Fred Alvarez, reflexion mañaneril..
Ojala pase algo, una frase, casi un suspiro, que hoy resuena en nuestras calles no como poesía, sino como un ruego urgente ante el letargo de la autoridad. Imagínese la escena: México preparando su mejor cara para la vitrina internacional del Mundial 2026, y de fondo, el eco persistente de una ciudad que parece rehén de sus propias contradicciones.
Hoy quiero invitarles a mirar más allá del asfalto y desmenuzar lo que realmente significó el operativo en la caseta de Tlalpan. No fue un simple control de rutina. Fue el espejo nítido de una justicia que, hoy por hoy, se aplica a conveniencia. Encontrar 59 explosivos artesanales en autobuses que transportaban a manifestantes es un hecho gravísimo. Y no hablamos de los tradicionales petardos de protesta; hablamos de cilindros de PVC, pólvora sellada y sistemas de detonación retardada. El gobierno decomisó el peligro, se colgó la medalla de la contención pacífica, pero nos dejó un vacío atronador en la narrativa oficial: ni un solo detenido.
Ahí radica nuestra mayor preocupación: la selectividad del Estado. ¿Por qué este celo preventivo, aplaudido y justificado, no se vio hace un par de semanas cuando la CNTE paralizó y vandalizó la capital? Nos quieren seguir vendiendo un falso dilema: o reprimimos brutalmente, o toleramos el caos. Tlalpan demuestra lo contrario. Se puede aplicar la ley sin represión bruta. Pero cuando el Estado elige a quién frenar y a quién dejar operar en la impunidad, deja de ser garante de la paz para convertirse en un administrador de conveniencias políticas.
Detrás de este engranaje de violencia ya hay rostros. Inteligencia señala a figuras como “El Coquillo”, desde las entrañas del activismo estudiantil, o a instigadores externos como “El Padrino”, fracturando movimientos por el control del dinero. Ademas, lLa FGR ya sigue el rastro del dinero, apuntando a posibles nexos en Guerrero y a figuras de la política formal, como el senador priista Manuel Añorve. Incluso la presidenta ha tenido que sentar a la “ultraizquierda” en el banquillo de los acusados; un pragmatismo necesario ante una realidad innegable.
Como bien documentan colegas como Raymundo Riva Palacio y Jorge Fernández Menéndez, aquí hay titiriteros históricos. Riva Palacio nos advierte sobre sombras del EPR y el ERPI moviendo los hilos, y el peligroso avance de un control social silencioso bajo la excusa de la seguridad mundialista. Fernández Menéndez, por su parte, nos aterriza en la normalidad del caos: instituciones secuestradas desde hace décadas, no por idealismo romántico, sino por el control criminal y la violencia interna.
No nos engañemos buscando conspiraciones o “manos negras” en la oscuridad. La verdadera tragedia que debemos enfrentar es que estos grupos operan a plena luz del día. Operan bajo la mirada pasiva de un Estado que ha firmado cheques en blanco de impunidad, disfrazándolos de lucha social. Neutralizar el delito es la obligación mínima de cualquier gobierno; mientras eso no ocurra, seguiremos esperando que, como dice la trova, ojalá pase algo antes de que sea demasiado tarde.
Ojala pasé algo, aplicar la ley…


































