México está entrando en una etapa demográfica que obligará a replantear buena parte de la planeación económica y social del país: hay menos nacimientos, las familias tienen menos hijos y la población envejece.
Los resultados más recientes del INEGI muestran que en 2025 México tenía alrededor de 130.9 millones de habitantes. La Encuesta Intercensal 2025 actualizó la fotografía demográfica del país y confirmó la transformación de la estructura poblacional.
El fenómeno no significa que México vaya a dejar de crecer de manera inmediata. El problema es diferente: la composición de la población está cambiando y cada vez habrá una mayor proporción de personas adultas y adultas mayores frente a las generaciones jóvenes.
La propia Encuesta Nacional de la Dinámica Demográfica ya había documentado la reducción de la fecundidad: pasó de 2.07 hijas e hijos por mujer en 2018 a 1.60 en 2023, de acuerdo con INEGI.
LA PRESIDENTA PIDE ANALIZAR EL CAMBIO
El cambio demográfico fue abordado este miércoles por la presidenta Claudia Sheinbaum, quien planteó la necesidad de analizar las causas de la reducción de la fecundidad antes de definir eventuales políticas públicas.
“Hay que analizar qué está pasando y ya ver qué hacemos como país en torno a este crecimiento de la población”, señaló durante su conferencia matutina.
La presidenta también cuestionó la eficacia de algunas políticas aplicadas en otros países para incentivar la natalidad y señaló que las decisiones reproductivas están relacionadas con las condiciones laborales y con el momento de vida en que las mujeres deciden tener hijos.
“Muchas veces, las mujeres trabajamos y decidimos tener hijos más grandes”, expresó.
El debate, por tanto, no se reduce a la posibilidad de entregar apoyos económicos para incentivar los nacimientos. También involucra empleo, vivienda, educación, cuidados, salud reproductiva y las condiciones en las que las familias toman sus decisiones.
EL PROBLEMA NO ES SOLAMENTE CUÁNTOS MEXICANOS HAY
El tamaño de la población es apenas una parte del problema.
Una sociedad con menos nacimientos modifica la demanda futura de escuelas, mientras que una población que envejece incrementa las necesidades de atención médica, cuidados de largo plazo y sistemas de pensiones.
Al mismo tiempo, una reducción de la población en edades productivas puede modificar la disponibilidad de trabajadores y la relación entre quienes trabajan y quienes dependen económicamente de ellos.
INEGI señala que la información demográfica es fundamental para conocer la composición y distribución de la población y para la planeación de políticas públicas.
EL BONO DEMOGRÁFICO PIERDE IMPULSO
Otro componente de la transformación es la migración.
La ENADID 2023 estimó que 1.2 millones de personas emigraron de México entre 2018 y 2023, 459 mil más que en el periodo 2013-2018. De quienes emigraron, 78.5 por ciento fueron hombres y 21.5 por ciento mujeres.
La salida de población joven y en edades laborales agrega presión a un escenario en el que, al mismo tiempo, nacen menos niños.
Por eso, el llamado bono demográfico —la etapa en la que existe una alta proporción de personas en edad de trabajar respecto de la población dependiente— no es permanente.
La combinación de menor fecundidad, envejecimiento y migración obliga a pensar en cómo se financiarán en el futuro las pensiones, la atención médica y los servicios destinados a una población con una estructura de edades diferente.
OAXACA: TODAVÍA NACE MÁS, PERO LA TRANSICIÓN YA ESTÁ AQUÍ
Oaxaca presenta una situación distinta a la de las entidades con las tasas de fecundidad más bajas del país.
El estado todavía mantiene niveles de fecundidad superiores al promedio nacional, por lo que sería incorrecto presentar a Oaxaca como una entidad que ya se encuentra por debajo del reemplazo generacional.
Sin embargo, eso no significa que Oaxaca esté fuera de la transición demográfica.
Los datos históricos del INEGI muestran que la entidad ha reducido de manera importante su fecundidad y que su estructura poblacional ha comenzado a envejecer.
En 2015, la edad mediana de la población oaxaqueña era de 26 años, frente a 24 años en 2010 y 20 años en 2000. El propio INEGI atribuyó este cambio, entre otros factores, al descenso de la fecundidad y la mortalidad.
