Última parte
Veintiséis años después del asalto al Museo Frissell, la herida sigue abierta. No por el saqueo en sí —que fue brutal, sí, pero también inmediato— sino por lo que vino después: el silencio institucional, la falta de respuestas, la opacidad y la ausencia de un proyecto claro para conservar y exhibir uno de los acervos zapotecos más extraordinarios del país.
Mitla entregó durante décadas sus piezas arqueológicas al Museo Frissell con confianza y orgullo. Las autoridades municipales documentaron hallazgos, los registraron ante el INAH y los depositaron en un recinto que nació de la voluntad comunitaria y del rigor académico. Los inventarios inscritos en el Registro Público del INAH no dejan lugar a dudas: eran miles de piezas, fotografiadas, catalogadas, estudiadas. Un acervo monumental. Pero tras el asalto del 30 de noviembre del año 2000, algo se quebró. Las autoridades municipales acudieron al INAH para denunciar, para pedir apoyo, para exigir claridad. Nunca fueron recibidas. La Universidad de las Américas —antes México City College— informó que había trasladado piezas a Puebla, pero jamás entregó un informe completo del acervo recibido en custodia. El INAH, por su parte, nunca verificó públicamente qué piezas le fueron entregadas, ni cotejó los inventarios históricos con el acervo físico.
Y así, con esa cadena de omisiones, llegamos al presente. El INAH reabrió el Museo Frissell con apenas una veintena de piezas. Hermosas, sí. Valiosas, sin duda. Pero insuficientes para representar un acervo que, según los propios registros federales, ascendía a miles. ¿Dónde están las demás? ¿En qué condiciones se encuentran? ¿Por qué no se han exhibido? ¿Por qué no se ha informado a Mitla, a Oaxaca, al país? En declaraciones públicas, el director del INAH-Oaxaca afirmó que las piezas están en el sótano del complejo de Santo Domingo. Un sótano. Para uno de los acervos zapotecos más importantes del siglo XX. Para urnas, dioses, tocados completos, piezas que compiten en belleza y complejidad con las grandes culturas del mundo.
No se trata solo de un error administrativo. Es una falta de respeto a la memoria zapoteca. Es una negligencia hacia la dignidad cultural de Oaxaca. Es una omisión que, de confirmarse, compromete la responsabilidad del INAH como custodio del patrimonio nacional. Porque si el Estado presume capacidad para proteger el patrimonio arqueológico de México, ¿cómo justificar que miles de piezas permanezcan en bodegas, sin exhibición, sin conservación especializada, sin transparencia? ¿Cómo explicar que el museo de Mitla —el pueblo que entregó su memoria— haya sido reabierto con apenas un puñado de piezas? ¿Cómo aceptar que, a 26 años del saqueo, no exista un proyecto público de conservación, restauración y exhibición del acervo Frissell?
Oaxaca merece respuestas. Mitla merece respuestas. La Nación merece respuestas. Este no es un conflicto local. Es un asunto de Estado. Es un llamado urgente a las autoridades municipales, al Gobierno de Oaxaca, al Congreso local, a las organizaciones civiles, a los académicos y a la sociedad zapoteca: exigir cuentas al INAH no es confrontación; es defensa del patrimonio nacional.
La memoria no puede seguir guardada en un sótano. La dignidad cultural de Oaxaca no puede seguir esperando. El acervo Frissell no puede seguir desaparecido en inventarios incompletos y bodegas cerradas. La herida está abierta. Y solo se cerrará cuando el INAH explique, con documentos y con piezas sobre la mesa, qué ocurrió, dónde está el acervo y cuál es el plan para devolverlo a la luz pública.
Oaxaca no pide privilegios. Pide justicia histórica. Pide verdad. Pide que su memoria vuelva a casa. [email protected]
































