En tiempos particularmente sensibles para la comunidad migrante mexicana en los Estados Unidos, marcados por el endurecimiento de discursos y políticas migratorias asociadas a organismos como el ICE, la presentación de El Último Sueño de Frida y Diego en la prestigiosa Metropolitan Opera de Nueva York adquiere una dimensión que trasciende lo artístico. No es solamente una nueva ópera contemporánea; es una afirmación cultural, una reivindicación simbólica de la identidad mexicana en uno de los escenarios más importantes del mundo. Hace unas semanas en el teatro Macedonio Alcalá se trasmitió esta grandiosa ópera que desafortunadamente los oaxaqueños tal vez no nos enteramos y la sala se llena de extranjeros y unos cuantos coterráneos, lo hermoso es que invitan a niños de escuelas de la ciudad, y me pareció maravilloso verlos muy bien portados, admirando las fantásticas escenas de esta ópera que en el Met de Nueva York fue teatro lleno, con familias norteamericanas, algunas señoras con faldas mexicanas, jóvenes y niños acompañados de sus padres.
La obra, compuesta por la reconocida compositora Gabriela Lena Frank, con libreto del dramaturgo ganador del Pulitzer Nilo Cruz, toma como eje narrativo a dos figuras universales de la cultura mexicana: Frida Kahlo y Diego Rivera. Sin embargo, la obra evita la biografía convencional y se adentra en el territorio del realismo mágico y la cosmovisión mexicana sobre la muerte. Frida regresa desde el Mictlán durante el Día de Muertos para reencontrarse con Diego en los últimos momentos de su vida, en una inversión poética del mito de Orfeo y Eurídice. Desde los primeros compases resulta evidente que el MET no está ofreciendo una visión folclórica superficial de México, sino una aproximación profundamente respetuosa y artística de sus símbolos culturales. El montaje dirigido escénicamente por Deborah Colker es sencillamente extraordinario. La coreografía posee una fuerza visual pocas veces vista en la ópera contemporánea. Los cuerpos parecen desplazarse entre el mundo de los vivos y el de los muertos con una naturalidad casi ritual, generando imágenes que evocan tanto las pinturas de Frida como las antiguas concepciones mesoamericanas del tránsito al inframundo.
La puesta en escena alcanza momentos de auténtica belleza plástica. Hay instantes en que el escenario parece transformarse en un mural viviente de Rivera o en un autorretrato onírico de Kahlo. Los juegos de luces, las texturas, los árboles rojizos, las tierras resquebrajadas y las referencias visuales al Mictlán crean un universo donde la muerte no aparece como tragedia, sino como continuidad de la existencia. La mezzosoprano Isabel Leonard, quien interpreta a Frida Kahlo, ofrece una actuación de enorme sensibilidad. Su voz posee la mezcla adecuada de fragilidad y determinación para representar a una mujer marcada por el dolor físico y emocional, pero también por una voluntad inquebrantable. Leonard logra transmitir esa dualidad que hizo de Frida un ícono universal: la vulnerabilidad convertida en fuerza creadora. A su lado, el barítono español Carlos Álvarez encarna a Diego Rivera con una presencia escénica imponente. Su interpretación consigue mostrar al muralista monumental, al hombre apasionado y contradictorio, pero también al ser humano enfrentado a la proximidad de la muerte y al recuerdo inevitable de Frida. La química dramática entre ambos sostiene gran parte de la fuerza emocional de la obra.
Especial mención merece la figura de La Catrina, interpretada por la soprano Gabriella Reyes, quien aporta elegancia, ironía y una presencia casi hipnótica. Su personaje funciona como puente entre los mundos y como recordatorio constante de esa singular relación mexicana con la muerte: una muerte que no se oculta, sino que se celebra, se canta y hasta se acompaña con humor. El vestuario merece un capítulo aparte. Resulta magnífico observar cómo la producción incorpora elementos auténticamente mexicanos sin caer en la caricatura. Huipiles, rebozos, referencias tehuanas y detalles artesanales construyen una estética deslumbrante. Particularmente memorable resulta la imagen del director musical, Yannick Nézet-Séguin, quien apareció con una túnica de elegante inspiración mexicana y bordados que evocaban el trabajo de cadenilla característico del Istmo de Tehuantepec, gesto que fue recibido con entusiasmo por el público latino. Musicalmente, la obra también sorprende. La partitura de Gabriela Lena Frank evita el lugar común de convertir la música mexicana en simple color local. Por el contrario, integra elementos sonoros profundamente reconocibles dentro de una estructura operística sofisticada. Resulta fascinante escuchar la presencia de la marimba —instrumento pocas veces asociado con la gran ópera— perfectamente integrada al tejido orquestal. Las trompetas aparecen como destellos ceremoniales, mientras que los violines sostienen pasajes de gran lirismo y melancolía. Hubo momentos especialmente conmovedores en los que breves espacios musicales parecían acompañar la ascensión de las almas desde el Mictlán. Esos silencios, esas texturas suspendidas, lograban una atmósfera casi espiritual. La música parecía respirar junto a los personajes y acompañar su tránsito entre memoria, amor y muerte. En algunos pasajes resulta inevitable advertir ciertas resonancias visuales y emocionales con la película Coco. No porque exista una copia estética, sino porque ambas obras beben de la misma fuente cultural: la concepción mexicana del recuerdo, los ancestros y la permanencia de quienes amamos más allá de la muerte. Sin embargo, la ópera desarrolla ese universo desde una profundidad psicológica y artística propia, dirigida a un público adulto y plenamente consciente de la complejidad de la relación entre Frida y Diego.
Al final, la sensación predominante es que el MET ha realizado mucho más que un estreno exitoso. Ha abierto sus puertas a una celebración de la identidad mexicana en uno de los templos mundiales de la cultura. El Último Sueño de Frida y Diego es una obra sobre el amor, la memoria y la muerte. Pero también es una declaración de que la cultura mexicana, con sus colores, sus símbolos, su música y sus artistas, pertenece legítimamente a los grandes escenarios universales. El MET lo entendió y lo materializó en un montaje sencillamente extraordinario: visualmente deslumbrante, musicalmente innovador y emocionalmente inolvidable.


































