Hoy se celebra el aniversario 212 del natalicio del oaxaqueño más universal: don Benito Juárez García. En todos los rincones del estado y del país habrá alguna ceremonia para recordar este acontecimiento, que coincide con el inicio de la primavera. Para los oaxaqueños se trata de una fecha especial. Este país jamás podría explicarse sin las aportaciones tan importantes que realizó el Benemérito de América al marco jurídico, que permitió consolidar a México como nación soberana, libre e independiente. Nunca como hoy el pensamiento de Juárez cobra vigencia, sobre todo por la política agresiva, xenófoba y discriminatoria que ha emprendido el gobierno de los Estados Unidos de América, con su pretensión de construir el muro en la frontera norte del país. El doble discurso del presidente Donald Trump nos ha llevado a inspirarnos en el pensamiento del Patricio de Guelatao, para no permitir más humillaciones o frases despectivas. México es un país grande, con un legado milenario en su historia. Si bien es cierto que hemos pasado etapas complejas por la actitud de malos mexicanos y la obstinación de los cárteles de la droga, de seguir asesinando a mansalva, nada debe alejarnos del orgullo de ser mexicanos y herederos de una cultura universal.
Juárez, junto con una pléyade de oaxaqueños, forjó la llamada Generación del 57, que contribuyó desde su trinchera a hacer de nuestro país un lugar en donde se privilegia la ley y no la fuerza. Pudo, con el auxilio de Matías Romero e Ignacio Mariscal, dos brillantes diplomáticos, paliar la ambición de algunos países, particularmente el vecino del norte, que nos veían con afanes expansionistas. Es importante recordar que los ojos del Imperio siempre estuvieron puestos en México y particularmente en Oaxaca. Nadie olvida el Tratado Mac Lane-Ocampo. Pero más allá de las cuestiones anecdóticas que hablan del pequeño indígena que cuidaba ovejas y aprendió hablar español a los nueve años de edad, hay que recordar el legado juarista y su sentencia lapidaria: “Entre los individuos como entre las naciones, el respecto al derecho ajeno es la paz”. Han pasado ya muchos años de la Reforma y México sigue arrastrando encono ajeno y ambiciones. Que el pensamiento y la aportación de don Benito Juárez siga sirviendo a las generaciones del futuro para defender nuestro territorio nacional, con orgullo y fervor patrio.
La aplicación de la ley
Está por demás insistir en que Oaxaca pide a gritos que se aplique la ley, cuando grupos minoritarios, con demandas particulares, obstaculicen las vías generales de comunicación. El estado jamás podrá salir de su rezago y atraso en tanto se sigan tolerando desde la estructura gubernamental, excesos, abusos y atropellos en contra de la ciudadanía, que es quien siempre paga los platos rotos. Es impresionante la habilidad de maestros y adláteres de otras organizaciones sociales, para la victimización. Se sabe que durante la visita a la capital oaxaqueña del presidente Enrique Peña Nieto, el 6 de septiembre de 2017, la Policía Estatal soportó durante cinco horas el acoso y las agresiones de parte de mentores y otros grupos porriles. Sin embargo, cuando sus mandos ordenaron detener a los agresores más enconados, la respuesta de grupos y organizaciones de derechos humanos fue que se trataba de personas inocentes, que “sólo caminaban rumbo a sus casas o centros laborales”. Esta situación se ha hecho una cultura. Los maestros pueden lanzar piedras, petardos, cohetones y demás proyectiles. Pero nada más las corporaciones les muestran los toletes y los agresores se convierten en indefensas ovejas.
Esta situación, por supuesto, debe terminar. Las manidas mesas de diálogo tienen que ser mesuradas y con tacto. En el momento en que se descubra que existen otros intereses personales que buscan beneficio, la actuación de la Policía Estatal debe ser inmediata. A menudo llegan a las puertas de Ciudad Administrativa o Judicial contingentes de diversas organizaciones o comunidades, manejadas por vivales que van en busca de beneficio económico. Cierran las entradas e impiden la salida o entrada de los empleados o funcionarios. Eso está tipificado como secuestro y, por tanto, la fuerza pública debe desalojar a los que protestan. Se han dado casos de agresiones como recientemente de un grupo minoritario de los triquis, encabezados por Lorena Merino, a empleados de la Ciudad Administrativa. No obstante ello se da, justamente, porque cualquier baba de perico se asume intocable y capaz de lanzar proyectiles a modestos empleados, sin reparar en los daños personales. Esta situación debe terminar. El gobierno, como representante legítimo del Estado es quien debe salvaguardar la paz social. De no hacerlo, está fallando a su propia condición.



































