Viajar a la Ciudad de México y recorrer la calle Donceles fue durante décadas una experiencia casi obligada para quienes encontraban en los libros una forma de viajar, investigar o simplemente descubrir. Entre sus locales, el visitante podía pasar horas frente a estantes abarrotados de ejemplares usados, ediciones agotadas, primeras impresiones y publicaciones que difícilmente aparecían en las librerías comerciales.
Hoy, aquella llamada “calle de los libros” enfrenta una transformación que amenaza con convertirla, como la han descrito algunos de sus visitantes y comerciantes, en una “calle de las letras muertas”.
El contraste resulta evidente: Donceles llegó a albergar más de 25 emblemáticas librerías de viejo y baratillo; actualmente, apenas unas seis permanecen abiertas en el Centro Histórico, de acuerdo con referencias de comerciantes de la zona. La reducción refleja las dificultades que enfrenta un oficio que durante décadas encontró en esta vialidad uno de sus principales refugios.
Ubicada en pleno Centro Histórico, Donceles conserva todavía ese aroma particular de los libros antiguos: polvo, papel y tinta. En sus librerías de viejo conviven novelas, ensayos, crónicas, revistas y documentos que, más que objetos de venta, forman parte de una memoria cultural que ha pasado de unas manos a otras.
La pandemia aceleró transformaciones que ya estaban en marcha. El crecimiento de las ventas por internet, la lectura digital, las nuevas formas de consumo cultural y las dificultades económicas redujeron el flujo de compradores y pusieron en riesgo a negocios con décadas de historia.
Hace algunos años, recuerdan comerciantes, buena parte de Donceles estaba ocupada por establecimientos dedicados al libro usado. Hoy, los pocos que permanecen han tenido que buscar nuevas estrategias para mantenerse.
Algunos han llevado sus catálogos a internet; otros apuestan por ejemplares especializados, libros antiguos, piezas de colección y títulos difíciles de encontrar. La adaptación se ha convertido en una condición para continuar detrás de los mostradores.
A pesar de ello, recorrer las librerías de Donceles continúa ofreciendo algo que difícilmente puede reproducirse en una pantalla: el azar del descubrimiento. Entre pasillos estrechos y estantes repletos todavía es posible encontrar ejemplares de 10, 20 o 30 pesos, junto con ediciones antiguas cuyos precios parecen detenidos en otra época.
Para estudiantes, maestros, investigadores y coleccionistas, estos establecimientos representan una alternativa para localizar títulos descatalogados o publicaciones que ya no circulan. Incluso hay lectores que llegan a estos espacios después de buscar sin éxito un libro en librerías convencionales.
Las librerías de viejo son, en ese sentido, inmensos almacenes de memoria. En ellas el valor de un ejemplar no siempre está determinado por su novedad, sino por aquello que contiene y por la historia que ha acumulado.
El encanto de Donceles reside precisamente en esa posibilidad de encontrar lo inesperado. Quien entra a una librería de viejo no sabe necesariamente qué encontrará; puede salir con el libro que buscaba desde hace años o con uno que jamás había imaginado leer.
La tecnología ha modificado la manera de buscar, comprar y leer libros, pero no ha eliminado el atractivo de hurgar entre cientos de ejemplares. La experiencia física permanece: tocar las páginas, reconocer una dedicatoria, descubrir una anotación hecha por un lector desconocido o hallar una edición que parecía perdida.
Por ello, más que una calle comercial, Donceles representa una parte de la geografía literaria de la capital. Sus librerías enfrentan nuevos desafíos, pero mientras permanezcan abiertas seguirán ofreciendo ese encuentro imprevisible entre lectores y libros.
La pregunta es cuánto tiempo podrán resistir estos espacios frente a un mercado que privilegia la rapidez, la compra digital y la disponibilidad inmediata. Mientras tanto, en los locales que aún sobreviven, los libros continúan esperando.









































