacimiento veneciano.
Flotando onírica y lentamente, al amparo de sus párpados de oro, la mujer se eleva con los ojos cerrados y el corazón abierto hacia la bóveda celeste, para después (no sé sabe bien en qué momento, ni de qué manera; esos son ínfimos detalles de los dioses) dejarse caer y sumergirse en el venero de agua que brota del cuenco de sus manos.
Y es que a veces ocurre que el ascenso y el descenso son una sola misma cosa, sobre todo cuando coinciden justo en el ombligo que marca el centro del vientre hinchado de vida. No es solamente un feto lo que se halla al interior, dentro de la piel-esfera de la mujer suspendida en éxtasis y silencio, sino la humanidad entera que camina el tiempo a través de la redondez del cuerpo de porcelana y recorre la amplitud de los océanos. Y también de todos los continentes.
Y todo ello a merced del carmín que sella sus labios, cobijando los suspiros, y del largo paño de seda que tras abrigarlos senos (los mismos que pronto regarán de leche dulce las tardes, las noches y los días), ondea en el aire y toma vuelo al igual que las quimeras de antes, lanzadas a volar a lo lejos, desde los acantilados marinos.










































