(Primera parte)

Es inexplicable el deseo de traer a la palestra los sucesos de hace más de dos siglos, como fue la entrada a Oaxaca del ejército “Insurgente” por segunda ocasión, ya que la primera fue el 25 de noviembre de 1812 y fue con esta ocasión que entró la tropa levantada en Huajuapan, la que marchó a Tezoatlán hoy de Segura y Luna, dirigida por Don Antonio de León Loyola que pasó por Etla y que venciendo a los realistas.
Avanzó hacia esta ciudad, sin un solo disparo el día 31 de julio de 1821, ese día en las primeras horas de la mañana, estaba la Ciudad de Oaxaca conmovida, pues esta parecía habitada por locos: todos, ya sea hombres, mujeres y niños corrían de acá para allá, se comunicaban verdaderamente noticias sensacionalistas, gesticulaban, disputaban en alta voz y a veces hasta llegaban a las manos, por diferencia de opiniones.
En el atrio de la catedral y enfrente en la plazuela de los “Cántaros” hoy la Alameda de León, estaban llenos de gente, desde el charrito de culito, el catrín, el sacrificio y la china oaxaqueña estaban todos. Por las calles del “Colegito” de San Cosme y San Damián y del templo de la Soledad. Circulaba una enorme cantidad de gente que iba y venía a la cercana población de Santa María Oaxaca del Ex-Marquesado.
Una que otra casa de esa arteria de la ciudad ostentaba cortinas en sus balcones y ventanas, cuyos adornos eran vistos con temor por el pueblo, pues no se podía explicar un atrevimiento tan singular, que exponía a los moradores de las casas a que sus bienes fuesen confiscados, a que las mujeres perdieran sus hermosas cabelleras y a otros excesos que en aquellos tiempos estaban muy en boga como eran los castigos aplicados ya por los realistas, quienes en esos días estaban de capa caída, más cambiando los vientos podían volver a estar en el candelero y entonces tomar las represalias contra los simpatizadores de los insurgentes.
Leamos en voz alta y escuchemos un pequeño diálogo para que nos enteremos del acontecimiento que conmovía a la buena Ciudad de Oaxaca.
-Tenga usted muy buenos días, Don Diego.
-Buenos y santos los tenga usted Don Bonifacio.
– Pudiera usted darme algunas buenas nuevas
– ¿de los últimos acontecimientos?
–Con muchísimo gusto, amigo mío; ha de saber Ud. que ayer al amanecer llegó a la Ciudad el Sr. Capitán D. Manuel Leyton con recados oficiales del Sr. D. Antonio de León, avisando a todas las autoridades de la Ciudad que estaba ya por vencer al Comandante Obeso en la cercana Villa de San Pablo Etla y que procuraría acabar pronto su faena para trasladarse desde luego a esta nuestra población para establecer el gobierno independiente.
–De manera que Ud. cree también que ya se perdió la causa de España y del Rey…. ¡Hum!
-No solamente lo creo Don Diego, sino que lo sostengo y aseguro, ya que es un hecho que Fernando VII no vuelve a mandar en Oaxaca, ni el santo Obispo Bergosa nos tornará a expedir otra evangélica pastoral de las que estilaba en otros tiempos.
-¿Y qué otras noticias ha tenido Ud.?
-Las últimas, las fresquecitas son que el Capitán D. José Pío Gaystarro recibió ayer del comandante Obeso, una nota que ya capituló, y que todas las municiones de guerra que había en el convento de Etla, las entregó incluyendo un cañón de artillería, y que las existencias de los almacenes de guerra de esta Ciudad de Antequera se entregarán después.
-Pero todo esto es inesperado… ¿Quién había de creer que León con una chusma de indios mixtecos derrotara a las lucidas, valerosas y bien disciplinadas fuerzas del Comandante Obeso?
-¡Qué quiere Ud.! son los azares de la guerra y de la ciega fortuna. La verdad es que León y su gente se manejaron como verdaderos leones. En los asaltos al Convento de Etla los insurgentes no han medido los peligros, han llegado a todo correr hasta el cementerio y hasta las puertas mismas del convento sin que les arredrara la lluvia de balas que los realistas arrojaban desde las ventanas y azoteas del convento. Así que tanto fue el cañoneo que la campana del templo presenta un agujero hecho por un tiro de cañón de los insurgentes.
