Venezuela vive hoy momentos aciagos. Una tragedia que nos duele a todos en el mundo. Que nos cala en el alma. Son días que nadie quiere experimentar. Son días fatales. Son los que ponen en el filo de la vida o muerte a seres humanos… Hoy venezolanos, nuestros hermanos.
Son días inesperados éstos. Insospechados. Trágicos y que se miden en dolor y en llanto; en ser o ya no ser y nadie que tenga dos dedos de frente quiere ver la destrucción de un país y mucho menos de su gente: Nunca.
Las guerras son trágicas y pueden ser detenidas siempre y cuando la voluntad del hombre y la razón inteligente predominen. Pero cuando se trata de la naturaleza es imposible y nadie puede contenerla, pero sí advertirla…
La experiencia aporta prevenciones e, incluso, soluciones, como es el caso de México en donde hemos vivido días desdichados. Intensos sismos como aquel de 1957 cuando cayó el Ángel de la Independencia en aquel Distrito Federal y se dañaron edificios.
Aquello fue una advertencia a lo que habría de ocurrir muchos años después, en 1985 cuando vivimos en nuestras propias carnes aquella tragedia; las pérdidas de vidas humanas; de la congoja y el llanto que sólo se vive por la fuerza de la naturaleza, la impotencia y la soledad.
Luego en 2017 vino otra sacudida, otro pesar y otra pesadilla de la que hubiéramos querido despertar y salir ilesos. Pero no. Ocurrió la vida real y de nueva cuenta el recuento de los daños. El paisaje después de la tragedia fue inconcebible.
Pero esto nos enseña a tener precauciones y una cierta actitud frente a este tipo de fenómenos naturales. Es la cultura del comportamiento, la cultura de la autodefensa, los protocolos de evacuación y de velocidad nos han auxiliado en mucho, como también los sistemas de alarma preventivos, que nos hacen temblar cuando escuchamos su sonido alarmante pero que nos ayudan a tomar medidas de precaución inmediatas para evitar males mayores.
Esto debiera ser una regla mundial, extendida a todas las zonas sísmicas del planeta: la prevención y el talante para cuidar de nuestras vidas, las de nuestros seres queridos y nuestro patrimonio.
Hoy lamentamos profundamente lo que están viviendo los venezolanos, hermanos nuestros en mestizaje, en historia, en camino de vida y perspectiva de futuro.
Somos latinoamericanos y somos uno sólo, una raza y un destino, según dijera el prócer Simón Bolívar, venezolano también, nacido en Caracas el 24 de julio de 1783.
Hoy mismo, en estos momentos, el país venezolano no tiene cabeza para pensar qué partido político conviene, que movimiento político conviene, que propuesta de gobierno o de futuro de país es el mejor: tienen enfrente otras prioridades vitales: recuperar a sus seres queridos desaparecidos, enterrar a sus muertos, y rescatar a los vivos, que deben ser muchos y esperan la ayuda del mundo.
Venezuela, un país ubicado en Sudamérica, tiene en 2026 una población estimada en aproximadamente 28.6 millones de habitantes. Con un gobierno provisional encabezado por Delcy Rodríguez, quien asumió el cargo el 5 de enero de 2026 tras la detención del expresidente Nicolás Maduro por fuerzas de Estados Unidos.
La presidente interina pertenece a la corriente ideológica del chavismo y el socialismo del siglo XXI; su pensamiento político se identifica con la izquierda latinoamericana, el antiimperialismo y el bolivarianismo, formando parte de Partido Socialista Unido de Venezuela, aunque hoy, paradójicamente, vinculada con el gobierno estadounidense.
Pero en este momento nada de esto es más relevante que la tragedia que vive Venezuela; particularmente Caracas, gravemente dañada y con miles de víctimas; como también La Guaira (el principal epicentro de la tragedia, y zona costera más afectada, con severos daños estructurales y colapso de edificios) y otros estados impactados como Yaracuy y más… Y cómo no, si los dos movimientos telúricos continuos de ese 24 de junio fueron de magnitudes 7.2 y 7.5
Al momento, el gobierno venezolano informa que el saldo de los terremotos asciende a 1,430 muertos y 3,238 heridos; los daños son incalculables.
Es el pueblo venezolano el que inmediato salió a auxiliar a sus familiares, amigos, conocidos, a cualquiera que estuviera en condición trágica. Con manos, brazos, uñas, con la fuerza del dolor y la esperanza y , con esa solidaridad humana tan propia de los latinoamericanos, con la cara llena de tierra, arena, cal, yeso, con todo, ahí estaban y están los venezolanos ayudando, urgiendo, viviendo.
También el mundo ha respondido como debe ser en situaciones dramáticas así vistas. Distintos países del mundo reaccionaron pronto para ofrecer su ayuda. Para enviar fuerzas humanas de apoyo así como equipo de salvamento, todo dispuesto para contribuir, hombro con hombro, junto con los venezolanos del dolor y del llanto.
Y así debe ser. Porque el Alma Llanera está de luto. Pero también viven quienes habrán de rescatar a su país de los escombros, de la desolación y del quebranto.
Son gente de carácter; de fortaleza y orgullo de origen. Los venezolanos no están solos: estamos todos que habremos de contribuir, cada uno desde su trinchera, para aliviar los pesares del cuerpo social y los del alma; para aliviar las pérdidas pero nunca la ausencia de quienes se fueron.
Hoy juntos, todos latinoamericanos que somos, nacimos junto con los venezolanos en una ribera del Arauca vibrador.
Y juntos con los venezolanos, seres humanos todos, habremos de salir adelante, mano a mano, sin distingos de clase o de ideología política. No hay tiempo para lo ordinario: sí para lo esencial.


































