Durante los festejos de “La Guelaguetza”, volvió a la carga el discurso oficial de que Oaxaca es una entidad segura. Un tanto inoportuna la mención habida cuenta de que la semana previa fue una de las más sangrientas de los últimos tiempos. El mes de junio fue emblemático por el número de homicidios registrados. El mismo lunes hubo al menos tres homicidios dolosos, incluyendo un feminicidio. Pero tal pareciera que en el gobierno viven en otra parte. Ya lo hemos dicho: nada ganan con minimizar las cosas cuando a la vista de todos, la criminalidad va al alza en la entidad. El primer paso para combatir la inseguridad y promover la salvaguarda de la ciudadanía es reconocer que el problema existe. Los oaxaqueños están lo suficientemente informados, no sólo a través de los medios de comunicación tradicionales: prensa, radio y televisión, sino ahora con la inmediatez de las redes sociales. Es impresionante la velocidad con la que circula la información, casi al tiempo de que se dan los hechos. Por lo tanto, hay entre la ciudadanía plena consciencia de que en materia de inseguridad estamos mal y seguimos peor.
Recientemente el gobernador del estado, Alejandro Murat, realizó cambios sustanciales en el equipo gubernamental de seguridad. Es cierto, es demasiado prematuro exigir resultados a menos de un mes de los citados cambios, sin embargo, no se advierten por ningún lado acciones enérgicas para abatir la inseguridad y alta criminalidad, como es el caso de ciertas cabeceras municipales, como Tuxtepec y Juchitán, en donde prácticamente la muerte tiene permiso. La primera ha devenido de ser el granero y la riqueza agrícola de Oaxaca a un desolladero humano cotidiano. No hay un día –uno solo- en que no se presenten ejecuciones en la calle y a plena luz del día. Y no se trata del llamado “efecto cucaracha”, es decir, que entre la delincuencia de Veracruz a delinquir a territorio oaxaqueño, huyendo de la persecución policial en aquella entidad. No. El crimen organizado ya está asentado en la Cuenca del Papaloapan y desde ahí ha extendido su entorno de sangre y muerte. No nos engañemos pues con el mito de que Oaxaca es una entidad segura. Aunque sean cosas menores, ya vimos en estos festejos de julio a la delincuencia común desatada, despojando a vehículos, robos a transeúntes, bancos, casas de empeño y domicilios muy bien identificados de personas adineradas.
Medios: Trato discriminatorio
En ningún período de gobierno, los medios de comunicación –con sus contadas excepciones- han recibido un trato tan déspota, arbitrario y prepotente como en la administración de Alejandro Murat. Dicha situación que pocos se han atrevido a denunciar para no despertar la ira de quienes están a cargo del área correspondiente, se ha hecho evidente durante las fiestas de julio. Las acreditaciones fueron condicionados para la cobertura de eventos como las cuatro emisiones de La Guelaguetza, a gafetes, con los cuales, reporteros, fotógrafos y camarógrafos, tenían que mantenerse de pie durante todo el evento –al menos cuatro horas- con restricciones para circular por los pasillos y poder hacer mejor su trabajo. Ni en los peores tiempos del ex gobernador Gabino Cué, a quien tanto criticamos, ocurrió una situación similar. Sin embargo, uno de los grandes yerros del actual gobierno es justamente la imagen tan deplorable que tiene en la propia entidad que le otorgó el voto popular. Ni siquiera en los medios llamados nacionales se ha dado una cobertura correcta, creativa, institucional.
Estamos a sólo unos meses de que se cumplan tres años de gestión de este gobierno “de resultados”, sin que haya uno solo que aplaudir. Por el contrario han crecido los negativos igual que la deuda pública, las prácticas de corrupción, tráfico de influencias y dispendio. Durante este periplo del gobierno actual, hemos sino puntuales en destacar los magros logros, pero también los desvíos. Sin magnificar los problemas, hemos dado cuenta precisa de la inseguridad lacerante que padecen los oaxaqueños y la forma tan ruin en la que un rubro tan delicado es minimizado institucionalmente. Porque tal parece que aquí la fiesta, los eventos tradicionales, convites, calendas, charreadas y demás, incluyendo obviamente los triatlones y maratones, es lo que hay que privilegiar. El ejecutivo y su equipo se han olvidado de cumplir con las promesas de campaña, pero más aún, de los principios rectores del Plan Estatal de Desarrollo y sus ejes transversales. Bien se ha dicho: cada nueva administración es un catálogo de buenos deseos y ocurrencias, que al cabo de un mes o más, se olvidaron. Un régimen de cuates y cuotas, en las que los foráneos están por encima de la experiencia, la capacidad y vocación de servicio de los locales. Y los medios de comunicación en cuanto a trato, no han sido una excepción.



































