Estamos en el mes en que festejamos la Navidad, época en la que las familias oaxaqueñas se reúnen y se patentizan los buenos deseos que extendemos a los amigos, vecinos, conocidos y aun con los que no tenemos una relación cercana, siendo común que al saludarnos expresemos nuestros deseos por una feliz Navidad y un mejor y próspero año en el que todo sea mejor que el anterior, o incluso simplemente desearles felicidad.
Se rodea el día de Navidad, el veinticuatro de diciembre, de reuniones en familia, con amigos y conocidos, cantos; algunos asistimos a misa horas antes de la cena de medianoche. Previo a la cena de Navidad se lleva a cabo la acostada del Niño Jesús y se reparten los obsequios y abrazos en los hogares, y se busca compartir los alimentos con aquellos hogares que carecen de lo necesario o incluso que no festejan la Navidad en la misma forma que otros, por carecer de recursos.
Ahí, en las diferencias y carencias, es donde se refleja otra realidad, para recapacitar sobre lo que es la esencia de la Navidad: el nacimiento de Jesucristo y que, al convivir con la familia, reflexionemos sobre lo que ha ocurrido en nuestras vidas en el año que está por finalizar y de algunas experiencias, unas gratas y otras no, pero que nos enseñan a buscar mejores opciones propias y, de alguna manera, impulsar que trasciendan a otras familias para que tengan esa posibilidad de mejorar.
Este panorama tiene sus propias características de acuerdo con la ideología y creencias que cada familia profesa, y las fechas de celebración varían de un continente a otro, pero que en México tiene características propias, como en Oaxaca, con las calendas, las posadas, los desayunos, comidas y cenas, y la visita de familiares y amigos que arriban a nuestra ciudad o a sus costas.
Ante esta experiencia me llamó la atención saber cuál es la fuente de lo que se denomina el mes de Navidad, ya que no conocía, por lo menos, algunos datos relacionados con todo lo que ahora se acostumbra, ya que durante mi niñez solo me atraía el seis de enero del año siguiente, en que venían los Santos Reyes y dejaban un regalo, aunque no fuera el juguete que deseaba, y una cena sencilla el veinticuatro de diciembre, sin árbol de Navidad, solo el nacimiento.
El Infobae cita que los historiadores afirman que la primera Navidad propiamente mexicana de la que se tiene registro fue en 1526. El misionero franciscano Fray Pedro de Gante le escribió al rey Carlos V sobre esta celebración con los indígenas, en la que entonces se conocía como la Nueva España.
Citan que los evangelizadores llegaron y, en su afán de difundir la religión, buscaron aprovechar puntos de contacto que facilitaran la conversión de los indígenas. Por ejemplo, los aztecas celebraban en invierno el nacimiento de Huitzilopochtli, dios de la guerra, coincidiendo con la época de Navidad. Estos días los tenochcas llevaban invitados a sus casas y les ofrecían tzóatl, lo que hoy conocemos como “alegría” o dulce de amaranto.
Afirma la reseña que el misionero franciscano Fray Pedro de Gante le escribió al rey Carlos V sobre esta celebración con los indígenas en la que entonces se conocía como la Nueva España y que, después de mucho tiempo, aprendió y asimiló la lengua náhuatl y las costumbres indígenas, lo que le permitió describirle al monarca cómo introduce las fiestas decembrinas dentro del proceso de evangelización, encajando en las danzas y los cantos indígenas los ritos cristianos; para ello mantuvo la música de los cantos indígenas, pero cambió la letra, describiendo cómo compuso versos solemnes en honor a Dios.
Además, las tilmas o mantos que llevaban los indígenas las pintó con temas alusivos a la Navidad, e incorporó a los más pequeños, disfrazando a los niños indígenas de ángeles para que cantaran en Nochebuena villancicos, fusionando tradiciones cristianas con costumbres indígenas que dieron como resultado los nacimientos, las pastorelas y posadas, en las que cada año se reúnen familias mexicanas a cantar villancicos, romper la piñata y cenar platillos de temporada como los romeritos o el bacalao en Nochebuena, elementos icónicos de estas fiestas que han pasado de generación en generación desde el periodo de la evangelización hasta nuestros días.
Como quiera interpretarse esta transformación, es una muestra del origen en México de la época de Navidad, en la que desde luego los que somos creyentes festejamos la llegada del Hijo de Dios hecho hombre, que nos recuerda que ese es nuestro tránsito de nuestra vida: nacer dentro de una familia, crecer y desarrollarnos, de avances y retrocesos y, finalmente, volver a renacer después de fallecer.
Sin embargo, en ese proceso natural, en cada Navidad disfrutemos esta época y pensemos positivamente que, en nuestro país, las cosas serán mejores para todos y especialmente para los que queremos donde nacimos, Oaxaca, y extendemos este afán para que los gobernantes se ocupen de auspiciar mejores expectativas de vida a un pueblo que ha confiado en ellos.
Aspiro a que esta Navidad todos los que formamos la familia oaxaqueña gocemos de una agradable Navidad y fortalezcamos nuestros esfuerzos por ser mejores el próximo año.


































