¿Primavera Oaxaqueña o dictadura de pacotilla? Ejecutan por la espalda al periodista Alejandro Leyva tras acusar directamente a Jara y a su séquito de querer desaparecerlo; el gobierno monta una “mañanera a puerta cerrada”, el gobernador se niega a dejar el cargo para ser investigado y una joven reportera los encara en su propia cara: “¡Sabemos que viene de aquí!”.
“Cuando la tiranía se viste de ‘transformación’, la verdad se convierte en el mayor de los delitos”, y en la marchita Primavera Oaxaqueña el periodismo crítico se paga con la vida. Bienvenidos a una entrega especial, desgarradora pero profundamente ácida y combativa de El Huarachazo, el único espacio que no vende su dignidad por un convenio oficial ni se dobla ante los caprichos del Palacio de Gobierno. Vaya semanita de luto, cobardía e indignación nacional la que estamos viviendo: se destapó la cara más siniestra, represora y manchada de sangre del régimen de Salomón Jara Cruz. Pasamos de la persecución política y las amenazas desde la tribuna, al cobarde asesinato por la espalda del periodista Alejandro Leyva Aguilar, terminando con un grotesco show a puerta cerrada donde intentaron maquillar el crimen… ¡hasta que una valiente voz reporteril les soltó la verdad en el hocico! ¡Pásenle a lo barrido, que hoy la tinta no se seca ni ante la muerte!
1. El atentado cobarde: “si algo me pasa, hago responsable a Salomón Jara”
“Cae más rápido un hablador que un cojo”, pero cuando el poder no puede callar la verdad con argumentos, echa mano de los métodos más viles y oscuros del pasado. Este miércoles, el periodismo oaxaqueño se vistió de luto con la cobarde ejecución del comunicador y columnista Alejandro Leyva Aguilar, a quien mataron a balazos por la espalda mientras desayunaba tranquilamente. Ni bien se propagó la noticia, el sentir primario, visceral y generalizado de la ciudadanía en las calles y redes sociales fue uno solo: “A Alejandro lo mandó a eliminar el gobierno”.
Y no es para menos, mis estimados leyentes. “El que avisa no es traidor”, y Alejandro ya lo había dejado firmado y firmado con letras de sangre. Más allá de su origen político priista —el cual el acomplejado gobernador le reprochaba a cada rato—, Leyva se convirtió en el dolor de cabeza número uno del régimen jarista. Sus columnas eran verdaderos dardos directos a las grietas de la corrupción oficial. Meses antes de su ejecución, Alejandro hizo pública una denuncia contundente donde responsabilizaba directamente de cualquier atentado contra su vida o la de su familia a tres personajes clave: Salomón Jara Cruz (Gobernador del Estado), Jesús Romero López (Secretario de Gobierno) y Geovany Vásquez Sagrero (Consejero Jurídico y “creador” del entramado legaloide oficial).
Leyva lo advirtió con todas sus letras: temía que tras la feroz persecución jurídica e intimidaciones, el siguiente paso fuera desaparecerlo del mapa. Y es que las últimas investigaciones de Alejandro tocaban las fibras más sensibles y podridas del poder: acusó formalmente al senador Antonino Morales de ser un capo del huachicol y líder del Cartel del Despojo; ventiló los presuntos nexos criminales de la secretaria de Turismo, Saymi Pineda, con el peligroso “Bogar” junto con su enriquecimiento ilícito; y desnudó los abusos del poder jarista. “El que a hierro mata, a hierro muere”, pero aquí los cobardes actuaron bajo el amparo de la impunidad estatal.
2. La ridícula excusa de Chucho y el memorándum de la vergüenza
Apenas se confirmó el crimen, las autoridades del estado sacaron sus condolencias de utilería, mostrando un asombro de comedia barata y condenando el hecho como si sus vestiduras no estuvieran ya percudidas por meses de ataques a la prensa. Salió al quite el “brillante” secretario de Gobierno, Jesús Romero López, a salpicar veneno con una excusa tan tonta como cínica: alegó que el periodista ejecutado “nunca solicitó medidas de protección al Estado”.
3. La conferencia-teatro a puerta cerrada y la complicidad del chayote
Sabiéndose acorralado por el repudio ciudadano, Salomón Jara orquestó una de las mayores farsas mediáticas que se recuerden en la historia reciente de Oaxaca: convocó a una rueda de prensa a puerta cerrada, sin transmitir en los canales oficiales y con acceso celosamente filtrado.
