Durante las últimas décadas del Siglo XX y lo que va del Siglo XXI, el gobierno estatal ha sido el principal empleador de los oaxaqueños. Miles de profesionistas han encontrado ahí un trabajo. Como empleados de base, confianza o contrato, han contribuido a la buena marcha de la administración pública estatal. Después de años de esfuerzo, muchos estuvieron en lista de espera para poder cuajar un empleo de base; otros lo compraron y unos más, han seguido en diversos estatus. Hay centenas que llevan años laborando en dependencias y entidades. Y se han convertido en piezas indiscutibles de experiencia y conocimiento. Conocen a fondo el teje y maneje de sus áreas de trabajo. Validan documentación; analizan proyectos; rubrican uno y mil trámites. Conocen las entrañas de la administración estatal. No han servido a un partido político o al instituto que gobierna; no tienen etiquetas ni colores, sino que ha laborado para la institución llamada gobierno estatal.
Sin embargo, esa sapiencia, esa institucionalidad, será echada a la calle. Al menos ocho mil empleados de confianza y contrato –así literal- de la administración central, aparte de los organismos descentralizados, sectorizados o auxiliares, que se partieron el alma durante la pandemia, serán echados a la calle. A la mediocridad e ignorancia de los nuevos titulares y sus hordas de busca-chambas, se agrega la soberbia. Han llegado a las áreas asignadas como si fueran territorio de conquista: a borrar todo el pasado. Desconocen por completo el funcionamiento de las mismas, el presupuesto con el que funciona, los movimientos del personal, el trato con los sindicatos, la estructura orgánica de cada dependencia y entidad, etc. Pero ya se sentaron en las oficinas de mando solamente mirando las paredes y preguntando cuánto van a ganar.
Hay que ver nada más la composición del gabinete legal y ampliado, con excepciones que se cuentan con los dedos, para darse cuenta el remedo de administración que ha iniciado con el gobernador Salomón Jara. Lo hemos dicho aquí: Oaxaca no está para experimentos ni para curvas de aprendizaje. En su momento criticamos aquí con dureza el desprecio por el talento y experiencia de los oaxaqueños. La arrogancia y la megalomanía que despide el quehacer público cuando no se termina de discernir que los cargos gubernamentales, de arriba para abajo, son prestados. Ya veremos en qué se traduce la mediocridad, la ignorancia, la falta de tablas, de perfil y méritos académicos, de al menos el 90 por ciento de quienes se acaban de estrenar.
Otros desechos: la chatarra
Mucho se ha tratado en los medios de comunicación tradicionales y en las redes sociales, la problemática de la basura en la capital del estado y municipios conurbados. Es obvio que este escabroso tema no termina de resolverse. Gracias a los claroscuros y opacidad al respecto, poco o nada se sabe si existe ya el predio que funcionará como relleno sanitario o los desechos sólidos serán enviados a un destino incierto, pero “certificado”, como dice la información oficial. Lo cierto es que, el pasado 8 de diciembre se cumplieron dos meses del cierre del tiradero ubicado en jurisdicción de la Villa de Zaachila, sin que se haya dado a los ciudadanos la certeza de que la basura generada llegue a un destino final seguro. La imagen de la capital, del Centro Histórico y sitios emblemáticos como la plazuela de Santo Domingo, donde hoy mutó el comercio ambulante que estaba en el Zócalo, con bolsas de basura como decoración, ha afectado la imagen de la capital oaxaqueña.
Sin embargo, hay en agencias, colonias y calles de la ciudad otro tipo de basura que no puede depositarse en los camiones recolectores. Y es la cantidad impresionante de carros viejos, destartalados, chatarra pues, que propietarios de los mismos los mantienen frente a sus domicilios o negocios. Dicha basura se ha convertido, además, en refugio de malvivientes. En la calle de Las Rosas, en la Colonia Reforma, hay al menos tres carrozas fúnebres inservibles, sin llantas, el puro cascarón, que han sido abandonadas en la calle. Y ahí están inamovibles desde hace más de un año. Las quejas de los vecinos son sencillamente ignoradas por quienes se presume, vigilan la buena marcha de la ciudad y sus habitantes. Tal parece que ni inspectores ni Policía Vial se han percatado de esta chatarra.
El gobierno municipal, de acuerdo al Reglamento que regula la vía pública debe emplazar a los propietarios de esta chatarra, a retirarla o proceder en consecuencia. Mucho se habla del abandono que se percibe en la capital, con baches por doquier, inseguridad y apatía para resolver los graves problemas del casco urbano y el área conurbada. Tenemos la certeza de que en sus recorridos para verificar la permanencia de la referida chatarra que lleva años dando una imagen de abandono a la ciudad, los funcionarios o inspectores habrán de encontrar otras anomalías de las que no se percatan desde sus oficinas, como la presencia de talleres mecánicos en las banquetas o la apropiación ilegal de la vía pública con conos, cubetas o huacales.




































