Aquella mañana del miércoles 22 de julio, muy temprano, como era su costumbre, había escrito su columna: “El zumbido del moscardón”. Ya la había enviado y se sabe que trata sobre la Guelaguetza, a la que veía como un suceso histórico y cultural, racial y de orgullo oaxaqueño y a la que han convertirlo en un evento comercial, fantasioso y ajeno a su espíritu de origen, opinaba.
Poco antes de las diez de la mañana salió de su casa en San Pablo Etla, para desayunar. Se acercó al puestecito ambulante en donde comería algún antojo del tipo oaxaqueño. Vestía un pantalón deportivo rojo y una playera azul marino. Contento se sentó y pidió a la mujer que atiende que le sirviera lo elegido. Ahí, sentado en un banco de plástico estaba dispuesto a su día a día: No lo hubo…
De pronto, un par de sujetos, en una motocicleta –que hoy se sabe que había sido robada—se aproximaron a cierta distancia. De la parte trasera bajó uno de ellos. Corriendo se acercó al periodista que estaba de espaldas y ahí, tres balazos irrumpieron en la tranquilidad del lugar y del momento; de forma cobarde y artera lo mataron. Murió de forma instantánea. Su medio cuerpo cayó sobre la barra en donde estaban sus alimentos…
Era Francisco Alejandro Leyva Aguilar. Tenía sesenta años. Tres décadas como periodista.
En ese momento era asesinado el periodista, pero no su verdad. Era muerto. “La muerte, desdicha fuerte”. Murió un periodista serio; un periodista crítico al gobierno del estado; un periodista dedicado a su vocación, la de informar, la de analizar, la de decir las cosas de forma fría, rigurosa.
Se puede decir, claro está, que muchos estarían de acuerdo con él, muchos no, y otros de plano deploraban su información y sobre todo su criterio: Pero no pasaba desapercibido.
Eso es lo de todos los días en periodismo. El periodista expone lo que ve, lo que oye, lo que está a la vista, lo que le dicen los hechos y los dichos; lo que dice y hace tal o cual funcionario-político; y lo que le dice la realidad.
Y cuando es periodista de verdad, lo expone utilizando las técnicas y las herramientas de verificación informativa de exposición de los hechos; de certeza.
El periodista expone su criterio con responsabilidad y ética: La verdad a disposición de los seres humanos, de los ciudadanos, de la gente de a pie, para que luego ellos saquen sus propias conclusiones, lo cual es el objetivo de todo periodista: por lo menos dejar la mosca en la oreja de aquellos que dependen de los actos de gobierno o actos de otra naturaleza, que les impactan, que les interesan o que, incluso, les dan solaz.
Era un periodista de larga data. Dedicó gran parte de su vida a la comunicación e incluso había dirigido la televisión estatal CorTv durante el gobierno de Alejandro Murat en Oaxaca. Luego construyó su propio medio y su propia columna: “El zumbido del moscardón”; una frase atribuida a Gabriel García Márquez al referirse al periodismo (el mismo escritor fue periodista en origen y destino): “La ética no es una condición ocasional, debe acompañar al periodista todos los días de su vida, como el zumbido del moscardón”.
¿Por qué incomodaba a quienes lo mandaron asesinar? No se sabe aún. Y ojalá se sepa quiénes fueron los autores intelectuales y los autores materiales. La justicia tiene la respuesta. ¿La conoceremos algún día los ciudadanos de a pie? ¿O terminará por pasar a ser esa “carpeta abierta” que nunca se cierra con verdad?
Y eso: los periodistas de todo el país que trabajamos con la verdad, queremos la verdad de las razones de lo que ocurrió; por qué… ¿Por qué? Nuestra interminable pregunta.
Y, en esto, todos los periodistas tenemos una responsabilidad: trabajar con ética, con verdad, con las manos limpias, con la conciencia tranquila, sin la mano extendida más allá del sueldo que nos merecemos por nuestro trabajo honorable y ético.
Así podremos y debemos exigir justicia por lo ocurrido a Francisco Alejandro Leyva Aguilar.
Porque es un tema fundamental: el de la libertad de expresión; el de la libertad de pensamiento; el de la libertad de imprenta; el de la libertad que es base de todas las libertades.
Si. Ya sabemos que el gobierno en el poder, federal, estatal, municipal, deplora a los periodistas. Les estorban. Son, para ellos, un mal ineludible y sí, necesario. Otros intereses ajenos a gobierno también deploran al periodismo. Es básico: la verdad estorba para muchos, en sus intereses políticos o económicos… Pero ahí está: la verdad es única.
Por la verdad han muerto periodistas a lo largo de los años desde que México es México –en nuestro caso-. Desde la persecución a aquellos incipientes periodistas de las “Hojas Volantes” distribuidas durante el virreinato de forma subrepticia para denunciar abusos de gobierno…
Durante el siglo XIX mexicano lo mismo. Unos y otros en gobierno o fuerzas económicas o militares despreciaban a los periodistas. Acaso se salva el periodo juarista: “La República Restaurada” (1867-1876), durante la cual en efecto hubo libertad de expresión.
En la Revolución Mexicana, nuestros héroes hechos gobierno inventaron los “viajes de rectificación” para castigar físicamente a periodista críticos.
La organización “Reporteros sin Fronteras” informa que desde el año 2000 han sido asesinados 150 periodistas en México. Durante el sexenio pasado asesinaron a 47 periodistas; de 2024 a 2026 han sido asesinados 13 periodistas, tan sólo en lo que va de este año ha sido asesinados 7 periodistas.
Y aun así, el periodismo seguirá. Es histórico. Es una vocación y una responsabilidad y es ética. Es el periodismo indispensable en toda democracia… o para construir la democracia… Es el periodista el portador de la verdad…
Y entonces, siguiendo a Harper Lee: ¿‘Por qué matar al ruiseñor’?

