El modus operandi de la mañanera-teatro salió a la luz gracias a exintegrantes del equipo de comunicación social e integrantes indignados del propio gremio. Sentados alrededor de una mesa ovalada, el equipo de comunicación repartió hojas con preguntas “sembradas” y respuestas prefabricadas a un grupo de reporteros “elegidos” y bien pagados. El guion era perfecto: los reporteros afines alargaban sus exposiciones para simular un “interrogatorio duro”, Jara leía las respuestas que ya traía preparadas, y cuando la cosa se ponía ligeramente color de hormiga, el gobernador buscaba descaradamente la asesoría en el orejero a sus costados de Jesús Romero y su director de comunicación.
4. “¡De pedir licencia, ni hablar!”: Jara se aferra a la silla
“A aferrarse al hueso como garrapata”, porque al ser cuestionado directamente sobre si dejaría el cargo para permitir que la Fiscalía General de la República (FGR) realice una investigación transparente e independiente, Salomón Jara respondió con un rotundo NO. El mandatario descartó de plano solicitar licencia para separarse de la gubernatura, a pesar de ser —junto con Jesús Romero y Geovany Vásquez Sagrero— uno de los principales señalados por el propio Alejandro Leyva antes de morir. Con total descaro, Jara afirmó que únicamente comparecerá ante la FGR “si es que llega a ser citado”, garantizando así que seguirá despachando desde el poder mientras sus propios acusadores son juzgados en las sombras.
5. La reportera valiente que hizo temblar a papá Salomón
“La verdad no pide permiso, entra por la puerta grande”. El guion prefabricado del régimen se le desmoronó por completo a Salomón Jara cuando una reportera joven, independiente y con un valor que ya quisieran los “grandes chayos de oro” de la prensa oaxaqueña, tomó el micrófono y miró fijamente al gobernador, a Jesús Romero y al séquito de aplaudidores, y les soltó la bomba directamente en la cara:
“Gobernador, lo mío no es una pregunta, es un mensaje. Creo que lo escuchamos, lo vimos, lo leímos con Alejandro y gran parte del gremio, gran parte de la sociedad lo sabe y estamos convencidos de que el asesinato de Alejandro viene de aquí, viene del gobierno de Oaxaca, viene de este aparato. Usted puede dar muchas conferencias, muchas entrevistas, muchos mensajes, pero muchos lo tenemos claro… Nos indigna y duele la muerte de Alejandro porque era parte de los nuestros, y esto no se va a olvidar, gobernador, NO SE VA A OLVIDAR. Compañeros, los invito a que no lo olvidemos… y que el periodismo crítico que él ejercía sea un ejemplo para todos los que quedamos acá”.
El impacto fue demoledor. El salón quedó en un silencio sepulcral. A Salomón Jara se le descompuso el rostro, le temblaron las piernas y el sonsonete amloísta de región 10 se le atascó en la garganta. Balbuceando y visiblemente acorralado, el mandatario sólo atinó a dar una respuesta tibia y temblorosa: “Respeto tu opinión, no la comparto… yo espero que la Fiscalía General de la República lo determine… Si vino de aquí, la FGR lo dirá; y si no vino de aquí, también que ustedes lo conozcan”. ¡Qué manera de quedar exhibido como un gigante con pies de barro! Una sola periodista joven tuvo los pantalones para decirle en su propia mesa lo que todo Oaxaca murmura en las calles.
En resumidas cuentas, mis estimados lectores: nos gobierna una Primavera represora y cobarde que persigue voces críticas, que borra videos cuando la sangre le llega al cuello, que se niega a soltar el cargo para ser investigada, que le da cobertura al hermano incómodo, que compra aplausos a puerta cerrada y que pretende lavarse las manos mandándole la bolita a la FGR tras la ejecución de un comunicador. ‘Arrieros somos y en el camino andamos’, y la memoria de Alejandro Leyva, impulsada por la valentía de las nuevas generaciones de periodistas libres, no se va a apagar con sus convenios ni con sus balas.
¡Pásenle a lo barrido, que aquí la verdad no pide permiso… y mucho menos perdón!

































