Esta semana recibí la amable invitación de la Barra Mexicana de Abogados para dictar una conferencia sobre el Juicio para la Protección de los Derechos Humanos que tenemos a nivel local en Oaxaca.
Y la cita fue en un espacio emblemático: el restaurante Colibrí de nuestra capital oaxaqueña.
Ahí se reunían desde hace muchos años varias decenas de políticos oaxaqueños (estuvieran o no ocupando un cargo público en los poderes) a discutir la agenda política del estado y del país.
No tengo presente si las reuniones eran semanales, quincenales o mensuales, pero no pasaban 30 días sin que mujeres y hombres de la política oaxaqueña se reunieran a intercambiar análisis y opiniones de lo que pasaba en México y en Oaxaca.
El personaje más destacado – y corríjanme si estoy mal- era Crispín Carrera Rayón y tras su fallecimiento, tomó la iniciativa Manuel Díaz Cisneros.
Eran los tiempos de hegemonía del PRI y no obstante, en las pocas ocasiones en que siendo yo un adolescente pude atestiguar los diálogos, recuerdo que la autocrítica era recurrente.
Crispín Carrera, habrá que decirle a las nuevas generaciones, era uno de los políticos más influyentes en los círculos del poder en el Oaxaca de los 80’s y parte de los 90’s. Y Manuel Díaz Cisneros había llegado a ser Senador de la República y delegado federal del trabajo.
No necesitaban el diálogo ni la aprobación de nadie, más que del gobernador en turno y aún así se sentaban periódicamente varias horas los fines de semana para hacer análisis político.
Solo recuerdo un ejercicio parecido – que ya se perdió- con el diario El Imparcial de Oaxaca donde a instancias de Benjamín Fernández Pichardo y Juan Pérez Audelo, columnistas y articulistas nos reuníamos cada año a hacer un ejercicio similar, aunque más enfocado al estado de la libertad de expresión en México y en Oaxaca.
La deliberación pública se ha perdido y la opinión política permanece inmóvil en columnas y artículos de opinión que, aunque pudieran ser relevantes, no tienen espacios de contacto ni de contraste con otras voces.
El columnista opina, pero no hay mayor espacio para la expresión de acuerdos y desacuerdos.
Y es una realidad que se entronizó en todo el país. Nos hemos convertido en sociedades despolitizadas, porque desde las redes sociales podremos hacer mucho ruido, expresar mucho desacuerdo y generar mucha polarización, pero no hay diálogo. Toda la comunicación es de una sola vía.
Y eso mata a la democracia.
Hay un paradigma, dentro de las teorías de la democracia que se llama Democracia Deliberativa que nació con Jürgen Habermas y cuyo máximo exponente en Latinoamérica es hoy Roberto Gargarella, discípulo de Carlos Santiago Nino; y en México Roberto Niembro Ortega.
La democracia deliberativa insiste en la idea de que las democracias, para tener vitalidad, necesitan la participación de la gente en forma de diálogo informado y donde nadie se quede afuera. Los acuerdos deben partir de la persuasión basada en buenas razones que hagan además posible el bien común.
Hoy nuestras democracias son cualquier cosa, menos diálogo informado; y todavía menos entre todos.
Ya llegará un momento en que la satisfacción momentánea que provocan las expresiones unilaterales de inconformidad no sean suficientes. Y en que tengamos que organizarnos para sentarnos a dialogar cara a cara, entre ciudadanos para contagiar a más ciudadanos.
Uno de los mitos de la democracia es que solo deben tener voz los más preparados y los más entendidos; pero la democracia es asunto de todas y todos. Y debe ser escuchado todo aquel que tenga algo que decir, independientemente de la forma en que lo pueda y lo quiera decir.
Nuestras sociedades son complejas por que tienen la necesidad de procesar una pluralidad de ideas, razones, preferencias y creencias que antes no existía. Si todas estas voces no se procesan de alguna manera para ser incluidas en las decisiones, brota el conflicto.
Y en estados como Oaxaca, con una diversidad potenciada en todos los sentidos, no hay forma de coexistir en paz si no nos sentamos a platicar.
Aquí, más que en cualquier otro lado, el diálogo es más que eslogan de los gobiernos. Es la condición primera de la gobernanza, porque no es lo mismo gobernabilidad que gobernanza.
*Magistrado Presidente de la Sala Constitucional del Tribunal Superior de Justicia de Oaxaca.






























