¡Sangre en el asfalto, pactos rotos y la paz que se llevó el viento!
Entre ejecuciones “quirúrgicas” en Tutla y el drama de los “daños colaterales” en el Istmo, el discurso oficial se desmorona ante la realidad.
“A cada capillita le llega su fiestecita”, y esta semana a Oaxaca le tocó una muy amarga. Bienvenidos a otra entrega de El Huarachazo, donde no venimos a vender humo ni a maquillar la violencia con boletines de prensa. Hoy, la realidad se impuso a cualquier decreto gubernamental, y los hechos, aunque dolorosos, nos dicen que la seguridad en este estado está colgada de un hilo que, al parecer, alguien ya decidió cortar.
El ajuste de cuentas: ¿quién silenció a Luis Villaseca?
La ejecución de Iván T. Luis Villaseca la noche del jueves 16 de abril no fue un evento fortuito; fue un mensaje enviado con tinta de plomo. Ocurrió a las 22:30 horas en San Sebastián Tutla, en una operación que, por su precisión, los especialistas llamarían “quirúrgica”. Un comando armado llegó, disparó y se esfumó, dejando en el suelo al líder de la Confederación Joven de México y a dos de sus escoltas que, aunque intentaron repeler la agresión, no pudieron evitar el destino marcado.
“Cría cuervos y te sacarán los ojos”, y es que la historia de la familia Luis Villaseca es un catálogo de violencia que todos conocían. Desde la ejecución de su hermano, Juan Yavhé, en el puente del Parque del Amor hace apenas nueve meses, el mensaje estaba en la pared. Pero aquí lo que debe poner a temblar a más de uno en los pasillos del poder es la red de conexiones. Hablamos de alguien que no solo operaba el transporte, sino que era el “brazo fuerte” en las asambleas y el trabajo sucio electoral. ¿Cómo explicar que un personaje señalado tantas veces caminara de la mano de figuras como Noé Jara?
Cuando el río suena, agua lleva. El cateo exprés que realizó la Fiscalía en Tlalixtac de Cabrera, donde hallaron armas y un vehículo, parece más una respuesta mediática que una solución de fondo. “En río revuelto, ganancia de pescadores”, y aquí hay muchos pescadores interesados en que el silencio de Villaseca sea permanente. ¿Fue el ajuste de cuentas de sus archirrivales, como el grupo de Marcos Sánchez del CIT, o fue alguien que se sintió traicionado por sus propios operadores? La verdad es que, cuando el crimen organizado y la política se sientan en la misma mesa, el postre siempre se paga con sangre.
Juchitán: La paz de papel y el precio de la cercanía
Mientras la tinta del anuncio del “Programa Oaxaca Segura” y el despliegue de funcionarios en Juchitán apenas se secaba, la violencia se burló en su propia cara. Tres hombres fueron ejecutados este sábado, y entre ellos, el nombre que hizo que el aire se congelara en el gabinete estatal: D.L.V., sobrino del todopoderoso secretario de Gobierno, Jesús Romero López.
“Candil de la calle, oscuridad de su casa”, dice el refrán, y vaya que le quedó como anillo al dedo. El funcionario que prometió paz y orden desde el estrado, ahora enfrenta el dolor de ver cómo su propia sangre es víctima de la misma ola que prometió extinguir. ¿Cómo le llamará la autoridad a esto ahora? ¿Será otro “ajuste de cuentas” o se atreverán a llamarlo por su nombre? Lo cierto es que, tras los hechos, el hallazgo de un mototaxi rojo en la escena es la prueba definitiva de que esos “polvorines de tres ruedas” son, efectivamente, el vehículo predilecto de la muerte en el Istmo.
Juchitán se ha convertido en el escenario donde las promesas de paz chocan con la pared de la realidad. El discurso de “ir a las causas” suena vacío cuando, a plena luz del día, la delincuencia manda un mensaje de que ellos, y no el Estado, son los que deciden quién vive y quién muere. “Tanto va el cántaro al agua hasta que se rompe”, y en Juchitán, el cántaro ya no solo está roto, está hecho pedazos.
Oaxaca no aguanta más discursos. “No hay muerto malo, ni vivo santo”, pero lo que sí hay es una ciudadanía que está harta de vivir en el miedo. El Estado no puede ser un espectador más mientras las ejecuciones se suceden con la frialdad de una rutina. Si los que mandan no pueden garantizar la seguridad ni de sus propios círculos, ¿qué queda para el ciudadano de a pie que no tiene escoltas ni camionetas blindadas?
El poder es prestado y la paciencia del pueblo, esa sí, tiene fecha de caducidad. El Huarachazo lo advierte: cuando la ley se vuelve un chiste, el pueblo termina tomando la justicia por sus propias manos, y ese es un incendio que nadie, ni con todos los boletines del mundo, podrá apagar.
¡Pásenle a lo barrido, que aquí la verdad no pide permiso… y mucho menos perdón!


