OAXACA TAMBIÉN ESTÁ TENIENDO MENOS NACIMIENTOS
La Estadística de Nacimientos Registrados del INEGI muestra una fotografía contundente.
En Oaxaca se registraron 59 mil 276 nacimientos en 2022, la cifra aumentó a 68 mil 560 en 2023 y posteriormente cayó a 56 mil 749 en 2024.
La comparación entre 2023 y 2024 representa una disminución de 11 mil 811 nacimientos, equivalente a aproximadamente 17.2 por ciento.
Estos datos deben interpretarse con cautela porque se refieren a nacimientos registrados y no necesariamente al total de nacimientos ocurridos en cada año; aun así, muestran la magnitud del movimiento reciente de la natalidad estatal.
EL CONTRASTE OAXAQUEÑO
El caso de Oaxaca resulta particularmente relevante porque combina dos fenómenos aparentemente contradictorios.
Por un lado, mantiene una fecundidad relativamente elevada respecto del promedio nacional.
Por otro, la entidad lleva décadas reduciendo el tamaño de las nuevas generaciones y aumentando progresivamente la edad de su población.
En 2015, INEGI ya advertía que la pirámide poblacional de Oaxaca estaba reduciendo su base —la población infantil— mientras aumentaban los grupos de adultos y adultos mayores. Para entonces, las personas de 60 años y más representaban 8.7 por ciento de la población, frente a 7.9 por ciento en 2010.
El cambio no ocurre de un día para otro. Es una transformación acumulativa que avanza generación tras generación.
MENOS NIÑOS, MÁS ADULTOS MAYORES
La consecuencia más importante para Oaxaca no será únicamente tener menos nacimientos.
El verdadero desafío será atender una población cuya estructura de edades será progresivamente diferente.
Eso implica anticipar necesidades de salud, pensiones, cuidados, empleo, vivienda, educación y servicios públicos, especialmente en una entidad caracterizada además por una fuerte movilidad migratoria.
El dato de los nacimientos registrados en 2024 —56 mil 749— muestra que la base de la pirámide poblacional no es estática.
Mientras tanto, la población que hoy se encuentra en edad productiva tendrá que sostener, en las próximas décadas, una proporción cada vez mayor de personas que ya no estarán en el mercado laboral.
EL RETO NO ES OBLIGAR A TENER HIJOS
El descenso de la fecundidad tampoco puede analizarse únicamente como un problema de “falta de nacimientos”.
Las propias declaraciones de la presidenta colocaron sobre la mesa un elemento central: las decisiones reproductivas están relacionadas con las condiciones de vida.
El INEGI ha documentado que en México también han cambiado las edades y circunstancias en las que las personas forman una pareja y tienen su primer hijo o hija. La Encuesta Demográfica Retrospectiva 2025 señala que las nuevas generaciones permanecen más tiempo en el sistema educativo y son menos quienes a los 18 años ya han iniciado una unión o tienen hijos.
Por ello, cualquier política pública relacionada con la fecundidad tendría que considerar el contexto social y económico en el que las personas toman esas decisiones.
EL FUTURO YA ESTÁ CAMBIANDO
México no enfrenta solamente una discusión sobre cuántos habitantes tendrá.
El desafío es qué edad tendrán esos habitantes, dónde vivirán, quiénes estarán trabajando, quiénes necesitarán cuidados y cómo se financiarán los servicios que requiere una población cada vez más longeva.
Oaxaca ofrece un ejemplo particular de esta transformación: todavía conserva una fecundidad relativamente alta, pero sus indicadores históricos muestran que la transición demográfica ya está modificando la estructura de su población.
La pregunta, tanto para México como para Oaxaca, ya no es únicamente cuántos mexicanos habrá en el futuro.
Es cómo será la sociedad que quede cuando las generaciones jóvenes sean proporcionalmente menores y las generaciones mayores ocupen un espacio cada vez más grande en la pirámide poblacional.











