-¿Hubo algunas pérdidas de vidas?
-Sí señor, los realistas mataron nueve caballos, hirieron al dragón Lorenzo Bravo y al Sargento Juan Loyola. Antier, cuando Pantoja se apoderó de una casa contigua al Convento, al pasar por la plaza, le mataron al cazador de Huajuapan que era un tal Ignacio Torres y amigo de León e hirieron también al Alférez D. José Mariano Santaella….
-Escuche Ud.!… escuche Ud.!… mi amigo parece que se acerca ya la división triunfante…
-En efecto creo que ya vienen… mire Ud. cómo corre la gente y cómo sube el pueblo a las torres de Catedral a repicar las viejas campanas.
Pocos momentos después, entre los arrebatados repiques de las campanas de todos los templos, los gritos de vivas del pueblo frenético, los aplausos de las bellas jóvenes que llenaban los balcones, las ventanas y las azoteas de todas las casas, desfilaba en columna la división triunfante que con sin igual denuedo y brío había derrocado el poder español de la tierra oaxaqueña, repito que comenzaba por segunda vez a ser libre, ya que la primera había sido nueve años atrás, cuando entró Morelos.
Era conmovedor contemplar aquellos rudos soldados indígenas, hambrientos, casi desnudos, mostrando sus carnes tostadas por el quemante sol de la Mixteca que permitían ver los girones de sus ropas así como la pintoresca variedad, de sus anchos sombreros de palma, con las “armas” hechas pedazos y amarradas con cordeles, sin ninguna uniformidad; pero revelando valentía en su porte marcial y la fiereza en su mirada de águila.
La división entró con Don Antonio de León y su Estado Mayor a la cabeza, por el pueblo de Santa María Oaxaca, el hoy Ex Marquesado, recorrió las calles de la Soledad, hoy Morelos dio vuelta en la esquina de la calle del Fiscal a la Plaza de Armas y volvió hasta la esquina de la Catedral y el camino al Istmo y allí en el seminario, tomó las calles norte (hoy Alcalá) para dirigirse al Convento de Santo Domingo, pues desde Aquel Tiempo se convertía en una cárcel y cuartel militar cada vez que era necesario.
Mas hay que mencionar que al pasar la división por las inmediaciones de la cárcel pública, que se encontraba en la manzana siguiente a la del Colegito, la esquina de Morelos y García Vigil, fue cuando tembló la tierra; todos los soldados, la concurrencia y el pueblo se detuvieron inconscientemente, como movidos por un golpe eléctrico, espantados del movimiento terrestre y pidiendo perdón de sus pecados.
Entonces… ¡cosa admirable!… el escudo de armas de Castilla, labrado en piedra, que ornaba el remate de la fachada de la citada cárcel, se vino al suelo con estrépito horroroso, como si el temblor hubiera querido destruir esa insignia del poderío español que, por trescientos años, fue de opresión y abusos y ponerla a los pies de los héroes, que en esos momentos nos daban patria.
Pasó el susto del temblor, continuo el desfile de la división y el frenético entusiasmo del pueblo que se entregó en esos días a toda clase de esparcimientos y a confraternizar con los desarrapados “soldados” de la independencia.
Era la culminación de la acción que había iniciado el 19 de junio, una proclamación hecha en Tezoatlán hoy de Segura y Luna y que parecía increíble, aun cuando el comandante realista Manuel Obeso se había rendido el 30 de julio tan solo un día antes en la cercana población de San Pablo Etla.
Continuará…
Oaxaca de Juárez, Oax., a 28 de julio de 2025
JORGE BUENO.
Cronista de Oaxaca.
Presidente de la A.E.C.O.
Secretario General de la
Federación Nacional de Asociaciones
de Cronistas Mexicanos, A.C.



































