Esta semana me invitaron del Instituto Electoral y de Participación Ciudadana de Oaxaca a fungir como jurado calificador en la fase estatal del concurso nacional de oratoria “Belisario Domínguez”.
Hace tiempo que no calificaba yo a los oradores y me dio mucho gusto encontrar caras y voces nuevas y frescas.
En mi vida asistí, como participante, a muchos concursos, a distintos municipios y a varios estados de la república. En 1997 tuve el honor de ganar la etapa nacional de este en Comitán, Chiapas representando a la Facultad de Derecho de la UABJO.
Pertenezco a la generación donde los concursos de oratoria era parte de la oferta permanente de los gobiernos, las escuelas y las ONG´s hacia la juventud.
Antes de que se hablara con tanta fuerza e insistencia de los derechos humanos, existía ya en México y en Oaxaca una generación de jóvenes que, desde niños, ejercíamos nuestro derecho a la libre expresión y coincidíamos varias veces al año aquí o fuera de Oaxaca para hablar de los grandes temas de la historia, la cultura, el arte y la política.
No hay ni habrá política pública más poderosa en pro de la libertad de expresión que el cultivo de la oratoria en las nuevas generaciones, desde pequeños en las escuelas.
Desde aquellos años de los 90´s y los 00,s se insistía en la necesidad de que en las primarias de Oaxaca y de México se enseñara Oratoria como parte de los planes de estudio.
Y es que la oratoria no es declamación; tampoco es aprenderse de memoria discursos hechos por alguien más para recitarlos frente a un micrófono. Oratoria no son discursos impostados llenos de metáforas y complejas figuras del lenguaje que hagan los mensajes ininteligibles.
Oratoria es decir con naturalidad, con conocimiento y con valentía cualquier cosa que se tenga que decir frente a un público con la finalidad de instruir, convencer y persuadir.
En la antigua Grecia, antes que cualquier otra cosa, los niños y los jóvenes tenían que aprender retórica como el arte de la persuasión. Y de sobra está decir que la democracia vivía en la palabra hablada y en la deliberación.
Hoy son cada vez más las voces que hablan y escriben sobre democracia deliberativa, aquella donde los asuntos se discuten antes de ser decididos y donde deben participar el mayor número posible de ciudadanos.
Hoy que somos cientos de miles de ciudadanos en municipios, estados y países no tenemos ágoras como las de Atenas, pero tenemos instrumentos poderosos como las redes sociales mediante las cuales, nuestros “discursos” pueden llegar a miles y hasta millones.
Pero además, en Oaxaca, en nuestros pueblos, sí tenemos ágoras que son los lugares donde se reúne la asamblea que es la máxima autoridad en nuestros municipios de usos y costumbres, modernamente llamados sistemas normativos indígenas.
En Oaxaca más que en cualquier otro estado hacen falta oradoras y oradores que defiendan las mejores causas; oradoras y oradores que sean contralores del actuar de gobiernos y hasta medios de comunicación.
De entre todas las libertades, la de expresión es la que previene y corrige el mal rumbo de las sociedades denunciando, pero con razones, con argumentos.
En el mundo que nos toca vivir, donde no sabemos aún los alcances y efectos de la inteligencia artificial, la oratoria es una inmejorable práctica para ejercer el pensamiento crítico y señalar peligros y alternativas.
El orador es por naturaleza un filósofo, un líder, un portador de luz en tiempos de oscuridad. Los náhuatl lo llamaban “un hachón encendido que no humea”.
El orador es una luz que alumbra pero no quema.
*Magistrado presidente de la Sala Constitucional del Tribunal Superior de Justicia de Oaxaca.






























