Lo construido durante décadas parece haber llegado a un punto de inflexión. Oaxaca enfrenta señales que invitan a cuestionar si mantiene el liderazgo turístico que durante años pareció inquebrantable. No es un tema menor ni puede dejarse en manos de funcionarios que han demostrado poca capacidad para preservar un legado sustentado en la historia y la cultura.
Durante mucho tiempo se asumió que la Guelaguetza era garantía de éxito. Julio significaba hoteles llenos, restaurantes saturados y una importante derrama económica. Parecía suficiente mencionar la Guelaguetza para atraer visitantes de todo el mundo. Sin embargo, esa narrativa comienza a mostrar desgaste.
Las protestas contra la turistificación, aunque todavía pequeñas, reflejan un cambio de percepción. Al mismo tiempo, empresarios hoteleros advierten una disminución en las reservaciones, mientras el gobierno mantiene proyecciones optimistas sobre ocupación hotelera y beneficios económicos. Ambas versiones pueden coexistir, pero corresponde al periodismo cuestionar las diferencias entre el discurso oficial y la realidad.
El turismo también ha cambiado. Muchos viajeros prefieren departamentos en renta antes que hoteles, permanecen menos días y reservan a última hora. Las formas de medir la actividad turística deben adaptarse a estas nuevas dinámicas.
La Guelaguetza sigue siendo uno de los mayores privilegios culturales de Oaxaca y posee un prestigio internacional que ya no requiere presentación. El problema es asumir que esa fama garantiza el éxito permanente. Mientras otras ciudades fortalecen su infraestructura, conectividad, movilidad, seguridad y promoción, Oaxaca parece confiar únicamente en el peso de sus tradiciones.
A ello se suma el debilitamiento de instituciones que durante años contribuyeron a preservar la autenticidad de la fiesta. Más allá de decisiones como modificar nombres de actividades tradicionales, el reto consiste en construir políticas culturales y turísticas con visión de futuro. La Guelaguetza debe consolidarse como una celebración de la sociedad, respaldada por el gobierno, pero no subordinada a intereses políticos.
Las cifras muestran que no basta con atraer visitantes; es necesario lograr que permanezcan más tiempo, disfruten una experiencia de calidad y recomienden Oaxaca al regresar a sus lugares de origen. Las actuales señales de menor ocupación hotelera deben entenderse como una advertencia y no esperar a enfrentar una crisis similar a la de 2006.
La Guelaguetza no está en declive. Lo que evidencia son políticas públicas que no responden a las nuevas formas de hacer turismo. Mientras la capital enfrenta desafíos, destinos como Huatulco y Puerto Escondido viven un crecimiento impulsado por la nueva carretera, aunque también enfrentan problemas derivados del rápido desarrollo, como la delincuencia, la extorsión y la explotación infantil.
Más allá del debate político sobre el desempeño gubernamental, la pregunta de fondo es si Oaxaca continúa siendo tan competitivo como cree en un mercado turístico cada vez más exigente y disputado. La riqueza cultural sigue siendo su mayor fortaleza, pero hoy resulta indispensable acompañarla de estrategia, innovación y planeación para conservar el lugar que ha ganado a lo largo de su historia.



































