Durante décadas hemos aprendido a identificar a Oaxaca con su cocina, sus textiles, el mezcal y las manifestaciones culturales que le han dado fama internacional. Sin embargo, esa imagen, aunque valiosa, resulta insuficiente para describir la riqueza de un estado mucho más complejo.
Mi trabajo periodístico me ha permitido descubrir facetas menos conocidas de Oaxaca. Hace un tiempo encontré una comunidad científica extraordinaria. Con el respaldo de esta casa editorial publiqué entrevistas con investigadores y estudiantes de doctorado que desarrollan proyectos de primer nivel, con recursos limitados y enfrentando un entorno poco favorable para la investigación. También constaté una realidad preocupante: la constante fuga de talento. Cientos de jóvenes formados en Oaxaca hoy realizan investigación en otras entidades y en el extranjero, donde encuentran las oportunidades que aquí no existen.
Ahora me encuentro con otra realidad que merece ser contada.
Desde la Secretaría de Desarrollo Económico se impulsa la marca de certificación “Hecho en Oaxaca”, un distintivo oficial que acredita el origen y la calidad de productos elaborados en el estado. No se trata simplemente de colocar un logotipo en un envase. Es una certificación registrada ante el Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial que busca generar confianza en los consumidores y abrir oportunidades comerciales para pequeñas empresas que difícilmente podrían competir por sí solas en un mercado dominado por grandes corporaciones.
Como periodista he sido crítico de los gobiernos cuando considero que las decisiones públicas lo ameritan. Precisamente por ello también considero una obligación reconocer cuando una política pública avanza en la dirección correcta.
En este caso no hablo de discursos ni de campañas publicitarias. Hablo del trabajo silencioso de un pequeño equipo de servidores públicos que ha decidido mirar hacia un sector históricamente ignorado: las micro y pequeñas empresas oaxaqueñas.
Quienes emprendemos en Oaxaca conocemos bien las dificultades. Competimos contra cadenas nacionales e internacionales que poseen economías de escala prácticamente imposibles de igualar. Empresas como Walmart o FEMSA establecen condiciones estrictamente mercantiles que dejan muy poco espacio para los pequeños productores. Ante esta realidad, el respaldo institucional no es un privilegio, es una herramienta indispensable para equilibrar parcialmente la competencia.
Mi experiencia durante el sexenio anterior fue distinta. Existía la percepción de que los apoyos se concentraban en grupos elitistas y proyectos muy específicos, mientras numerosos productores permanecían excluidos del radar institucional. Hoy encuentro una actitud diferente. Sin grandes presupuestos ni campañas espectaculares, el programa Hecho en Oaxaca comienza a integrar productores de distintos sectores, desde alimentos hasta manufacturas, bebidas, textiles y artesanías, ampliando el alcance de la política pública.
Naturalmente, el programa todavía enfrenta limitaciones. Necesita mayores recursos, más difusión y una estrategia comercial mucho más agresiva. La certificación, por sí sola, no garantiza ventas. Pero sí constituye un activo que permite construir confianza, fortalecer la identidad de los productos locales y facilitar su presencia en mercados más amplios.
Oaxaca necesita algo más que preservar su patrimonio cultural. Necesita construir una verdadera cultura empresarial.
Durante muchos años hemos formado generaciones enteras para admirar nuestra historia y defender nuestras tradiciones, pero muy poco para crear empresas, desarrollar marcas, innovar procesos o conquistar mercados. Ninguna sociedad puede aspirar a un desarrollo sostenido si no genera riqueza mediante el conocimiento, la creatividad y el emprendimiento.
En esa tarea, programas como Hecho en Oaxaca son más que un sello de certificación. Simbolizan el reconocimiento de que detrás de cientos de pequeños talleres, emprendedores y proyectos agroalimentarios existe un enorme potencial económico que merece ser impulsado.
Incluso sería deseable que este esfuerzo encontrara respaldo desde el Poder Legislativo. Oaxaca necesita actualizar su marco jurídico para reconocer adecuadamente la realidad de miles de pequeñas unidades productivas que hoy son clasificadas bajo categorías diseñadas para industrias de gran escala. Una legislación más acorde con sus características facilitaría su crecimiento y competitividad.
Si este programa continúa ampliándose, incorpora más productores y recibe los recursos necesarios, podría convertirse en una de las iniciativas económicas más valiosas de los últimos años. El programa viene del sexenio anterior; el enfoque social es mérito de este equipo.




































