Héctor Eloy Álvarez Martínez/Corresponsalía Ing. Alberto Bustamante Vasconcelos
Los padres–muchas veces obligados por las circunstancias– delegan el cuidado y la educación de sus hijos en otras personas, familiares o maestros, por ejemplo. Nacido en el 57, fui el primer hijo de un padre de veinticinco y una madre de veinte años. Tenía casi tres años cuando llegó mi primer hermano y, –con él– más trabajo y responsabilidades para mis progenitores de modo que, con un padre que trabajaba en su trapiche durante gran parte del día y de músico algunas noches y días de fiesta y con una madre que debía cuidar finalmente a seis hijos, alguien tenía que cumplir su papel educativo. Y ese alguien llegó bajo la figura de una maestra rural que entre mis tres y cuatro años se hospedó en la casa paterna y por las tardes me enseñó a leer y escribir y con ello, parafraseando a Germaine Geer a propósito de las bibliotecas “perdí desde muy pequeño la inocencia sin perder la virginidad”, pues conocí los libros, los cuales han sido amigos inseparables en mis siguientes sesenta y tantos años.
Leer no ha sido solo un recurso para mi formación profesional, para ejercer una profesión que requiere del estudio constante y a veces intensivo, dirigido a solventar admisiones, aprobaciones, promociones y retos particulares con mis pacientes; también ha llenado vacíos temporales –a veces afectivos– y ha sido fuente de placer en diversos lugares y climas, épocas, horarios y posiciones corporales, sólo o acompañado. Leer me permitió aprender en un libro cómo se engendraban y nacían los animales y los humanos; remontarme a Hawái cuando, a mis seis años, leía las aventuras de Kimo, de Alicia Cooper, uno de mis primeros libros, que me acompañaba en las tardes y noches de lluvia tan comunes en mi pueblo; disfrutar en Las mil y una noches, historias tan cautivadoras como dignas de compartir en la familia, a la luz de una vela o –en el mejor de los casos–de un quinqué. Acrecentó mi gusto por la poesía cuando uno de mis textos en la Preparatoria fue la Literatura Mexicana e Hispanoamericana de María Edmée Álvarez y en él descubrir los versos de Sor Juana, de Ignacio M. Altamirano y de autores españoles tan disímbolos como amenos.
Leer me acompañó a relamer mis incipientes bigotes cuando, en plena adolescencia, cayó en mis manos el Quijote de Cervantes; a embelesarme con Cien años de Soledad de García Márquez, que me llevaría sin resistencia alguna a incursionar en su Relato de un náufrago, El Coronel no tiene quien le escriba, El amor en los tiempos del cólera, etcétera; y cuando, ya entrado a los cincuentas, volví a disfrutar sus letras con Vivir para contarlo y su Memorias de mis putas tristes, una novela cuyo título parece pervertido pero en la que el escritor narra una relación especial entre un anciano y una adolescente. Me dio la dicha de disfrutar la interpretación de la mexicanidad hecha por Octavio Paz en El Laberinto de la Soledad, devorar su Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe y con ello revivir las circunstancias que marcaron la vida de la musa mexicana.
Ya no era tan pequeño cuando la lectura me llenó de placer con Las aventuras de tres rusos y tres ingleses, así como El viaje al centro de la tierra y La vuelta al mundo en ochenta días, de Julio Verne. La madre de Gorki era lectura casi obligada en mi etapa universitaria y yo la disfruté en los ratos libres que me dejaba la necesidad de estudiar anatomía, bioquímica y otra serie interminable de textos médicos, así como Palinuro de México y, por supuesto Noticias del Imperio del gran Fernando Del Paso.
Más avanzados los años, leer ocupa una parte mayor en mi vida diaria, ya que a la par en que otras actividades como el trabajo se han vuelto menos abrumadoras, han dejado tiempo a esta actividad, que además de utilitaria es fuente de inagotable placer, pues el goce y sabor humano provocados por la lectura son superiores al sabor mismo del conocimiento.








































