Y hasta la fecha seguimos sin saber cuántos abogados somos, por ejemplo, en Oaxaca.
No existe ni siquiera una estadística oficial ni no oficial de cuántas cédulas profesionales existen por estado.
Le formulé a la inteligencia artificial dos preguntas sobre el número de abogados en México. Una me dijo que somos poco menos de medio millón, y la otra me arrojó una cifra de 1.6 millones.
Dicen que lo que no se mide no se puede mejorar. Y para ir mejorando la situación actual de la abogacía sería bueno empezar por saber cuántos somos, dónde estamos y qué hacemos.
La única certeza que se tiene es que la licenciatura en derecho es la profesión con más -valga la redundancia- profesionistas en nuestro país.
Y ello puede deberse a varias razones separadas o combinadas que responden a la pregunta de ¿por qué se inscriben los jóvenes a las escuelas y facultades de derecho?
Desde que tengo uso de razón el “prestigio” o reconocimiento social de la abogacía ha ido decreciendo. Siguen existiendo excelentes abogadas y abogados, pero ha aumentado el número y la proporción de quienes no lo son tanto.
Y en este espacio hemos insistido sobre la pérdida de presencia de la abogacía en el espacio gubernamental. Los abogados siguen siendo desplazados cada vez más notablemente por otras profesiones en el cuerpo de los órganos del Estado.
Y si algún día – bajo el apotegma de que juzgar no es gran ciencia- los poderes judiciales se abren a otras profesiones, seguramente pasaría lo mismo.
Y es que la crisis que desde la universidad enfrenta el Derecho tiene en su raíz en la pérdida de perspectiva.
Los abogados seguimos dejando de ser importantes en el imaginario colectivo porque las sociedades han perdido de vista quiénes son y qué hacemos los abogados.
El abogado es en esencia un defensor. Advocatus significaba en Roma “el llamado a auxiliar” y el auxilio tiene que ver con defensa.
Pero el abogado no solo defiende a otro ante un tribunal en un pleito.
El abogado defiende principios y valores. Los más notables tal vez sean hoy la justicia y la democracia. Couture los graduó así en el siglo pasado: derecho, justicia, paz y libertad.
El día del abogado debe ser -por supuesto- día para celebrar como lo hacen todas las profesiones, pero también para reflexionar en dónde está y hacia dónde va la profesión.
Debe ser día de preguntarnos:
¿Dónde están y hacia dónde van las escuelas y facultades?
¿Dónde están y hacia dónde van las barras y colegios?
¿Dónde están y hacia dónde van fiscalías, juzgados, tribunales y cortes?
¿Dónde están y hacia dónde van los parlamentos?
¿Dónde están y hacia dónde va la abogacía en su papel de faro y guía de nuestras sociedades?
El derecho no es solamente una técnica para defender causas privadas en los tribunales.
La abogacía no es solamente un servicio que se presta al que pueda pagar.
La abogacía no puede ser el comodín de los que no tienen vocación.
Las cosas cambiarán solamente cuando los abogados comprendan el papel y el enorme peso que su profesión tiene en el alumbramiento y la conducción de la cosa pública.
*Magistrado presidente de la Sala Constitucional del Tribunal Superior de Justicia de Oaxaca.






























