El asesinato Alejandro Leyva Aguilar no debe analizarse creyendo que todo se reduce a un caso penal; debe analizarse también desde la filosofía política porque los hombres hablamos y hacemos política todo el tiempo; el diálogo permite discutir sobre lo justo y lo injusto. Si alguien decide eliminar a quien participa en ese debate público, ya no se reduce a quitarle la vida a una persona; se empobrece el debate de toda la sociedad, aún de aquellos que, por un falso sentido de superioridad moral, dicen que son ajenos a la política o que ni siquiera ven las noticias.
De acuerdo con la información difundida por la propia fiscalía general del Estado, el atentado requirió una logística compleja y una ejecución cuidadosamente planeada con toda la ruta de escape y eliminación de pruebas. Esto es alarmante, la capacidad de organización de los ejecutores. No estamos frente a un crimen impulsivo sino ante la preocupante sensación de impunidad y vulnerabilidad. ¿Quién sigue en la lista de los criminales? La investigación deberá establecer quiénes fueron los responsables materiales e intelectuales, pero el daño institucional ya está hecho: alguien creyó que podía imponer el silencio mediante la violencia.
Carl von Clausewitz, afirmó que la guerra es la continuación de la política por otros medios. En el crimen organizado ocurre algo parecido: cuando las balas sustituyen a la discusión pública, la violencia se convierte en una forma de hacer política. En ese sentido clásico, el asesinato de un periodista es un crimen político. No porque necesariamente haya sido ordenado por un gobierno o por un partido —eso corresponde determinarlo a la investigación—, sino porque su finalidad trasciende a la víctima: busca modificar la conducta de toda la sociedad mediante el miedo.
Conocí a Alejandro. Era un hombre de convicciones firmes, de carácter frontal y de una crítica que muchas veces incomodó al poder. También era un hombre de bohemia, de guitarra, de amigos y de largas conversaciones. Como todo periodista auténtico, despertaba simpatías y antipatías. Eso es precisamente lo que ocurre en una sociedad libre: las ideas se confrontan con argumentos, nunca con balas.
No todos los homicidios son iguales. Hay asesinatos que buscan eliminar a una persona y hay asesinatos que buscan controlar mediante el miedo a toda una sociedad. El de Leyva Aguilar pertenece a esta segunda categoría.
Hobbes sostenía que el Estado nace para impedir que los ciudadanos vivan bajo la ley del más fuerte. Su razón de existir es monopolizar el uso legítimo de la fuerza. Si un periodista es asesinado porque alguien considera que puede callarlo mediante la violencia, entonces el problema trasciende al homicidio: significa que alguien actuó como si tuviera un poder superior al de la propia ley. Ese es el verdadero fracaso institucional.
La democracia no exige periodistas complacientes; exige periodistas libres. El poder tiene derecho a responder, a disentir e incluso a desmentir. Lo que jamás puede ocurrir es que la crítica termine convertida en una sentencia de muerte. Cuando la violencia sustituye al debate, el miedo comienza a ocupar el lugar de la razón. Nuestra democracia no está muriendo de un solo golpe, al normalizar una situación tan violenta contra la prensa y contra todos en general, la estamos matando lentamente.
No sabemos quién mandó matar a Alejandro Leyva, pero está claro lo que se intentó matar: el derecho de la prensa a cuestionar al poder, a la libertad de preguntar e investigar, a la libertad de incomodar al poderoso como una obligación y función natural de la prensa en el mundo libre. Los políticos deberían hacer muchas planas con esta frase: la prensa siempre es el contrapeso del poder. La debilidad institucional es terreno fértil para infundir miedo y terror mediante la violencia.
Deben saber las autoridades que no solo queremos saber quién jaló el gatillo, sino quien se siente con el poder suficiente para ordenarlo esperando que el alto porcentaje de impunidad que hay en nuestro país lo libre de cualquier investigación. El autor intelectual es más importante que el gatillero.
Hay demasiados crímenes en nuestro país y esto no es normal ni tolerable. Cuando se mata a un comerciante se daña a su familia. Cuando se mata a un empresario, se daña a su empresa, pero históricamente es evidente que, matar a un crítico y opositor del gobierno es un daño a toda la sociedad.
Jerusalén mató a sus profetas. Las dictaduras del siglo XX encarcelaron a sus escritores. Las mafias eliminan a quienes observan demasiado. México corre el riesgo de acostumbrarse a matar a sus periodistas.

































